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sábado, 18 de julio de 2026

Qui habitat

 

Memoria de san Arnulfo de Metz, ob.




He retrasado unos meses la lectura de Iluminados con una gloria oculta. Este libro todavía no traducido al español recoge las predicaciones cuaresmales que el obispo noruego Erik Varden impartió al Papa y la Curia Romana al inicio de la última Cuaresma. Confieso que me supo tanto a ceniza el revuelo que generó su celebración que preferí poner distancia en su momento con los contenidos que se apresuraban a reproducir los medios y las redes sociales. Ante las caras de circunstancias del Papa y sus colaboradores, no pude evitar el sentimiento desolador de estar observando una turba que se arremolinase ante las puertas de un espectáculo, forcejeando por entrar o al menos por no perder detalle. Por utilizar una analogía monástica, parecíamos giróvagos entregados, bajo una excusa loable, a la vana curiosidad. Al irse disolviendo los ecos de la fiesta, ha llegado el momento de romper mi ayuno para practicar la oración silenciosa de una reseña que ojalá no resulte sarabaíta.

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Dom Varden ha construido sus predicaciones al principio de Cuaresma de 2026 en el Vaticano sobre la pauta de las homilías en torno al Salmo 90 Qui habitat que san Bernardo pronunció en la abadía de Claraval durante la vigilia de la Pascua de 1139. De acuerdo con la tradición cisterciense, Varden emplea como fuente escrituraria el texto del tractus gregoriano que se emplea como antífona de la lectura del Evangelio del Miércoles de Ceniza. Un canto de doce minutos de duración, que hoy en la práctica sólo se entona en algunos monasterios, antecede así a la proclamación de las tentaciones de Jesús en el desierto. Como mis lectores pueden sospechar, hice un alto para oírlo. Enseguida caí en la cuenta de que no bastaba con escucharlo una, dos, tres veces. Exigía esperar con paciencia, aunque no se llegue a adivinarla, la centella de eternidad que atraviesa escondida sus melismas. Cabía leerlo, meditarlo, orarlo

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Tomado del Graduale romano, el tracto no coincide exactamente con la versión de la Vulgata, ni con la mayoría de las traducciones vernáculas derivadas o no de ella. En estas el salmo, que se lee en las Completas de las segundas vísperas del Domingo y fiestas, adopta un sentido alegórico y moral que se vuelve anagógico en el tracto. En él la protección del Señor se desvía de los términos metafóricos de una campaña militar presentes en las otras traducciones. Ni la peste, ni la epidemia, ni la plaga asedian el campamento, ni veremos el castigo de los malvados acechantes. Ni tan siquiera los ángeles que protegen nuestros caminos son exactamente legiones de apoyo. Depurado en su esencia, el refugio que ofrece el Señor pone a salvo, sí, de la saeta que vuela de día tanto como del temor que asalta de noche; de las ocupaciones (negotio) que nos atarean en la oscuridad y de la ruina que la inquietud del mediodía (daemonio meridiano) atrae sobre nosotros.

La delicadeza poética de todo el tracto se apoya en una precisión retórica que encuentra su paralelo en la exactitud de la estructura de su monodia. No se trata sólo de las paranomasias, paralelismos, aliteraciones, derivaciones o quiasmos tanto sintácticos como léxicos que lo modelan. Todo él se articula como un diálogo encabalgado en el juego de sus deícticos. El salmista da la palabra al yo del justo cuya súplica el yo del Señor atiende y responde al final. Entre ellas él se dirige y acompaña al de su hermano. Por su propia composición se comprenderá la necesidad de alterar la división canónica de los versículos. No por razones menores, como hemos visto, sustrae los correspondientes 8, 9 y 10.

A la vista de estas razones, entre otras, invito al lector interesado a que lea, medite y ore el salmo 90 como entrada al libro de Dom Erik a través del enlace que encabeza esta entrada.

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Erik Varden sigue a la vez muy fiel y libre tanto el comentario de san Bernardo como el texto del tracto, obrando cómo la literatura monástica anima a hacer. De los once capítulos/predicaciones de su libro, los seis centrales se dedican a comentar los versículos 1.3-7.15.11.13. Los enmarcan dos capítulos dedicados a san Bernardo: uno que presenta su figura; otro, desdoblado, que muestra su actualidad mística. Mientras que el abad de Claraval se dirigía a sus monjes, Dom Varden se dirige al Vicario de Cristo y a sus colaboradores, como también hizo aquel en su famosísimo De Consideratione. San Bernardo llamaba a sus monjes a la conversión y, sobre todo, mediante el topos agustiniano que da título al conjunto, a poner sus ojos en el Cristo glorioso que se manifiesta ocultamente en la Cruz. Dom Varden teje sobre esta trama un dibujo muy fino en diversos niveles que debe contemplarse con atención y a una cierta distancia…

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No es casual que el primero de esos capítulos claravalenses se haya titulado «San Bernardo idealista» y el segundo «San Bernardo realista». Presentan a san Bernardo como un hombre que, aun sin doblez, debe aprender a asumir sus contradicciones. No se traza una hagiografía, sino que, en un sentido cisterciense, se va descubriendo cómo la santidad se forja en un proceso continuo, cuaresmal, de conversión. La complejidad de la personalidad del abad de Claraval trasluce un afán de sencillez en absoluto impostada. La tensión entre la intransigencia de sus principios y su evolución hacia una profunda comprensión de la debilidad humana permiten descubrir entre líneas, con reverencia filial, una serie de consideraciones que Varden recuerda al Papa sobre cuestiones de la doctrina, la liturgia o la cultura católicas desde la mirada monástica a cuya tradición pertenece. Más allá de ellas y por debajo creo percibir asimismo una inquietud íntima suya. Si el objetivo de estas meditaciones se redujese a las reflexiones mencionadas, su retiro cumpliría simplemente una función piadosa y edificante. Habría dejado sin cumplir un parte nuclear del espíritu del Císter que esperaría de él el perfil de san Bernardo aquí esbozado. Literalmente lego, disculpen que intente explicar mi atrevimiento…

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A través de sus páginas Varden insiste en que la conversión cristiana no se limita simplemente a la vertiente moral del ser humano, sino que incluye también su dimensión intelectiva. La metanoia lo transforma por completo, en su unidad afectiva e intelectual. Este camino es escatológico. El hombre nuevo sólo puede recuperar en Cristo su semejanza con Dios, perdida por el pecado. La persona de Jesús es nuestra imagen perfecta querida por Dios y manifestada en su doble naturaleza. Por ello, delante de la Cruz el creyente descubre la gloria de la Resurrección que cumple y comunica nuestra esperanza más profunda.

Según la doctrina monástica, el plano natural, por más escondido que parezca, está ya transfigurado sobrenaturalmente. La vida del monje nos consuela entonces recordando que nuestra vida consiste en caer y volver a levantarse una y otra vez, sin desfallecer y sin desesperar, porque sabemos que contamos con la gracia de Nuestro Señor.

