domingo, 17 de mayo de 2020

El culto confinado



Memoria de San Pascual Bailón, rl.


Fractio panis,
Pintor italiano (S. II)
Catacumbas de Priscila


De mi juventud recuerdo cómo los más selectos católicos progresistas se disputaban la posibilidad de tomar la mano a enfermos terminales de sida los domingos por la tarde, como si fueran los nuevos Padre Damián, mientras clamaban contra la ignorancia aburguesada de quienes, ocupados en sus rezos, no querían llegar tarde al templo.

Treinta años después, con esa seriedad inflada que nunca ha dejado de acompañarles, en atención a los más vulnerables, según susurran con boquita de piñón, disponen que hay que utilizar bastoncillos de algodón que permitan respetar las distancias a la hora de ungir a los enfermos, no vaya a ser que se puedan contagiar.

Antes bramaban invocando que Jesús reclamaba misericordia y no sacrificios y que su Evangelio nos debía poner al lado de los marginados. Hoy amonestan que el auténtico culto es el interior, en verdad y en espíritu.

Tan rebeldes como siempre, supuestamente escandalizados por el legalismo farisaico, no se conforman con detallar todas las medidas de seguridad que se deben seguir. La vigencia de la dispensa dominical es cuestión de aforo. Incluso no dudan en regular cuál debe ser la manifestación del dolor de quienes, habiendo perdido a sus seres queridos, acuden al culto en busca de consuelo:

La presencia de familiares y fieles deberán cumplir las normas de ocupación del espacio. Asimismo, tendrán que evitar los gestos de afecto que implican contacto físico”. 

No se cansaban de blandir la “denuncia profética”. No han cambiado. Siguen siendo los mismos burócratas disfrazados de aventureros, siempre a las órdenes de la autoridad civil competente, sea la que sea, siempre obedientes a su conveniencia, con buena conciencia, con indesmayable espíritu de colaboración por las buenas o por las otras. “A Dios lo que es de Dios; y al César lo que es del César”. ¿Qué piensan que necesitaría Dios de ellos, sino que el César los mantenga a cambio de que nos vigilen y de que nos disciplinen empáticamente por nuestro bien?

Releo El Instante de Kierkegaard:

--- y entonces jugamos el juego de que todos somos cristianos, de que todos amamos a Dios, pues las personas hoy día, por «Dios es amor» y por «amar a Dios», no entienden otra cosa que el caramelo pegajoso y empalagoso con el que comercian los testigos de la verdad de lo que es mentira”.

Con su marcionismo de saldo, con su utopismo de pachulí, con su despiadado despotismo de siempre, el egoísmo clerical se precipita hacia una sectarización sin fieles y sin poder. Habrá que dar a gracias a Dios por una situación tan abrumadora.

Se organiza la celebración del culto como si se dispusiera la apertura de los establecimientos del sector de la hostelería y de la restauración. Ir a Misa como ir de bares. Con una diferencia: el dueño del bar no reclama sumisión obsequiosa.

Si quieren mantener en conciencia su fe, no pocos católicos se están sintiendo obligados a practicarla con radicalidad protestante, a fin de mantener la comunión que sus pastores les han exigido entre fórmulas vagas y vacías de cercanía. Ni las sonrisas, ni las amenazas, ni los decretos futuros podrán llegar a revertir esa situación cuando ya no interese.

Releo a Kierkegaard:

Pues burlarse de Dios no es equívoco, pero hacerlo en nombre de rendirle culto es equívoco; querer abolir el cristianismo no es equívoco, pero abolir el cristianismo diciendo difundirlo, es equívoco; dar dinero para trabajar en contra del cristianismo no es equívoco, pero recibir dinero para trabajar en su contra diciendo trabajar por él, es equívoco”.

domingo, 26 de abril de 2020

Ayuno sacerdotal


Memoria de San Rafael Arnáiz, mj.






En el Misal Romano se recoge que “según una antiquísima tradición de la Iglesia, en este día [de Jueves Santo] están prohibidas todas las misas sin pueblo”. En la pasada Semana Santa mostré mi perplejidad a un reconocido liturgista. Quiso confortarme asegurando que los decretos ad hoc de la Santa Sede garantizaban a todos los sacerdotes celebrar, aunque estuvieran solos, esa tarde. Callé respetuosamente y le pedí que nos tuviese presentes en espíritu. Un católico romano sabe que el funcionamiento jurídico de la Iglesia se rige con toda naturalidad por el uso discrecional de la dispensa.

