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viernes, 10 de mayo de 2024

Hidalguía de espíritu

 

Memoria de S. Juan de Ávila, dr.




Me alcanza Ejecutoria de Enrique García-Máiquez en uno de esos periodos en que, como los asuntos cotidianos reclaman una concentrada dispersión, más acuciante se vuelve el recuerdo de la clausura interior que trascienda, o transfigure, su realidad moliente. Con el sentimiento de nunca estar a la altura de su exigencia, me he adentrado en la reivindicación de la hidalguía de espíritu que García-Máiquez pone, desde sus primeras líneas, bajo el patrocinio de San Bernardo de Claraval.

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Con malestar ilustrado José Luis García Martín ha calificado esta obra de “alegato contrarrevolucionario” y a su autor de “contrarrevolucionario con ramalazos ácratas”. Ciertamente, la postura que adoptan tanto la una como el otro manifiestan una clara vertiente política y filosófica: García-Máiquez es el primero, no el último, de nuestros güelfos blancos; en consonancia, Ejecutoria lanza una apasionada apuesta por el realismo metafísico. Pero es también, más allá de su estilo, una defensa estética y hasta espiritual de una concepción de la vida que está basada en los trascendentales (verdad, bien y belleza) sobre una base que es tanto paradójica como antitética. Un anti(pos)moderno como él todavía es (pos)moderno, pero ya no lo es. Su relación con el pasado se basa en una tensa y exigente contradicción que en su prólogo, quijotesco, restaura el gesto de una nueva creación: si San Bernardo animaba un(a) orden de monjes y guerreros, García-Máiquez propondrá una alianza de adalides y ciudadanos que sepan combinar, como una suma de oxímoros y quiasmos, los deberes de la aristocracia con los privilegios de la democracia. Quizás, más que restauración, cabría llamarla reencuentro de la materialidad que nos arrastra y de la idealidad que nos eleva, haciendo más hondamente humano el significado de nuestra vida. Como dice nuestro autor, guiado por Dante: “Sólo hay una cosa tan ajena a la aristocracia de espíritu como negar que somos mitad ángeles: negar que somos mitad bestias. Dominar (domar) esta mitad es media parte del señorío que nos debemos”.

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En la primera parte, Máiquez va pautando la “idea” de hidalguía en su singular relación con el campo semántico que engloba los conceptos de nobleza y aristocracia. Frente al igualitarismo que sume en la indigencia, la hidalguía que busca el perfeccionamiento moral; frente a la orteguiana rebelión de las masas, la inteligente nobleza del espíritu; frente al democrático anonadamiento de cualquier jerarquía, la aristocracia que reúne la paternidad y la filialidad y el patriotismo; frente a la vulgaridad, el heroísmo; y frente al mero interés, la obligación o el deber. He ahí el fundamento y la humilde altivez de la propuesta de García-Máiquez. El noble lo es de corazón; el aristócrata lo es de espíritu; el hidalgo, como don Quijote o el “villano” Pedro Crespo, lo es por su alma. Además, nobleza obliga, si un inglés tiene su modelo de gentleman y el francés de homme honnête, ¿qué sino hidalgo perseguirá ser el español? 

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Los versos uliseicos de la Divina Comedia le permiten a nuestro autor, sobre el horizonte cultural de la Hispanidad, articular su concepto de hidalguía como una costumbre y como una virtud. “Pero, sobre todo, a diferencia de todas las demás propuestas, pone el acento en la transmisión familiar, en la deuda con nuestros mayores y en el agradecimiento”, dice Máiquez. Llegado a este punto, introduce una distinción entre hidalguía y santidad – en el fondo, entre vida activa y contemplativa – que resitúa el discurso en el horizonte de un tratado de cortesía, como, bajo la guía de Camus, intentará esbozar en el capítulo “Hablar con las manos”. En la complementariedad entre una y otra, no en su confusión, regresa una tensión genealógica que atraviesa el libro entero: el hidalgo, veraz, bueno e íntegro, se mira en el espejo caballeresco del miles Christi paulino (Ef. 6), sabiendo que la perfección de su búsqueda del Grial la cumple el homo viator entregado a la obediencia pura de Dios.