Con una naturalidad sorprendente en la teología de los últimos sesenta años, es plenamente coherente que Varden desarrolle un discurso sobre el papel que juegan los demonios y los ángeles en la economía de la salvación. La búsqueda de la verdad es inseparable de la liturgia, pues en ella se revela el misterio redentor de Cristo. Custodio de la santidad y cantor de Dios, el ángel es un modelo de la vida monástica no sólo «por su finalidad de alabanza, sino también porque el monje está llamado a inflamarse con el amor de Dios y a convertirse en un emisario para los otros». El monje nos invita a penetrar en la verdad que guarda la fe contemplando lo absoluto real con que Dios mismo se nos ofrece, como en la celebración de la Eucaristía. Remacha Varden: «La iluminación es siempre doble: intelectual y esencial, sacramental y pedagógica». En su silencio y su soledad, el monje permanece en vela en nombre de todos sus hermanos, esperando por ellos y con ellos la manifestación última de la gloria de Jesucristo.

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Como es lógico, Varden en sus sucesivas predicaciones presenta ante el Papa las inquietudes de la Iglesia, desde los casos de abusos hasta la búsqueda espiritual de la juventud. Por razón de su ministerio el Papa debe cargarlas sobre sí para ejercer con dignidad su oficio de enseñar, santificar y gobernar. He ahí, entre líneas, donde creo adivinar que Dom Erik incluye su propia y personalísima preocupación. La humildad de la llamada a la conversión que ha predicado y que le ha conducido a considerar y proponer la vida del Padre Bernardo, a cuya luz invita a sus interlocutores a que mediten las suyas, lleva consigo poner también la de él bajo el foco del abad de Claraval y ante la mirada atenta del Vicario de Cristo.

Como san Bernardo, Dom Erik es monje y ha sido abad. Como él, requerido aquí y allí, se ha visto obligado a dejar los muros de su claustro. Como él, también debe de preguntarse por los sorprendentes caminos con que Dios conduce su vocación, en medio de sus aciertos y de sus caídas. Como monje, con el ejemplo de san Bernardo, puede dirigirse al Papa, un religioso agustino y no un cisterciense como Eugenio III. Pero, ¿qué autoridad puede blandir como obispo? ¿No debería presentarse ante la mirada de Bernardo y, por extensión, ante la del Vicario de Cristo? ¿No debe él mismo meditar, con el Salmo 90, cómo Dios lo libera del lazo del cazador y de la palabra amarga? ¿No debe también afrontar el temor de la noche, combatir la vanagloria y la ambición y sospechar de la virtud complaciente del demonio meridiano? ¿No necesita como el agua de un oasis, como él los llama, el rigor, la claridad y la belleza al expresar la verdad que le ha sido confiada predicar? ¿No es preciso abajarse para que, como en la visión de san Bernardo, Cristo mismo llegue a inclinarse para alzarlo y abrazarlo?

Tengo para mí que esa búsqueda culmina en el capítulo sobre la consideración. Tras exponer las líneas maestras del opúsculo mayor de san Bernardo dirigido al Papa Eugenio, se dirige a una obrita en apariencia menor: la Vida de San Malaquías, sobre un famoso obispo irlandés, el cual, de camino a Roma, vio cumplido su deseo de acabar sus días en el monasterio de su gran amigo el santo abad. En Malaquías, como en un juego de espejos y reflejos indirectos y discretos con Eugenio y Bernardo y León, Varden encuentra un ejemplo de moderación episcopal y de alegría amical que le confirman que «un oficio considerado con sabiduría, asumido entonces en el nombre de Jesús, llevado en el amor de Jesús, puede convertirse en un instrumento de salvación y santificación para quien carga con él y para la multitud que Dios, de este modo, se digna visitar con su bondad». ¿Puede sorprender que, aliviado, tras citar a san Bernardo, él mismo exclame como cierre: «Considerar, pues, es consolador»?

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A la espera de la traducción castellana, ¿guarda algún sentido debatir si la versión inglesa o la italiana es la «original»? En cuanto libro, la respuesta es indudable: lo es la inglesa, en la que Dom Erik redactó sus consideraciones. La versión italiana es cuidada y mantiene una elegancia accesible. Sin embargo, es imposible que transparente no sólo el preciso dominio del inglés que el autor posee, sino esa aspereza nórdica de su base de articulación, tan idiosincrática de su cuidadísima dicción oxbridge. Ahora bien, la traducción italiana ofrece un valioso testimonio de la comunicación entre dos anglófonos, herederos espirituales de dos de los más grandes Padres latinos: en la lengua semioficial de la Iglesia, un monje y obispo, que reivindica y practica la actualidad de un legado casi bimilenario, se esfuerza por dirigir su predicación al Sucesor de Pedro.

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Tras esta larguísima reseña, de vuelta al principio, también me planteo si las consideraciones que acabo de exponer no son sino vaciedad y caza de viento. Stilnovista claravalense, como me defino, no he recibido la vocación monástica. Neomonacal quizás, como aquellos escritores franceses finiseculares, me acojo a una tradición que, con un eco de san J. H. Newman, Henri de Lubac ponía en valor poco antes del Concilio Vaticano II. En la contracubierta de la edición italiana se cita una frase del libro de Varden en que asegura que, frente a una cristología radical y realista, se disolverán las pretensiones mendaces de verdad. En su interior, siguen a estas otras palabras bajo cuyas alas quisiera refugiarme cubriéndome con sus plumas:


Estamos tentados de pensar que quizás debiéramos seguir el paso de las modas del mundo. Diría que es un proceder dudoso. La Iglesia es un cuerpo que se mueve lentamente: correría el riesgo de vestirse fuera de temporada y de explicarse con la jerga de ayer. Si la Iglesia habla bien su propio lenguaje, aquel de la Biblia y de la liturgia, de sus mismos Padres y de sus mismas Madres, de sus poetas y santos, que aún nacen, permanecerá capaz de enunciar las verdades perennes noviter. Será original y fresca, y podrá hoy, como en el pasado, orientar la cultura.

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jueves, 2 de abril de 2026

Eucaristía castellana


Cena del Señor

 

Misa de San Gregorio,
Maestro Manzanillo (c. 1500)

Hace unas semanas intervine en unas jornadas sobre La muerte de Jesús organizadas por el Instituto Bíblico y Oriental y el Instituto San Pío X en el Centro Universitario La Salle Madrid. El coordinador, mi amigo el Hno. José Andrés Sánchez Abarrio, quería que explicase mi experiencia de traducir la Rythmica oratio de Dom Arnulfo de Lovaina para la edición española de Heridas que sanan de Erik Varden.

Aún a riesgo de repetirme quise insistir en que, como traductor, mi tarea había consistido en un proceso también de contemplación. Dom Arnulfo contemplaba a Jesús en la Cruz recién muerto. El poema meditaba esa mirada con las herramientas poéticas de su tradición cisterciense. Dom Erik miraba de nuevo al Crucificado leyendo el poema del abad neerlandés a través de sus propias meditaciones. Esa lectura vuelta escritura de otra lectura me obligó a alzar la mirada al Texto original que cuelga sufriente de la Cruz. He buscado interrogarme en los términos en que se ha encarnado para mí esa larga Tradición enriquecida.