En medio de la polémica actual sobre la conveniencia o no de restaurar en muchos lugares el culto público, con todas las medidas de seguridad oportunas, lamento con melancolía que muchos de nuestros pastores, como de costumbre, hayan perdido la oportunidad de estar predicando con el ejemplo.

No he podido evitar meditar sobre aquellos sacerdotes que, en un plano sobrenatural, hubieran decidido que, en esas condiciones, no podían celebrar la misa de la Cena del Señor. Que la Tradición de la Iglesia no depende de un documento curial, por más legítimo que sea. Que, habiéndose pasado días explicando a los fieles por qué no les era posible acceder a los sacramentos, asumían el peso de una prueba dolorosísima, ojalá única en su vida sacerdotal, que les hacía solidarios de quienes les habían sido encomendados.

¿Se habría podido celebrar la Cena del Señor entonces? Evidentemente, sí. Todas aquellas misas en que asistiese “pueblo”, aunque fuera un solo fiel (un lego, una madre, una hermana…), sin subterfugios y sin excepciones, con su valor infinito, habría podido tener lugar. En un monasterio o en la habitacioncilla de un piso común la Iglesia entera habría celebrado el misterio de la fe. En el ayuno sacramental más estricto, los sacerdotes solos habrían podido seguir por internet la celebración de su obispo o del Papa y experimentar, no sólo imaginarse, el anhelo de sus fieles. Podrían haber leído también los salmos y los profetas y haber meditado el exilio de Israel, sin templo ni liturgia. En suma, habrían compartido a fondo la tristeza de Jesús en Getsemaní.

Si ahora esos sacerdotes tomasen la palabra, su testimonio resplandecería de tal modo que deberíamos bajar la cabeza avergonzados. Pero habrán adquirido tal humildad que dejarán que vuelvan a hablar quienes siguen pontificando sobre el valor infinito de la Misa, la comunión espiritual, el ayuno sacramental y la obediencia a nuestros pastores. No se les perdonaría su testimonio. “Hermano, te estás equivocando; estás rompiendo la comunión”, dirían no pocos.

De esta crisis temo que, en medio de la indiferencia, a nuestros pastores, estupefactos, les seguirá tan sólo un cortejo de silencio cuando no de miseria. Mejor o peor dispuestos, los Apóstoles acompañaron a Nuestro Señor en el Cenáculo. De descender su cuerpo de la Cruz y enterrarlo, sólo se acordaron dos discípulos secretos y unas mujeres.

sábado, 11 de abril de 2020

Resurrexit!



Vigilia Pascual

La Resurrección de Jesucristo,
Fra Angelico (1440-1442)


En esta hora oscura en la que, en el secreto de una iglesia vacía, está casi a punto de ser prendida la luz pascual, vuelvo atrás mi escritura para confirmar que acaso hemos sido obligados a vivir en la intimidad doméstica estos santos días en una expectación sabática, en silencio y soledad monásticas, ante el sepulcro de Jesús…

Et ibi eum videbitis.

viernes, 10 de abril de 2020

Passio Domini


Viernes Santo

El Descendimiento,
Maestro Forlì (1300-1305)

Como un callado ascendiente de los nombres de Cristo que fray Luis de León comentó en su diálogo agustino, fray Francisco de Osuna, alfabético y franciscano, declaró en la penúltima letra de su primer tratado el nombre de María. 

Al acabar de contemplar la sangre y la sed de Cristo, sus dolores y su desconsuelo, su cuerpo entero, Osuna vuelve la vista a la Madre que permanecía junto a la Cruz. Ensalzada, Mar de amargura, Mirra del mar, Maestra del mar o Señora del mar, “todo se reduze a gran passión y fatiga”.

En dos páginas profundas Osuna se adentra en la imagen material del agua, materna y mortal. “El ser consagrado al agua es un ser en el vértigo. Muere a cada minuto, sin cesar algo de su sustancia se derrumba”, escribió Gastón Bachelard.

En comunión perfecta, el Hijo y la Madre, que desea impotente subir con Él al Trono de su afrenta, afrontan el naufragio de la mar de la Pasión. Jesucristo emergió de ella como Moisés del Nilo o como del Mar Bermejo sacó a su pueblo.