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El capítulo “Árbol bibliogenealógico” es una delicia de lecturas, en la extensa ambigüedad del genitivo. Brilla en esas páginas el lector que vibra y vive a fondo en el mundo de la imaginación que transfigura nuestra existencia. Es, sobre todo, una invitación a que sus lectores rastreemos nuestra propia biblioteca. El de García-Máiquez muestra un ideal caballeresco que se sostiene sobre el artúrico Bors de Ganis y el cervantino Don Quijote. De esos orígenes se van sucediendo las empresas de sus descendientes, desde Macbeth a Corto Maltés o desde las Bennet a Rosa Krüger. Fascinado por sus comentarios, me he percatado de que el mío en el fondo es un ideal trovadoresco, más próximo, stilnovista como soy, a Cavalcanti que a Dante. Entre Bertrand de Born (o Alvar Fáñez) y Tirant lo Blanch (o quizás, más bien, Blanquerna), voy caminando al lado de Segismundo, del señor de Bembibre, de la misericordiosa Benina o de Heidi, a través del veraniego mar de Helena… Trovador o caballero, la llamada a la acción (de gracias) que lanza García-Máiquez requiere, en fin, que le devolvamos las gracias (de la acción).

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De guardia, García Martín advierte el riesgo de que Ejecutoria se asemeje en ocasiones a un centón de citas. Puede verse también de otra manera. García-Máiquez, que ni es académico ni pretende ostentar erudición, se ve absorbido por la vorágine del agradecimiento y de algún modo bosqueja las líneas de ese imposible ideal que planteaba Walter Benjamin: escribir un libro como un mosaico de citas. El libro se plantea como un diálogo, también con el lector, sobre la conversación inacabada y siempre presente, por encima del tiempo, que su autor mantiene con una presente sucesión de vivos: con Dante y con Albert Camus; con José Ortega o con Rob Riemen. Para Máiquez, a fin de cuentas, pensar es conversar.

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Enrique es realista, es metafísico, toma por bandera la blanca de los güelfos, clara y directa. Bajo la cruz roja de San Jorge o de San Andrés que la atraviesa de lado a lado, paradójicos, se esconden secreto tras secreto. Su escritura difumina sus contornos hasta que parezcan transparentes. Como si se disculpara, se refugia en su hipocondría, en sus despistes, en El Puerto. Se le apresuran entonces las palabras en la boca hasta dejarlas en suspenso, como si castañeteasen. Es ese el momento de aguzar el oído. Resuena entonces sencilla una verdad honda y callada. No en sus dilogías ni en las metátesis hay que buscarlas sino en los blancos dentro de un verso, como si el ritmo se detuviera a meditar. Y entonces, acompañado de los suyos, desenvaina y echa a galopar. En alguna ocasión le he comentado que, en el fondo, su modelo de vida no es el de un mosquetero sino el de un templario. Él lo sabe: yo aspiro a convertirme en un simple lego cisterciense.

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miércoles, 17 de abril de 2024

Una triste búsqueda de alegría.

 

Memoria de S. Roberto de Molesmes, abad

 

Alegoría de la Caverna de Platón,
J. Sanraedam (1604)

Cada nuevo libro de Gregorio Luri es una ocasión para aventurarse en un pensamiento libérrimo. Aunque pudiera parecer circunstancial, un libro de aforismos como el que acaba de publicar en La Isla de Siltolá, bajo el título de Una triste búsqueda de alegría, confirma este presupuesto. Sería un error o, cuando menos, una precipitación, pensar lo contrario. Entre lo mínimo también puede brillar con intensidad especial, escondida, una verdad. En el opúsculo de Luri se encuentran, como chispazos, claves esenciales de su reflexión, bajo una doble aparente fragmentariedad: la de los aforismos y la de sus intereses. Dice de sí mismo en la solapa: “Si me hubiese dedicado a una sola cosa no sería yo”. Poliprágmata, como se autodefine, ofrece a sus lectores un libro cuya reseña definitiva ya está escrita en la contraportada. ¿Para qué intentar hacerse cargo de su contenido si Enrique García-Máiquez, su autor, lo ha descrito de modo insuperable?