Suele manosearse el adagio italiano que contrapone traduttore/traditore. En su reciente conferencia «En alabanza de la traducción» Dom Erik asumía, en cambio, otro término para describir la tarea de la traducción: la «trashumancia». El traductor acompaña los textos a través de caminos que dirigen los rebaños de las palabras a otros pastos, de una a otra lengua.

El término «traditore» no debería usarse entonces en el sentido de «traidor», sino en el de aquel «que entrega», que transmite, por quien «trashuma» el original. El traductor «lleva» o «guía» de un texto a otro como un don, como el pastor que pastorea un rebaño de palabras que no es suyo, pero del que debe responder.

El traductor es un lector. Escribe leyendo. Su lectura es una escritura. Una escritura interpuesta, ciertamente. Su interpretación aspira a ser (re)creación, una creación en segundo grado, como un subíndice.

Al final de mi intervención resalté que, del esfuerzo de realizar esta traducción, ha dejado la huella más honda el entramado de vista y oído que el poema me ha exigido. Como dice el propio Dom Erik en su libro: “El imperativo de la fe no es solo un mandamiento de oír y obedecer. Un creyente también debe aprender a ver y reconocer”. 

La poesía «creyente» es así música y mirada. En ella se despliega un paisaje sentimental con que la imaginación cristaliza sus impulsos más elementales. El mío es el de un gótico tardío y un barroco anticipado. Son los Cristos de Alejandro de Vahía, por ejemplo, o los de Alonso de Berruguete, Diego de Siloé o los maestros castellanos que desembocan en la escuela de escultura del siglo XVII con Gregorio Hernández a la cabeza. O hasta el Cristo de Velázquez. Como lo son también las lamentaciones de Marbrianus de Orto o de Tomás de Luis de VictoriaOjo y oído entonan entonces un canto que se debe seguir con el entendimiento y con la voluntad porque ambos reposan en el regazo de la memoria. 

Por todo ello quizás acabé recitando en La Salle Madrid esta quintilla de José Jiménez Lozano, con cuyo protagonista, de un modo íntimo, me he sentido identificado como traductor. 


Amanecer monástico

 

Gorrioncillo en la ventana gótica,

amanecer de invierno.

Están al solillo, oyen maitines

y se alegran. Monjes grises

de observación perfecta.

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Hace unos meses visité el Museo Lázaro Galdiano al que hacía muchísimos años que no había vuelto. Quedé de nuevo prendado de la pintura española de finales del siglo XV y principios del siglo XVI, tan desconocida y silenciosa. Con sus rasgos flamígeros me confirmó que no andaba desencaminado fundiendo el horizonte de Dom Arnulfo con el verso castellano de mi memoria.

En una de sus salas topé con un prodigio de precisión teológica y de sencillez visionaria. El cuadro del Maestro Manzanillo «Misa de San Gregorio» (c. 1500) retomaba un tema iconográfico que se había extendido desde el Norte de Europa a partir de mediados del siglo XIV. En defensa del dogma de la «presencia real» en la Eucaristía, las biografías medievales del Papa monje relataban un milagro sucedido durante una de sus celebraciones. Con diversas variantes, la leyenda recogía la aparición de Cristo como «varón de dolores» ante la incredulidad manifestada por uno de los diáconos presentes. A este motivo central acompañaban otros secundarios, ya fuera una corte de ángeles, ya fueran los «arma Christi» o instrumentos de la Pasión.

De la tabla del Maestro Manzanillo, como digo, me maravilla la integridad de la composición que acumula sin amontonar detalles iconográficos y teológicos. Sin sobrecargar la composición, el autor logra su máximo de nitidez.

Como en la Noche de la Última Cena, trece son los personajes de este óleo dispuesto en forma trinitaria. Rodean siete ángeles y cinco hombres a Nuestro Señor que, como Él, se representan de medio cuerpo. Más que sostenerlo, los ángeles lo atienden. Los celebrantes miran hacia Él menos uno. Quien está de espaldas no alza la cabeza, como si fuera Judas. Con la mitra papal retirada a un lado, san Gregorio representa a san Pedro.

El milagro sucede en el momento mismo de la consagración. Empequeñecido, el Papa alza el pan, mientras el cáliz sobresale por encima de su cabeza en la dirección del costado traspasado que Jesucristo señala abriéndolo. La centralidad de los símbolos eucarísticos refuerza la «literalidad» de su Pasión, Muerte y Resurrección.

Los ángeles le presentan, como una ofrenda, de izquierda a derecha y de abajo arriba, los instrumentos de sus padecimientos: la columna donde lo ataron, los azotes, la corona de espina, los clavos de la Cruz, la esponja clavada en un palo con una vinagrera, la lanza con que el centurión le atravesó, los alicates y la escalera empleados para su Descendimiento…

La liturgia es el memorial presente de una realidad escatológica. Jesucristo está saliendo del sepulcro para hacerse presente sobre el altar. Lo envuelve un nimbo dorado y bermejo, como el manto sellado por un broche en que se graba el ardiente amor de su Sagrado Corazón. Su testimonio profético – su martirio – da cuenta, así, de su sacerdocio y de su realeza.

Hay un último detalle que me conmueve aún más. Con los rasgos estilizados característicos de la pintura alemana y flamenca, el rostro del Redentor adopta el aire de una dulzura aliviada. El «Varón de Dolores» que Pilatos presentó al pueblo («Ecce Homo») resplandece aquí y ahora («hic et nunc»). Con la muerte ha vencido también el dolor. No los ha negado, sino que los ha transfigurado con su Resurrección.

Según nos recuerda Erik Varden, los Padres de la Iglesia llamaban a este estado charmolupē, una tristeza-alegría de la que nacen lágrimas de lamento y de gozo. Como al cierre de sus meditaciones sobre el poema de Dom Arnulfo, también podrían aplicarse a la enseñanza del Maestro Manzanillo estas palabras suyas: A medida que empezamos a aprender este nuevo modo de vivir, descubrimos que nuestras lágrimas pueden coexistir con una alegría profunda del corazón.

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viernes, 26 de diciembre de 2025

In Cantica Canticorum

 

Solemnidad de S. Esteban, protomártir

 


Hace unos meses caí en la cuenta de que no había leído nunca ni de modo continuado ni completo, sino salteados, los sermones de san Bernardo al Cantar de los Cantares. Nunca he encontrado la fuerza para enfrentarme de frente a sus ochenta y seis sermones. Así que encargué un ejemplar de la clásica edición de la BAC en la librería Claret. Con él ya en la mano seguía pensativo, mientras hojeaba la introducción, maravillosa y estimulante como todo lo suyo, de Dom Leclercq. Al leer que san Bernardo los compuso a lo largo de más de veinte años, como si los fuese a pronunciar día tras día en el capítulo de Claraval, comprendí que debía acudir diariamente a recibir su enseñanza. Se celebraba en aquel momento las Vísperas de la Solemnidad de los Santos Arcángeles. He cerrado el volumen la víspera de Nochebuena.