Los espasmos de la agonía duplican y deforman las contracciones del parto. La angustia de la Madre acrecienta el tormento del Hijo. Los retruécanos formales y conceptuales se abrazan, se desdoblan, proliferan sus derivaciones. Modula la amplificación de una amargura tan amarga la paz que la canta, porque, como decía también Bachelard, “hay continuidad, en suma, entre la palabra del agua y la palabra humana”.

Se funden, no se confunden, como la mirra y el mar, la Pasión de Cristo y la de la Virgen: “de estar juntas se recrecía mayor fatiga en cada una dellas”. ¿Cómo no ha de ser María, por conocimiento y experiencia, Maestra o “Enseñadora del mar”? Ella instruye en la disciplina de Dios, como vislumbró el libro de la Sabiduría, 

porque ella comprehendió y conoció más della y se dolía más que ninguna otra pura criatura; lo otro porque ella alcanzó de allí la mejor parte y gozó más de su fruto que ninguno, porque ella, en aquel tesoro, tiene más poder que nadie y ella lo reparte a los suyos como si suyo proprio fuesse; lo último, porque salió del minero virginal de sus entrañas”.

“¡Qué solitaria se encuentra la ciudad populosa!” (Lam. 1, 1). ¿Dónde está ahora tu figura, María, Madre y Maestra?



jueves, 9 de abril de 2020

Coena Domini


Jueves Santo



La agonía de Getsemaní,
Duccio di Buoninsegna (1308-1311)

De los Diarios de Léon Bloy rescato, mientras atardece, una de sus páginas más fulgurantes, tal vez porque hoy me recuerda el posible destino de estas entradas con que voy emborronando una poética del monasterio.

Entre sus líneas, a las que me acerco siempre estremecido, Bloy destila milenarista una furia alucinada. Como en el umbral de su apocalipsis, proclama el acto de fe que habría querido que Pedro, el Príncipe de los Apóstoles, hubiese pronunciado justo al cantar el gallo por segunda vez.

Es el 20 de agosto de 1895, memoria de San Bernardo. Con un rasgo característico de su estilo diarístico, Bloy se decide a transcribir una “nota más o menos informe, que puede servir para un libro sobre el Bajo Imperio”. Ese libro -¿acaso un tratado de teología política?- jamás se habría podido publicar bajo otra forma que no fuesen los puntos suspensivos con que acaba, abortado, este fragmento de un esbozo incendiado…




“Jesús todo lo perdona, todo lo acepta, todo lo sufre”. El Hombre de Dolores se recoge hasta el fin de los días en el claustro de Getsemaní, icono de un Paraíso cercado por demonios a los que ya no les será permitido dejar de estar en vela.

Bloy reprochó a San Bernardo haber retrocedido ante la pavorosa prueba del sacrilegio. Porque era santa su predicación, debía cargar con la cruz de su profanación. Abstenerse de su cumplimiento lo habría hecho reo del Espíritu. Fue justo; por ello, pecó.

Desde el bautismo de fuego de Pentecostés, sería ya imposible ser sólo un Santo del Verbo Abofeteado. En el delirio del Amor la santidad de Bloy asume los espasmos diabólicos de esta Caída inacabable para que Jesús pueda llegar a ser todo en todo; “y la omisión será el ciclón de llamas que quemará todos los tabernáculos”.

Bloy transformó la oración de Jesús en la más fiel contraobediencia. En la celda de su escritorio rezaría así: “Aunque sea imposible, que no pase de mí este cáliz. Hágase como no quieres”.

En la cumbre del paroxismo, Bloy sólo puede acabar pidiendo pan, como Pedro echado a llorar en una esquina de Jerusalén.

Solo esta tarde, sin poder acceder a los sacramentos, en este oficio de la lectura, atisbo entre sombras la bendición del cáliz, con la esperanza de “ver, en cada palabra de la Escritura, un vaso lleno de la Sangre de Jesucristo”. Después de cantar el himno, tal vez comprenda que “antes que todo y sobre todo, Jesús es el Abandonado”.

domingo, 22 de marzo de 2020

La limosna




Domingo Laetare


Parábola de Epulón y Lázaro,
c. 1410


En las Florecillas se relata que el Poverello no cabía en sí de alegría ante la limosna de unos trozos de pan colocados sobre las piedras junto a una fuente. Por parecer un “pordiosero vil”, en la aldea le habían arrojado mendrugos y desperdicios secos. El hermano Maseo, en cambio, “gallardo y de buena presencia”, había recibido aun panes enteros. Francisco dio gloria a la divina providencia por el tesoro de la sencillez de la mesa y de la bebida y por la santa pobreza. El hermano Maseo no acababa de comprender.