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Eppure. Las líneas finales de la solapa biográfica me han ayudado a emprender el itinerario de la lectura por un camino escarpado, quién sabe si incluso temerario. ¿No se habría de proponer una entrada profesada en su monasterio poético bosquejar la etopeya que quizás recoja algún día en mi proyectado Españoles de tres (sub)mundos? Mientras cavilo, concluye Luri: “Lo que no haría es volver a ninguna etapa anterior de mi vida. Llevo bastante bien la relación entre mi vida vivida y mi vida pensada, especialmente desde que el niño que fui se ha empeñado en que así sea. Con su ayuda ando dedicado a entretener, con serenidad, la espera”.

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Cuando el libro enfila su recta final un aforismo deja caer el sentido de su título como de paso -porque los aforismos de este libro salen a nuestro encuentro como si emergiesen de entre las vueltas del pensamiento luriano-: “No reducir la vida a una triste búsqueda de alegría (que es el destino de la filosofía)”. En estas palabras está emboscada una concepción de la filosofía y de la misión del filósofo. Es la suya una mirada de compasión sobre la ambigua – él precisaría: anfibia- condición humana, llena de una exigencia que, sin hacerse la más mínima ilusión, no renuncia a entablar el diálogo en que consiste, radicalmente, la epimeleia, el cuidado del alma, la asunción del límite que alimenta nuestras posibilidades más íntimas, la maravillosa fragilidad que nos conduce a prepararnos para morir bien: “No existe el alma sin heridas. No existe el alma sana”.

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Luri combate, desenfadado e implacable, el historicismo. No somos nosotros, desde la atalaya de nuestro presente, con nuestras emociones y nuestra soberbia, quienes podemos juzgar el pasado, sino que ese pasado, en cuanto no se agota en sí mismo, nos pide cuentas del presente que modelamos. Luri desconfía de los futuribles como de las buenas intenciones. Por ello, siente una reserva admirada sobre lo que denomina mi cronoclastia. Tal vez no sea nuestra disparidad sino una cuestión de enfoque. El presente es el futuro del pasado, entrevistos. En esa retención, entre sus intersticios, asoma deslumbrante una exactitud escatológica que refleja, casi ya proscrita, la gramática temporal del futuro perfecto: habrá sido. Como la ayuda que recibe de aquel niño que fue para entretener, con su alegre seriedad, la espera.

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De Gregorio Luri podría decirse que es nuestro Sócrates del Masnou. Algo de cierto, por aproximación, contendría esa afirmación, como los garabatos trazados en la pared de una caverna también algo insinúan. ¿Acaso su socratismo no vela su condición de alumno díscolo de la Academia? Luri es un discípulo de Platón. Para ser fiel al maestro, decidió darle plantón y regresar a la polis. Interviene, participa, cuestiona. Despliega una actividad que parece inagotable, mientras continúa latiendo allá en el fondo la mirada contemplativa. A veces se inclina hacia delante, para poder oír a su interlocutor, con un gesto de discreta mortificación, apenas perceptible. Al escucharle, cada vez me interesa más detenerme secretamente en los matices de su timbre zigzagueante. Sus palabras se cimbrean con un ritmo que parece sentencioso y que en realidad es una libación escanciada por la inteligencia de sus palabras. Leer sus aforismos debería equivaler, para su público, a leer la partitura de su voz. Me sobrecoge notar el instante en que su dáimon se apodera de él. Admira su capacidad de cincelar en frases rigurosas hondones del ethos humano. Parecen la expresión de un agudo entendimiento. Son, sobre todo, la manifestación de una sobria ebriedad o de un éxtasis noético del que llegan los ecos más depurados a quienes le rodeamos. Me amonesta con afecto; me comprende con prudencia. Me atrevo a llamarle amigo.

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"Para genio, el que comenzó a utilizar el subjuntivo.

Reconocer que está en ti la confirmación de la belleza de afuera.

El matrimonio es una comunidad litúrgica. La primera y el fundamento de cualquier otra.

Ser sabio es, probablemente, mantenerse sereno en el naufragio.

Un rey filósofo quizás no haría otra cosa que rezar a los dioses de la patria.

La caverna es la condición sine qua non de la poesía.

Llegas a una edad en la que no mueren solo personas, lo que vas enterrando es un mundo.

A medida que envejeces descubres que tu adelantado en el futuro es cada vez más aquel niño que fuiste.

Si no amas sus rigores, no amas la libertad. Libre es el que ama vivir a la intemperie. Lo otro es comodidad.

Así como el amigo honesto nos dice lo que no queremos escuchar, la filosofía se empeña en descubrirnos lo que no queremos saber. La verdad no es siempre consoladora.