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Apenas dos semanas después de empezar a atender las lecciones diarias de san Bernardo, comenté a Mons. Varden que con frecuencia me sentía amonestado por sus palabras. El abad de Claraval manejaba de modo prodigioso los periodos latinos, con la que la traducción castellana combate sabiéndose vencida. En su justa medida era capaz de combinar a la vez la profundidad espiritual, la sensibilidad poética y la más punzante de las ironías. Con ellas sentía que sigue corrigiendo con un afecto implacable los defectos de hoy. Debe reconocerse que deja de nuevo al descubierto los pecados más íntimos de cualquiera de sus audiencias. Podría reprochársele la retórica exegética, pero sería una excusa insostenible. La agilidad verbal de Bernardo no nos absuelve de nuestra tartamudez moral. Entre tanta pesadumbre gozosa, Dom Erik me dio un consejo inolvidable. “No dejes que te reconvenga demasiado. Escúchale como a un amigo que lee para ti en voz alta”.

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He ido subrayando con lápiz, sobre las líneas o en los márgenes, aquellas frases en que el genio literario de Bernardo deslumbraba la interpretación de un sintagma, un sustantivo o un adverbio. Piénsese que, tras quinientas páginas, apenas llegó al primer versículo del tercer capítulo del Cantar.

De acuerdo con el método exegético de la Patrística, se detiene al principio de cada perícopa a presentar el sentido literal con una precisión que sorprendería a no pocos pragmatistas. A continuación, desencadena una espiral de observaciones morales y alegóricas desde las que se lanza a degustar las más altas cotas espirituales.

Contra todos los prejuicios modernos, san Bernardo demuestra un conocimiento del amor humano y de los movimientos del alma asombroso. Puede dedicar páginas que marean por su pulso narrativo a los distintos órdenes angélicos y dar de inmediato un salto a los más delicados y eróticos sentimientos esponsales. Para nuestro abad cada uno lleva dentro de sí una Betania donde conviven Marta y María. Es evidente que, hombre de su época, sitúa la vida monástica en la cima, pero sería una mezquindad no advertir su alegría ante el testimonio de fidelidad de quienes viven en el mundo.

Se dirige a sus monjes, consciente del artefacto de la presunta oralidad de sus sermones, como si secretamente le divirtiese y le estimulase alcanzar con su escritura los oídos ausentes de una multitud anhelante. Del mismo modo que en De consideratione introduce una digresión en forma de apología sobre el desastre de la II Cruzada, aquí no duda en detener el curso de sus comentarios para dedicar un sermón sollozante a la muerte de su hermano Gerardo, un auténtico prodigio de amor fraterno y de estremecimiento creyente ante la inmensidad del misterio de nuestra finitud.  

Su estilo posee un trazo firmísimo, capaz de prolongarse sin descanso entre meandros de subordinadas, antes de hacer un alto y encadenar ráfagas brevísimas de oraciones simples que se despliegan mediante armonías contrapunteadas por interrogativas. He descubierto en sus secretos las resonancias más hondas de mis tanteos literarios. Gracias a su ritmo, he conseguido descifrar algunos pasajes inexplorados de la poética monástica en los que mi Oficio de lectura en curso no se acababa de atrever a aventurarse.

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Dom Jean Leclercq explica que la obra de san Bernardo aborda todos los lugares que las Sentencias de su época requerían, pero no de una manera sistemática sino poética. ¡Qué gran consuelo una cristología escatológica así!

No escasean delicadas alusiones sarcásticas contra los “filósofos”. En ellas no se atisba el más mínimo antintelectualismo. Al contrario. La crítica a la filosofía, muy a menudo puesta a la par del desarrollo de las herejías y de la denuncia rigurosa de los excesos eclesiásticos, reivindica un modo de pensar y una manera de decir que el auge de las escuelas catedralicias empezaba a amenazar. Más que de defenderse contra ellas, nos recuerda que el pensamiento monástico, gramatical y escatológico, no es simplemente el precursor de la plenitud dialéctica y racional de la filosofía cristiana. En el fondo, la metafísica de los filósofos es una epistemología que convierte el olvido del ser en un análisis del ente. La exégesis de los monjes es una poética que hace de la memoria una liturgia de alabanza. Aunque pueda parecer paradójico, el filósofo no busca la sabiduría sino el conocimiento. El monje, como Bernardo, se sumerge en las Escrituras.

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En un par de sermones finales san Bernardo demuestra el rigor intelectual de su pensamiento, basado siempre en las figuras de la antítesis y la paradoja. Tras enfrentarse con el tema del libre albedrío y la esclavitud del pecado, entona un himno majestuoso al amor nupcial de Dios con el alma, sobre la pauta del versículo “En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma” (Cant 3,1a). Recogido en el oficio de lectura del común de los santos varones, dice así uno de sus fragmentos más espléndidos: 

El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. […] Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con lo que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si Él ama, es para que nosotros lo amemos a Él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí” (Sermón 83).

Dom Erik estaba en lo cierto. El Padre Bernardo me ha instruido con paciencia hasta ese momento en que me he percatado de que “lo buscaba y no lo encontraba” (Cant. 3,1b).

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sábado, 15 de noviembre de 2025

Con Arnulfo de Lovaina

 

Memoria de S. Alberto Magno, ob. y dr.


Cristo crucificado,
Alejo de Vahía
(finales del siglo XV, Museu Marès)


Entre los tópicos que han contribuido a precipitar el caos educativo de Occidente, sobresale aquel que sentenciaba el fin del estudio de las lenguas clásicas: “Son lenguas muertas”. Ante tal enormidad, atea en su sentido más pavoroso, cualquier argumento sensato choca como una barquichuela contra la escollera de una rada anodina. Salta hecho astillas.

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En mi adolescencia estudié latín con pasión. Desafiante y humilde, en todo lo escrito he buscado rendir testimonio de que aquella lengua que a tantos parecía muerta es un cuerpo glorioso que transfigura la sintaxis de quienes vendimos (casi) todo para acercarnos con reverencia hasta ella.

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Hace unos meses, a través de Daniel Capó, Carlos Ezcurra me hizo una propuesta. Estaba enfrascándose en la traducción de Healing wounds de Mons. Erik Varden que acaba de salir publicada como Heridas que sanan en Ediciones Encuentro. Se trata de una meditación ensayística que toma pie en el poema “A los miembros de Nuestro Señor Jesucristo” del abad cisterciense Arnulfo de Lovaina (1200-1250). De este no existía una traducción completa al castellano y Carlos prefería que alguien le ayudase. Dom Erik le había sugerido mi nombre. Quedé sorprendido, mientras pensaba: “¿Cómo digo: ¡No!?”. Cerré los ojos y miré adentro. Lejana se recortaba una figura con hábito blanco que, de pie y quieta, parecía observarme fijamente. Acepté el encargo.

