viernes, 12 de junio de 2026

Los silencios de Jesús


Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús


Ecce homo,
Juan de Juanes (1570)

En la entrada anterior meditaba la maternidad de María mediante sus silencios. María, modelo de orante, eleva su súplica como el altar de la Nueva Creación. Sobre él las notas de una música callada inciensan una obediencia perfecta.

Con una madre la relación siempre se liga al origen, biológico y/o emocional, de nuestra existencia. Con ella y en ella celebramos nuestra posibilidad más íntima de ser. Pero ¿cómo disputar y reconciliarnos con un hermano?

Según Freud, la clave de nuestros conflictos psíquicos se articula en los vínculos intergeneracionales. En cambio, para René Girard, nuestro deseo mimético brota de la rivalidad intrageneracional. A la ansiedad de castración de Moisés y Edipo le suceden los celos y las envidias de los hermanos: Caín y Abel, Eteocles y Polinices. Al fondo, llenas de una fuerza indomable, perseveran en una piedad extrema Antígona y Electra.

Decía en aquella entrada que el objetivo último de la Revolución moderna busca, a través de la extinción paterna, apoderarse de la figura materna. A través de la industrialización de la maternidad, convertida en una «experiencia», triunfa primero el «hijo único» y, a continuación, su sustitución por las mascotas.

Un hermano siempre transmite un secreto de nuestros padres. Nos atormenta tanto como parece exigirnos su custodia. La pregunta de Caín y de Judas es el síntoma de una impotencia vencida: «¿Soy yo acaso…?». El hermano es el «yo» que jamás hemos llegado a ser. Para bien y para mal. Arrebatado, ¿quién nos recordará de dónde venimos?

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Primogénito y Unigénito, Jesucristo es el hermano mayor que nos transmite, por adopción, la herencia de la filiación divina. No somos hijos de Dios y, por consiguiente, hermanos entre nosotros simplemente por haber sido creados a su imagen y semejanza. Como criaturas suyas, tan sólo podríamos atrevernos a llamarle «Señor»: «Dijo el Señor a mi Señor» (Sal 110). Por medio del Bautismo, revistiéndonos de Cristo, podemos entonces exclamar: «Abba» y reconocer en Él el sentido de nuestra fraternidad. Por ello, la pregunta clave de todo el Evangelio es una respuesta a nuestro permanente interrogante. En «¿Quién decís que soy yo?» (Mt 13,15) se contiene el misterio de su Tú. Esta es el abismo insalvable entre Jesús y Sócrates.

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En los evangelios encontramos no pocas escenas en que Jesús se resiste a hablar o decide no responder a sus interlocutores. Los exegetas se han esforzado en explicar las perplejidades que suscitaba esta actitud, pues forma parte de su enseñanza que rehusase replicar en momentos puntuales a los escribas y fariseos que no cesaban de tentarle, que se desentendiese de los gritos de la cananea o que difiriese la contestación a la llamada angustiada de Marta y María en la agonía de su hermano, o que incluso se retrajese de su propia familia.

No se trata de que Jesús se retirase solo a orar. En su vida cultiva unos silencios irreductibles a interpretación, de absoluta libertad, que alcanzan su máxima densidad durante la Pasión. Son silencios que no preceden a la palabra, sino que la propia Palabra abre para que pueda ser escuchada.

En estos silencios se pudiera distinguir entre cuando no responde y cuando, en el sentido más hondo, calla.

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En mi juventud siempre me impresionaba mucho el pasaje en que, a la salida de la casa del Sumo Sacerdote, Jesús, girándose hacia Pedro, lo miró a fondo (ένέβεψεν) (Lc 22,61). Esa mirada, que no contenía ya ni reproche ni lamento, atestiguaba simplemente la fuerza performativa de la profecía que unas horas antes le había dirigido. Muchas veces he corrido a refugiarme en el lloro amargo de Pedro para evitar la meditación de ese instante escatológico en que seremos juzgados según la ley de la gracia y del amor que nadie puede resistir y en el que Pedro quedó suspendido en una eternidad, sin embargo, vencida.

Con los años otro verbo ha captado mi atención. Ante los falsos testimonios levantados contra Él, el Sumo sacerdote inquiere a Jesús para que se defienda. Mateo y Marcos dicen que estaba callado, que permanecía en silencio o, como incluso se ha llegado a traducir, que mantenía la calma o la paz (έσιώπα). A diferencia de Mateo (Mt 25,63) y como si le quemase la palabra, Marcos se apresura a añadir que «y no respondía» (Mc 14,61).

Solo este silencio llevado al extremo es capaz de provocar la pregunta definitiva, aquella ante la que es imposible permanece indiferente: «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 26,63). Como con cualquier otro hombre, sería asumible, y descartable, cualquier respuesta de Jesus explicando qué enseña, qué hace o incluso qué es. Lo escandaloso y aterrador se agazapa tras la pregunta: «¿Quién eres?». Sus palabras abren el abismo infranqueable y performativo de un silencio expectante que ni los gritos de su condena podrán apagar hasta el final de los tiempos: «Tú los has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo» (Mt 26,64).

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