La sabiduría del filósofo la mide también su silencio.

Hay que mirar y leer siempre con las manos limpias.

El filósofo aun cuando vive en comunidad, vive en otro mundo."

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domingo, 1 de octubre de 2023

Anti(pos)modernos españoles

 

Memoria de Sta. Teresa del Niño Jesús, v. y dra.

 



Anti(pos)modernos españoles, mi nuevo ensayo que acaba de aparecer en la Editorial Sindéresis, intenta trazar algunas líneas alternativas de nuestro pensamiento literario contemporáneo. Entrando en debate con la conocida obra de Antoine Compagnon, sus capítulos recogen el perfil de ensayistas, narradores y poetas cuya posición política y estética desafía las etiquetas ideológicas más rígidas. La nómina incompleta y personal seleccionada muestra la riqueza «conservadora», «secreta» y «cronoclasta» de una reflexión que ha puesto en jaque la asociación de modernidad y progreso en nombre también de la libertad y la tradición. Aunque los nombres de Ángel Ganivet, Wenceslao Fernández Flórez, Rafael Sánchez-Mazas, José María Pemán, Juan Ramón Masoliver, Julián Ayesta, Luis Rosales, Álvaro Cunqueiro, Ramón Gaya, José Jiménez Lozano, Miguel d’Ors, Julio Martínez Mesanza, Juan Manuel de Prada y Enrique García-Máiquez no agotan un panorama amplio y complejo, bastan para representar unos principios y unas virtudes artísticas y morales que han forjado una parte sustancial de la personalidad histórica y cultural de España en el último siglo.

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No responde este volumen al género estricto de un ensayo académico y, sin embargo, tampoco se conforma con adaptar el recurso de la antología de artículos. Anti(pos)modernos españoles es un croquis por donde respiran maneras de escribir la realidad histórica y de leer las experiencias del tiempo que aquella ha logrado crear. Quisiera ser tomado simplemente por un opúsculo o, como mucho, por un libelo.

Suele definirse el primero como una obra científica o literaria de poca extensión. La obra científica puede ser literaria por una cuestión de estilo. Aunque no practique las archinormas genéricas con que los códigos universitarios actuales han logrado aherrojarla, la obra científica también debería volver a ser literaria por un diseño de construcción que la singularice, sea cual sea su modalidad o su alcance.

El opúsculo guarda así un trasfondo que limita con el libelo, tanto por su condición de libro pequeño como además por la de escrito que infama a alguien o algo. De modo indirecto y breve, el nuestro denigra que se denigre por defecto unos modos de hacer literatura. En su heterogeneidad política, social y cultural han experimentado a fondo con no pocos de los artificios imaginativos que, al delinear una parte sustancial y olvidada de su memoria sentimental, forman parte de la historia literaria y crítica española. Su brevedad esquemática ojalá consiga mantener el tono de una polémica matizada.

Etimológicamente, preliminar remite a un umbral en el momento previo a que alguien lo traspase. Sin embargo, entrar en una casa no es simplemente desplazarse de un espacio a otro, de un afuera a un adentro. Dijo Gaston Bachelard: “El hombre es el ser entreabierto”. Añadió que nuestra vida es el relato de las puertas que se abren y de las que se cierran y de las que quisiéramos volver a abrir. En el trazado de ese límite, donde se asoman los autores que se propone estudiar, desean moverse estas páginas.

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Con este breviario abro un nuevo itinerario. No abandono el monasterio. Me inclino sobre el escritorio y me pongo a rumiar en odres viejos vino nuevo, o al revés. No dejo de meditar si no debiera mantenerme en silencio evitando la tentación polígrafa. Me consuelo – o lo intento- con que en el principio era la Palabra y no el Silencio. Sin la Palabra no podríamos descansar en el Silencio. Nos rodearía el rumor ensordecedor del Caos o el eco vacío de la Nada a la espera de que el Espíritu creador diese razón de ellos. La verdad de todo libro llega después, en el silencio que sus palabras han podido engendrar. Tras los autores de Anti(pos)modernos españoles late, secreta y cronoclasta, la sombra de mi conservadurismo: la lectura como espacio paradisiaco.