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Traducía a la vez que leía. Con mi letra pequeña y nerviosa, emborronaba a lápiz hojas plegadas como cuartillas. Decidí evitar que la versión de cada parte excediese la extensión de un folio así doblado. Tachaba, sobrescribía, giraba el papel en horizontal si fuera necesario. Al acabar la primera parte, a los pies de Nuestro Señor, puse mi tarea bajo la evaluación de Carlos. Su entusiasmo me determinó a no abandonar esa especie de trance métrico que, habiéndose apoderado de mí, empezaba a absorberme. En apenas diez días terminé una primera versión de los trescientos setenta versos del poema del abad Arnulfo.

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Al leer la exquisita versión inglesa de Dom Erik, me había asaltado un temor. Su prosodia se había adaptado de una manera genuina al ritmo de su ensayo. Su prosa glosaba el poema y el poema versificaba su comentario. Le infundía un lirismo que devolvía depurada su contemplación. Dom Erik aprendía de Dom Arnulfo, cuya lección – su lectio – volvía a vibrar en la voz de aquel. ¿Pero qué podía yo? No soy monje, no soy lego, ni mucho menos poeta; en realidad no soy ni siquiera nada, a lo sumo nonada. ¿Acaso no traicionaría “mi” verso, simultáneamente, la mirada de fray Arnulfo y la meditación de fray Erik? ¿No se convertiría también en un engrudo superpuesto a la traducción de Ezcurra? Doble traición: traidor del traductor. Volví a mirar adentro. El paisaje flamenco se había fundido en una interminable llanura castellana. La figura de hábito blanco extendía a mi lado su mano sobre él, con una señal de asentimiento.

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En la versión de Dom Erik resuena la seriedad barroca del ciclo de cantatas de Dietrich Buxtehude. A través de ellas en su imagen del Crucificado se atisba el hechizo bizantino del último tramo del siglo XIV. ¿Cómo mantenerse obediente en la libertad a tan singular enfoque? Fiado en aquel gesto de mi acompañante, buceé en mi memoria. De ella fue emergiendo el ritmo de los Cancioneros castellanos del siglo XV que había fatigado en mis estudios universitarios hace más de treinta años. Como entonces, Alejo de Vahía volvía a tallar los rasgos de mi Cristo, arrancado de su Cruz y también escatológico.

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Detalles de la vida de Arnulfo de Lovaina caben apenas en un par de líneas. Abad de Villers-le-Ville durante una década, renunció aproximadamente un año antes de morir. En ese breve lapso escribió su Rythmica oratio ad unum quodlibet membrorum Christi patientis et a cruce pendentis. En el manuscrito más antiguo conservado (1320) se le atribuye la composición del poema. No obstante, desde finales de ese siglo se propuso la autoría de san Bernardo de Claraval, triunfante hasta mediados del siglo XIX. Aunque pueda resultar paradójico, a Dom Arnulfo le habría parecido un elogio. Su vena poética consistió en la tarea orante de un retórico dispuesto a llegar al extremo de su vocación monacal. 

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En mi traducción he querido practicar también hasta el fondo mi oficio retórico de lector. Como Don Arnulfo, al ir retejiendo sus versos percutían intuiciones que habrían sedimentado nuestro concepto de la poesía. Repito: no el de poetas, sino el de orantes de la poesía. Entrechocaban en mi memoria la agilidad de los versos de Juan del Encina y la sobriedad de los de Jorge Montemayor, y la serenidad de ambos con la inquietud desengañada de la poesía religiosa de Lope de Vega y la pléyade de poetas menores del siglo XVII. Bajo la lección métrica de José Jiménez Lozano, la férrea armonía del poema de Arnulfo me ha obligado a componer unas quintillas asonantes que hibriden los heptasílabos y los eneasílabos según unos esquemas conceptuales y rítmicos lo más uniformes posibles. Una traducción menor de un poema acaso menor sólo puede anhelar cumplir su más alta misión: alcanzar la emoción de una inteligencia espiritual que entrega a su lector la contemplación del Hombre Dios olvidado en la Cruz.

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George Steiner ha glosado en diversas ocasiones una tesis de Walter Benjamin. La traducción de un poema debería esforzarse por crearlo de nuevo a la luz del lenguaje más prístino del que serían sendos reflejos. A buen seguro la mía del poema de Dom Arnulfo podría llegar a resultar extraña al oído. Quizás sea esa extrañeza el signo de su verdad más escondida. En ella la voz de un abad ignorado del siglo XIII silbará en la de un crítico literario del siglo XXI. Puestos en paralelo el original y su versión, tal vez se advierta que responden a un canto llano alterno. Bajo el tiempo y el espacio, querrían alzar juntas una súplica de alabanza que trace, con el incienso de unos mismos versos, el contorno de las heridas de Nuestro Señor. Con ellos, tan monástico, ojalá el ensayo de Erik Varden ayude a sanar las de sus lectores españoles.

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martes, 24 de diciembre de 2024

Sanar las heridas

 

Memoria de los Santos Antepasados de Jesús



Monje Crucificado,
Abadía cisterciense de Mogila

Con la publicación de Healing Wounds al inicio de Adviento – un volumen de Cuaresma como reza su subtítulo The 2025 Lent Book –, Mons. Erik Varden ha decidido poner a prueba las expectativas de sus lectores. Más allá de la circunstancial paradoja que une el Nacimiento y la Muerte, al cerrar el volumen podremos tener el sentimiento de haber practicado un ejercicio espiritual sobre la condición humana desde una perspectiva en apariencia olvidada y todavía hoy más actual.

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Healing Wounds es tanto una meditación como una contemplación de las heridas de Jesucristo a través del comentario a una obra poética latina de mediados del siglo XIII: la Oración rítmica a cada uno de los miembros de Cristo sufriente que cuelga de la Cruz. Los siete himnos que la componen fueron atribuidos a san Bernardo de Claraval, aunque sean casi con total seguridad obra de Arnulfo de Lovaina (1200-1250), también abad cisterciense. Durante el Barroco sirvieron de inspiración a Dietrich Buxtehude para componer un ciclo de cantatas con el título de Membra Iesu Nostri (1680). Aunque esta adaptación musical despertase su interés, para construir su obra Dom Erik ha acudido directamente al poema, del que ofrece en paralelo, al principio de cada uno de sus capítulos, una elegante versión adaptada a la prosodia del inglés.

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Con Healing Wounds su autor nos ha entregado su libro más íntimamente monástico. En el díptico que formaban sus ensayos anteriores, La explosión de la soledad y Castidad, Dom Erik había iniciado el camino de experimentar con variados géneros literarios monacales. Aunque no se haya destacado lo suficiente, una parte fundamental de su éxito se debería atribuir a la sensación de frescor que esas modalidades lograban transmitir, con una mezcla tan bíblica de poesía y sabiduría que brilla con especial intensidad en el Oficio divino. Healing Wounds representa la madurez de este procedimiento. Apoyándose firme y declaradamente en la tradición cisterciense a la que pertenece como monje trapense, Dom Erik requiere de su lector, si de verdad quiere aprovechar su lectura, hacer un gran esfuerzo: que se atreva a descubrir, mirando al Crucificado, qué hay de monje en su interior; o, dicho en los términos de Louis Bouyer, hasta qué punto de urgencia está dispuesto a seguir su vocación de cristiano.