El profeta Isaías no cesó de clamar contra la opresión del pobre si de verdad quería restituirse el reino de Israel. En el Sermón de la Montaña Jesús insistió en que la limosna de hombre consistía en practicar, en lo secreto del alma, la justicia.

Para Isaías no existía otro ayuno agradable a Dios que la limosna y ninguna otra justicia que el ayuno escatológico. “Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida… el Señor hartará tu alma en tierra abrasada”. Te convertirás entonces en “un manantial de aguas que no engañan”.

¿En qué consiste en la limosna? ¿Acaso en dar lo que a uno le falta para vivir? Acaso me conformo con la lección de Zaqueo, críptico patrono de los críticos literarios. De pequeña estatura, apenas logra encaramarse al sicomoro de su juicio para ver pasar a Jesús. Suelta su discurso. Reconoce que debe partir no sólo lo suyo sino incluso devolver cuatro veces más lo que tampoco era suyo.

¿De qué ha vivido Zaqueo? De especular con la palabra ajena. Ha introducido en ella la deriva insignificante de sus opiniones, tomando por apoyo de la creación la multitud flatulenta de sus voces entrecortadas. Debe alcanzar el silencio oscuro y vacío de la escucha pura. Pobre, ayuno de toda riqueza, será escuchado.

También de él estará hecho el Reino de los cielos.

sábado, 7 de marzo de 2020

El ayuno


Memoria de Santas Felicidad y Perpetua, vgs. y mrs.


La tentación de Cristo en lo alto del templo,
Duccio di Buoninsegna (1308-1311)


En las Florecillas se cuenta que durante una Cuaresma Francisco de Asís se retiró, en secreto, a una isla solitaria del lago de Perusa. Llevó consigo un par de panecillos. Entre el Miércoles de Ceniza y el Jueves Santo apenas consumió la mitad de uno. “Así, comiendo aquel medio pan, alejó de sí el veneno de la vanagloria, y ayunó, a imitación de Cristo, cuarenta días y cuarenta noches”.

Entre un puñado de cristianos del firmamento occidental caído se conserva la costumbre de la abstinencia cuaresmal. No es infrecuente escuchar todavía en boca de quienes la rompen el reproche de que es más grato a Dios masticar un filete de pollo a zamparse una mariscada. En cuanto se les pide el ejemplo del ayuno, alegan que no es preciso exagerar.

Se ha evaporado el sentido del ayuno y la abstinencia tras la norma eclesiástica. Hasta su transgresión es un cumplimiento invertido que cada vez se deshace más en el olvido.

En la Gran Cuaresma ortodoxa, a excepción de los sábados y domingos, el fiel debe abstenerse de carne, pescado, aceite y vino, como ayuda para intensificar la oración y la limosna que conduce a la celebración de la Resurrección.

El autor de las Florecillas quiso subrayar la humildad del Poverello que combatió la vanagloria. ¿Rigurosidad del ayuno? Tal vez supo vencer la tentación de sobrepasar a Cristo mismo, resistiéndose a probar bocado y reservando para Él la otra mitad. ¿Experimentó en el desierto interior, asediado de las fieras de sus más extremados deseos, que “Non in pane solo vivet homo, sed in omni verbo, quod procedit de ore Dei”? ¿Cómo podría imitar mejor a Cristo sino encarnando las palabras de la Escritura que había cumplido a la perfección al pronunciarlas?

¿No es acaso evidente que Francisco guardó el otro panecillo para anticipar la noche eucarística del Jueves Santo?

El final del capitulillo extrae una lección moral. En aquel lugar desolado, en atención a los méritos de Francisco, Dios comenzó a obrar grandes milagros, de tal manera que “en poco tiempo se formó una aldea buena y grande”. Entretenidos con las imágenes de mariscadas y parrilladas, se habrá extinguido mientras tanto la fe desnuda de esta generación.