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domingo, 24 de septiembre de 2023

Istmos


Fiesta de Nuestra Señora de la Merced



 

Ricardo Calleja, del que quienes le conocemos sabemos que parece hombre de mundo y es hombre de Dios, mantiene las distancias como la forma íntima de una calidez que se rige por la prudencia. Retiene la sonrisa al esbozarla. Achica los ojos, aprieta los labios, suspira honda y discretamente. Inicia un gesto amplio de la mano hacia la nuca antes de pronunciar con pocas palabras claras, entre dientes, una opinión, un pensamiento, una reflexión largamente vividos. Se encoge de hombros, calla, como si supiera que, aunque resulten inútiles, no cabe nunca desesperar. Cuando ríe, incluso con un punto de elegante sarcasmo del que parece arrepentirse de inmediato, no deja que se malogre su contención. Advierto a veces, como una ráfaga, una tristeza de fondo que hace resplandecer, matizada, una alegría que no sabría apagarse. Como lector las veo de nuevo unidas con el continente de la persona y de la obra en su nuevo libro Istmos.

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Istmos se presenta como un volumen de aforismos. Se advierte en él un esfuerzo terso por mantenerse en los límites de un género breve tan lábil e híbrido, con fronteras tan imprecisas con la máxima, la sentencia, el adagio o el apotegma. La voluntad moral atraviesa toda la colección, refrenada o potenciada no sólo por la concisión lingüística sino por los efectos de sentido que trabaja sobre la materia y la forma del lenguaje mismo. Hay poetas que quieren ser moralistas. Calleja, que es un moralista, aspira a ser poeta.

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Otras reseñas podrán destacar la división de Istmos en cuatro partes, subdivididas cada una en tres epígrafes, que representan sendos espacios simbólicos por reales, y viceversa. Número completo: Doce. Entre tierra y cielo, la cuaternidad y lo trinitario. Casa, escuela, plaza y templo no marcan sólo una gradación entre lo privado y lo público, lo íntimo y lo comunitario. Entre los chispazos aforísticos asoman las intuiciones de un ensayo sobre una teoría política del Derecho. ¿Cómo no dejar que se escabulla sino agrupando sus dovelas como un mosaico de aforismos? Ya digo. Otras reseñas deberán subrayar la unidad temática y estructural de lo que se ofrece, por naturaleza, disperso y fragmentario.  Más humilde - ¿más esencial? – esta lectura, aquí, se detiene solamente en el concepto.

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Calleja, que invoca a Hobbes y a Schmitt, es barroco. No es el suyo un barroquismo de filigranas y volutas. Lo es conceptista. Desengañado, no escéptico. A un paso de la acritud, retrocede. Calleja es un conservador, claro. El conservador descree de las utopías. El conservador, a secas y maduro, ni espera el regreso de un Paraíso perdido, ni negocia a la baja otro por alcanzar. El conservador desconfía por defecto y espera por virtud. El presente no es sino el tránsito germinante de su pasado a un futuro que debe venir en la gloria del Hijo del Hombre. Por ello, de la familia conservadora a Calleja la reaccionaria casi le impacienta; la liberal le enciende, casi. Dos son, en suma, los principios de su inexcusable condición moderna: la autoridad de la casa y el templo, el poder de la escuela y la plaza. Orden y sentido.

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Barroco, Calleja defiende desde el prólogo también aforístico la claridad densa y revelada de una teología positiva. El místico es un asceta en acto. El asceta debería ser un místico en potencia. Moderno, interroga en los pliegues del lenguaje el peso significante de una verdad escondida y, todavía, operante. Rememora el Evangelio y la filosofía aristotélica. Trasciende la historia para que la conciencia de la Caída no sea sino la penúltima palabra. Llama la atención que, para lograrlo, ponga en juego dos procedimientos y tres temas. La variedad repetida de los juegos fónicos y la exasperada polisemia de la paradoja buscan pulir, como una gema, el emblema verbal. Asimismo, resiste la crisis biopolítica distinguiendo el orden (sobrenatural) y la organización (técnica). Si la política es la teología por otros medios, una filosofía de la historia debe desembocar en una Poética de la Redención, es decir, en una escatología. En ella se salva la soberanía de otro mundo, sin incurrir en los espejismos esteticistas del pasado ni en las especulaciones emotivistas del futuro. Hic et nunc, moderno y barroco.

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… No hay menos misterio en la precisión comunicable que en lo indecible…

La casa cansa y descansa.