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El lector de libros espirituales está acostumbrado a encontrar en los mejores de ellos una versión inteligente y expurgada de excesos sentimentales. Sin que le exija el esfuerzo intelectual de un tratado teológico, le basta con que sigan satisfaciendo la función de encender sus afectos para formar buenos deseos que pueda cumplir. Lejos de las brasas de esta herencia romántica que todavía no se ha extinguido, Dom Erik nos invita a emprender, no el retorno, sino el ascenso por los caminos que lo medievales habían trazado con paciencia y reflexión. Tal como lo entendía san Bernardo, entre el intelecto y el afecto no existiría una cesura tan estricta como habrían supuesto los modernos desde el siglo XIII. En el mundo monástico sentir y gustar las cosas internamente acrece y jamás cansa el saber del alma. Gramática y Escatología. Nada de oscuridades rebuscadas, sino nítida altura que quema la respiración apresurada.

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Healing Wounds prosigue y profundiza los armónicos que despliega la obra entera de Mons. Varden. Desde La explosión de la soledad su tema central ha girado en torno a la vulnerabilidad humana: las heridas que el ser humano inflige y se inflige por el pecado están destinadas a ser curadas. Sus cicatrices nos muestran el itinerario de la salvación: la conversión, la redención, la restauración. La fe cristiana se sostiene en una esperanza que brota de la memoria. En el presente el pasado nos recuerda el futuro. Castidad invitaba a descubrir en Cristo la imagen del nuevo Adán que, sin guardársela, nos ha comunicado en su Resurrección. Healing Wounds enfoca ahora nuestra mirada hacia la piedra de escándalo de la Cruz en que cuelga Dios hecho Hombre. A despecho de nuestra época que quisiera silenciarla, a través de ella el cristiano atisba la Gloria escatológica.   

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Arnulfo de Lovaina va elevando nuestra mirada desde los pies y las rodillas del Crucificado, pasando por las manos, el costado y el pecho, hasta alcanzar su corazón y su rostro. El amor requiere de una precisión contemplativa a través de una Rythmica oratio. El sustantivo retiene simultáneamente las acepciones de “oración” y de “discurso”. Tras la lectura atenta y la meditación intensa de la Crucifixión, brota la oración que es el discurso que lleva al cristiano a la configuración y a la identificación con Cristo muerto en la Cruz.

Los comentarios a cada una de las heridas de Cristo están forjados en el yunque de la Patrística, tal como la literatura monástica no se cansó de fatigar. Chispean en ellos los sentidos de la exégesis al chocar entre sí. No proceden de una manera uniforme y lineal – del sentido literal al anagógico –, sino que oscilan al ritmo que alienta el Espíritu. En términos lingüísticos, podría decirse que el suyo es un desarrollo semiósico que condensa el nivel fónico con el pragmático o el sintáctico con el semántico. El sentido literal que garantiza la interpretación alegórica se metamorfosea en un nivel moral que sólo puede ser engendrado en su perspectiva anagógica. De ese modo, la alegoría y la literalidad alcanzan su sentido más hondo. Tan es así que cada comentario termina con una brevísima oración de Dom Erik. Mediante la libre adopción de la forma del verso, aspira a fundirse con Cristo en la palabra poética con que el abad Arnulfo quería responder a la Palabra.

De las glosas a cada una de las heridas, me han impresionado profundamente las que Dom Erik dedica al Costado y al Pecho de Cristo. En este punto me falla la gramática. Me conformo con la enumeración: Longino, Bartimeo y David; la lanza, la ceguera y el Arca; las historias apócrifas y la verdad del Evangelio; Judas probando el bocado antes de entrar a la noche, Juan reclinado sobre Jesús… Léon Bloy decía que no existe más que una nostalgia: la del Paraíso. En un párrafo de una sencillez estremecida, con el sabor de los Padres, Dom Erik nos anima a vislumbrarlo de nuevo a través de la abertura del Costado.

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Como decíamos un poco antes, el gran tema patrístico y monástico de Mons. Varden es el dolor del que nace una alegría que no puede sernos arrebatada. En el fondo, no retoma sino el motivo de la Caída desde la perspectiva de la Redención: el Edén contemplado desde el Gólgota. En su nuevo libro vuelve a meditar y contemplar el misterio de la Creación. Como religión de la Encarnación, el cristianismo conoce el peso indecible de las lágrimas; por ello, tarea suya es enjugarlas y consolarlas. Entre el desierto de las tentaciones y Getsemaní Jesucristo obra como el nuevo jardinero del Edén que florece con su Resurrección frente al Sepulcro abierto. En unas sociedades como las nuestras, que (se) niegan la fragilidad y el sufrimiento, debería resonar calladamente el ofrecimiento final que guía la intención de nuestro autor: “Se trata de comprender que el mundo necesita todavía la salvación; que la Pascua no es un acontecimiento pasado, sino presente; que nuestra vida, nuestra alegría y esperanza depende de ella. Solamente en el paraíso, cuando por fin estemos en casa, con Jesús, Dios hará que cese todo llanto. Por ahora, comemos nuestra ración en su mesa como caminantes, su pan sazonado con nuestras lágrimas”. Eucaristía y Escatología riman en el Banquete eterno que anuncian las Llagas de Cristo, nuestra Paz.

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viernes, 17 de noviembre de 2023

Castidad

 

Memoria de S. Hugo de Novara, abad


Detalle del Juicio Final,
Pietro Cavallini (1300)


Como un ejercicio más de su modo de leer, la escritura monacal se caracteriza también por ir rumiando sus reflexiones. La ruminatio no consiste sólo en prestar detallada atención a los rasgos ocultos de sentido que la recitación quisiera acariciar. Avanza con ágil lentitud. No corona cimas, como la mística. Prepara el ascenso. De improviso el lectoescritor siente que se le ensanchan los pulmones y que su respiración se agita levemente. Observa a su alrededor y se descubre en medio de un valle nitidísimo. Sin apenas notarlo ha ido cesando el ruido que lo acompañaba adentro. Su conversación interior se ha ido espaciando, mientras el aire se hace más seco y hiere con más afilada dulzura. Es el momento. Puede entonces uno respirar profundamente y disfrutar de la vista con el cuello del abrigo bien alzado; o bien irse revistiendo, casi ruborizado, de un hábito nuevo, único, propio, cuya medida exacta es tarea de la vida ajustar.

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En un brevísimo lapso de tiempo Erik Varden ha publicado el original inglés y la traducción española de Castidad (La reconciliación de los sentidos). Castidad no es un tratado, ni un manual, ni una apología, ni una homilía, ni siquiera, apurando sus amplios límites, un simple ensayo. En toda la amplitud del término aspira a ser una oratio: un discurso que invite a la contemplación. Un monje tiene muy presente la recomendación de S. Pablo: “Vuestra conversación sea siempre agradable, con su pizca de sal, sabiendo cómo tratar a cada uno” (Col 4,6). Es decir, comparte un logos, una razón que da gracias, una palabra en vela.

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Rumiar es recordar. En la ruminatio despliega su poder curativo la anamnesis. Castidad debe leerse en estricta continuidad con el libro anterior de Varden, La explosión de la soledad. Entre ambos se reconoce un mismo estilo, cuidado y próximo, que repite el procedimiento hermenéutico, en absoluto ajeno a la tradición monástica, de utilizar el ejemplo de obras poéticas, musicales y artísticas. La explosión de la soledad invitaba a recordar – es decir, a pasar de nuevo por el corazón, sacando del olvido a la luz del Resucitado- el camino desde la Creación a una nueva Creación. Castidad nos anima a habitar el monte santo donde el Edén y la nueva Jerusalén están ya secretamente desposados en nuestra historia redimida. Dice el autor: “Habitar el mundo castamente es verlo en verdad y verse a uno mismo y a la humanidad de modo verdadero en él; es decir, convertirse en contemplativo”.

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La argumentación de Dom Varden apunta a la castidad no tanto como un programa de virtud cristiana, sino sobre todo como un icono que manifiesta la realidad ontológica de la existencia humana. Por supuesto asume el horizonte de los afectos humanos, a la luz de un concepto integral de intelecto que no escinda el entendimiento como una potencia independiente y superior que debiera regir y sujetar la voluntad. Reconciliándose el uno y la otra por la memoria, el comentario desea remontar, más allá de la interpretación literal y moral de la palabra castidad, a su significado alegórico y anagógico, trinitario. No es la castidad del Hombre en la Caída la que atrae en primer término la atención – el hombre desnudo, recubierto de pieles-, sino la expectativa del Hombre restaurado en su dignidad original, revestido de una túnica de gloria. Como dice el obispo de Trondheim, "la condición cristiana es el arte de esforzarse por responder a una vocación a la perfección mientras sondeamos la profundidad de nuestra imperfección sin desesperar y sin renunciar al ideal".

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Como un midrash cristiano, Dom Varden glosa La cueva de los tesoros, un texto siriaco del siglo IV. En una época como la nuestra, considera que su contenido “posiblemente consiga ir más allá que las admirables pero austeras definiciones de la teología escolástica”. Bajo esta delicada monición, el lector se asoma a un enfoque que, en su humildad, es inverso, pero no opuesto, al de la escolástica que lleva prolongándose durante los dos últimos siglos. Si Dom Varden no propone la castidad en términos punitivos, se debe a que sostiene, provocativamente, que la castidad es el estado natural del ser humano que se perdió con el pecado. El orden de la gracia recupera así la plenitud de la que caímos. Es preciso una anamnesis que es también una anábasis.

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La castidad debe meditarse en su horizonte escatológico. No es una carga sino un servicio. No es un munus sino un officium. La Caída nos arrastra a un desorden cada vez más abismal. La Misericordia, con una ardua ligereza, nos alza a un nuevo orden edénico. La castidad no es únicamente un combate moral contra los instintos, sino la paz que recobra nuestro polvo modelado a imagen y semejanza de su Creador. Su sentido en la economía de la salvación es esencialmente litúrgico, como se declara en diversos momentos del libro. Dice con precisión Dom Varden: “Al principio, la naturaleza humana formaba parte perfectamente de este orden perfecto. Estaba orientada a la vida eterna y a la manifestación de la gracia sustancial de Dios. […] Su misma existencia tenía un carácter unificador, sacerdotal. […] El hombre fue invitado a elegir la bienaventuranza. Esto significa que era libre de rechazarla. Su sacrificio sacerdotal residía en ordenar su libre albedrío según la llamada de Dios”.

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Las tensiones que atraviesan la vida humana no se reducen a contrastes. Contienen también fuerzas creativas. Orden y desorden, eros y muerte apuntan a la búsqueda de una reconciliación – y no meramente un equilibrio- entre cuerpo y alma como entre libertad y ascesis. Hombre y mujer, matrimonio y virginidad suponen un anhelo – concepto clave en el pensamiento de Dom Varden- de perfección, o mejor dicho, de plenitud -de integridad- que sólo se reconcilia en el éxtasis del reencuentro en el otro. De todos los sacramentos, solamente uno recuerda el estado paradisiaco: las nupcias, que, a lo largo de la espiritualidad cristiana – y bíblica-, han alegorizado la intimidad del ser humano y Dios, de Cristo y su Iglesia.

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En las primeras páginas de Castidad Dom Varden establece una filiación con las acepciones empleadas por Aristóteles y Cicerón. La Poética y las Disputaciones Tusculanas remiten simultáneamente a un proceso de purificación y a un estado de pureza. No son una adquisición, sino una disposición largamente trabajada. La castidad ni sublima ni apacigua la pasión: “Reconoce un destello de eternidad en la pasión”. No libra del cuerpo; lo libera para que sea de nuevo él mismo. Le devuelve el descanso sabático. Por ello, me ha conmovido un dicho conciso de los Padres del Desierto citado por Dom Varden: “La medida del cristiano es su imitación de Cristo”. La acepción poética que resuena en el término griego de mímesis no se limita a la imitatio latina. Radicaliza su significado. A la medida del cristiano no le basta con reflejar a Cristo. Su acción está impelida a re-presentar el sentido mismo del obrar de Cristo. Es Cristo quien obra en él cuando él actúa. La castidad es la manera del ver el mundo con la claridad del nuevo Adán que gobierna sus pasiones con la simplicidad de la Creación recién terminada de hacer. Quien es casto ve el mundo con los ojos mismos del amor de Dios. ¿Cómo no oír de fondo resonando la bienaventuranza de Jesús? “Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios" (Mt 5,6).

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En el hermoso andante final Dom Varden va comentando el fresco del Juicio final de Pietro Cavallini. Todas sus figuras dirigen su mirada hacia Jesucristo, Juez de misericordia. Aunque la pintura está dañada, siguen intactas las llagas de una mano y de los pies y la herida del costado. Ligeramente inclinado hacia delante, porque ni siquiera el trono de su poder puede retener su cercanía, nos mira mientras detenemos la mirada en Él. Aunque no seamos monjes, solos ante sus ojos, deberíamos repetirnos, con el anhelo herido de una añorada pureza: “Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor” (Sal 27,8). Con Castidad Erik Varden acompaña los pasos de esa búsqueda.

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viernes, 12 de noviembre de 2021

Soledad y memoria


Memoria de San Nilo del Sinaí, mj.



Con la traducción del libro La explosión de la soledad se ha producido en nuestro país un fenómeno curioso. Los argumentos de su autor Erik Varden, monje trapense y actualmente obispo de Troindheim (Noruega), han atraído un inusitado interés entre lectores que en principio no parecerían especialmente inclinados hacia la literatura espiritual. La reciente entrevista de Daniel Capó a Mons. Varden ha servido además para poner de relieve, a través de su distinción entre deseo y anhelo, una de las ideas centrales con que el libro, lejos de las respuestas clásicas de la teodicea, ha intentado enfrentarse a algunas de las perplejidades que el mal sigue suscitando a la mentalidad contemporánea.

Conviene comenzar señalando que este es sobre todo el libro de un monje que, sin renunciar a su sólida formación intelectual y espiritual, practica, con agilidad y soltura, el diálogo con quienes, según Henri de Lubac, habrían conservado el sentido espiritual de las Escrituras en los últimos dos siglos: los poetas. No es ni pretende ser un libro novedoso, sino más bien nuevo, deseoso de ir a lo esencial de manera clara y directa.

Su estructura es sencilla y está fuertemente trabada. Dividido en seis capítulos, a los que se suman una introducción y un epílogo, todo él está marcado por el imperativo de recordar, como el título de cada capítulo se encarga de subrayar. Sucediéndose como el desarrollo de la historia de la salvación, desde la Creación (y la caída) hasta la Redención (y la plenitud), cada capítulo está construido de forma similar. Tras introducir el tema bíblico escogido y situarlo en un contexto actual relata el testimonio de poetas, novelistas o personas de fe ante las angustias de nuestra época.

María Egipciaca, Stig Dagerman, el stárets Serafín de Sárov, Maïti Girtanner o Andreï Makine, entre otros, son los interlocutores con que Varden va intentando aclarar sus preguntas sobre la realidad del mal y el misterio más hondo de la bondad y de la belleza, capaces de hacer refulgir, contra toda aparente esperanza, la verdad de la condición humana.

He ahí donde se articula el sentido conjunto del título (La explosión de la soledad) y del subtítulo (Sobre la memoria cristiana) del libro, el cual pierde inevitablemente parte de su fuerza en la traducción. Entre la soledad y la memoria se produce una intensa comunicación que adquiere unos matices muy particulares en el texto original. En inglés se distinguen tanto los términos solitude (soledad física) y loneliness (soledad afectiva) como memory (potencia intelectual) y remembrance (el recuerdo trabajado en la memoria). Más que enfrentarse a una explosión, Varden se adentra en el sacudimiento, en el estallido, en el resquebrajamiento (shattering) que la obediencia a la memoria (remembrance) produce en nuestro sentimiento de orfandad originaria (loneliness). Podría decirse que la herida que nos libera del aislamiento nos invita a recuperar la comunión entre nosotros y con Dios.

En un sentido agustiniano, presente, pasado y futuro se proyectan entonces en una unidad que las trasciende y que hacen de la memoria un sigo de identidad. En cuanto tal, cabe hablar de anamnesis. Más allá de su sentido platónico y/o litúrgico, este concepto adquiere en el pensamiento monástico una tonalidad distintiva respecto del método dialéctico propio de la línea teológica emprendida por la Escolástica.

Como el propio Varden insinúa a través de su reflexión sobre el concepto griego de aletheia, la anamnesis no es una simple reminiscencia, ni tan siquiera una conexión con las ideas y los sentimientos más originales que el hombre retomaría en el proceso de theosis. Literalmente, sería una tarea que obliga a remontar la memoria sin descuidar el riesgo de su propio olvido. Según Varden, el hombre, formado del humus, aspira a ser más y mejor. El memento mori sería la prueba más elevada de la dignidad humana. Su anhelo de infinitud brota de su misma naturaleza finita. Este abajamiento le revela, como un don, la gloria de Dios manifestada en el Hombre nuevo encarnado en Jesucristo.

No es casual, por tanto, que, sin mencionar a san Anselmo y a santo Tomás, presentes de uno y otro modo en su antropología, Varden se acoja a la sombra de Orígenes y de San Atanasio. De este último, en el capítulo final, comenta con brillantez el opúsculo Sobre la encarnación del Verbo como una réplica indirecta al anselmiano Cur homo Deus est. Aunque no lo mencione explícitamente, concede con naturalidad que la muerte de Jesús no habría sido la satisfacción infinita de una deuda infinita -un planteamiento jurídico que repugna a la mentalidad moderna-. Más bien su encarnación habría representado la nueva Creación, la recuperación de la semejanza de Dios por el Logos y el cumplimiento de la voluntad original del Creador con respecto a ese hombre sobre el que se inclinó para modelarlo con la arcilla de la tierra. Como expresa en el último capítulo: “Estar creados a imagen de Dios -ser humanos- es portar en lo hondo del ser de cada uno un anhelo que desea trascender los límites de la naturaleza humana para participar en la vida divina”.

Este planteamiento, que es sostenido con rigor y serenidad, lleva a Varden a la afirmación más osada de su libro y que, con cierto temor, me atrevería a matizar intentando asumir los propios presupuestos del autor: “Lo que Dios tenía en mente no era tanto la redención, sino la recreación. El problema que reclamaba una solución no era el pecado, sino la muerte”. Sin duda, como añade a continuación, “en Dios encarnado, nuestra humanidad misma tenía vida divina”. Ahora bien, llevado al extremo este argumento, podría considerarse que se disuelve la correlación ontológica entre causa y efecto (pecado-muerte) en favor del impacto existencial y fenomenológico de nuestra finitud restaurada en su anhelo originario.

El valor salvífico de la Pasión y Muerte de Jesús quedaría así desdibujado. Estoy de acuerdo en que ya no corresponde entender éstas como la imputación de un castigo terrible y hasta inhumano, sino, como Varden mismo apunta con un sentido genuinamente evangélico en el capítulo dedicado al memorial eucarístico, la expresión del perdón incondicional de Dios a la humanidad que, paradoja inconmensurable, es salvada justo cuando vuelve a rechazarlo. El misterio de la Encarnación y de la Redención son, a fin de cuentas, inseparables.

Dice Varden en verdad que Dios se hizo huésped de los hombres para mostrarles su auténtico rostro. Pero “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). En el recuerdo de las cicatrices del campesino noruego que tanto le impresionaron en su adolescencia, siguen resonando los mismos gritos, ahora a sabiendas, de hace veinte siglos: “¡Fuera, fuera; crucifícalo! […] No tenemos más rey que al César” (Jn 19,15).

Ahora bien, pese a los dolores crónicos de Maïti Girtanner provocados por las torturas nazis o la prisión de Iulia de Beausobre en un campo de trabajo soviético, como quiere resaltar Varden, el perdón y la compasión transfiguran nuestra existencia con la victoria de Cristo: “Pero a cuanto lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1,12). O como dice nuestro autor: “Ser digno [de la Eucaristía] es asentir a la realización del ejemplo de Cristo en mi vida -comprometerme con su novedad. El Señor no busca la perfección instantánea. Pero requiere coherencia en el modo de vida”.

La Redención -la Reconciliación- culmina y completa, así, la Recreación. “Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque en él descansó de toda la obra que Dios había hecho cuando creó” (Gn 2,3). La explosión de la soledad nos acompaña, con alegría interior y con tacto genuino, en esa jornada.