La lengua es el arma del alma.

Claridad: caridad con ele de logos.

En el principio estaba la Palabra, no el concepto.

Todo arte es narrativo.

La virtud perfecta es tan natural en la excepción como en la norma.

Para el autoritario lo excepcional es lo normal. Para el liberal lo excepcional es siempre rechazable y hasta imposible. Para el clásico, lo normal es lo deseable; lo excepcional, inevitable.

Paradoja: la deliberación racional pública es un mito.

Ser conservador es sinónimo de acatar toda revolución que ya haya sucedido, y no apoyar ninguna de las que debería suceder.

Hay una gran diferencia entre el conservador elegíaco y el conservador celebrativo. La que media entre el reaccionario y el conservador.

Toda filosofía política es una filosofía de la historia. Toda filosofía de la historia es una teología de la historia.

Teología de la historia: lo peor está por venir. Lo mejor está por volver.

La política es la continuación de la teología por otros medios.

La ideología es ideolatría.

El exceso de organización es un desorden.

Reinar no es figurar. Reinar es figurar.

Para el cristiano es difícil saber si pone ladrillos del Reino o de Babel, pero sabe muy bien que no puede volver al Edén.

Los cristianos damos a beber vino nuevo en vasos rotos.

Cristo colma nuestra esperanza, desafiando nuestras expectativas.

Dios ha muerto. Y está a punto de resucitar.

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jueves, 25 de mayo de 2023

Lograr el amor es alcanzar a los muertos

Memoria de S. Beda el Venerable, monje

 

La Muerte,
Marc Chagall (1908)

En las pocas ocasiones que he coincidido con Álvaro Petit, he admirado su tímida calidez. Habla a media voz. No grita. Tampoco calla. Escucha atento, con distancia suave, dispuesto a comprender mejor y reservarse lo justo. Camina ligeramente inclinado hacia delante, como si estuviera casi ensimismado. Arrastra un peso muy íntimo que no le impedirá seguir caminando. Le envuelve una levísima melancolía. A través de esa nube se cuelan los rayos de una circunspección moral y poética que le dotan de una prematura gravedad. Acaba de publicar el poemario Lograr el amor es alcanzar a los muertos.

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Es un libro sobre la muerte del padre, de su padre, del sentimiento de orfandad ontológica al que la pérdida del origen misterioso y real, inmediato y físico, de nuestra existencia nos abisma. El poeta canta, en nombre propio, la singularidad irrenunciable que a cada uno concierne. Lo hace con emoción verdadera y tono seguro. Llora, no plañe; se desgarra, no se derrumba. No debiera pasarse por alto la interrogación última que plantea sobre la finitud personal. La esperanza sólo acaba brotando de la experiencia honda, sin fondo, de la angustia.

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El título, tan rotundo, exige ser meditado. No se trata sencillamente de articular la memoria del padre en las palabras que el dolor va decantando en sus versos. No, este libro no se acoge simplemente al sagrado del género elegíaco. Se recoge en él mientras, en el camino interior de su duelo, busca insomne acariciar los perfiles de la ribera definitiva que el padre muerto ha dejado como su última huella en la conciencia del hijo. El lector va descubriendo que no basta con el amor, que consumarlo, en forma de una paradoja casi barroca, de intenso dramatismo conceptual, consiste en dar alcance en la muerte a la plena realidad de los muertos. “Somos nación en ella”, dice el poeta en el primer poema. Vida y muerte, pérdida y herencia, trascienden los significados que la búsqueda poética habrá de afrontar de un modo radicalmente nuevo: “todo otro, más ardiente”. Lo otro: la sangre, los números, el alfabeto.

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En una entrevista reciente Álvaro Petit afirma que “el pórtico a la madurez es la propia muerte”. La muerte del padre empuja a su umbral: “Ahora soy tu muerte / y el presagio de la mía // y apenas alcanzo a contenerme”. Con ella muere en nosotros algo que, como una luz apenas intuida, sólo puede arrancarnos un lamento: “en que nada de lo que tú eres he tocado”. Es preciso releer la última sección, “Alcanzar a los muertos”, para percibir esta dimensión entretejida de la experiencia personal y la reflexión compartida: “Lograr el amor es alcanzar la muerte, / ser como ellos: dejar de ser para ser por siempre, / morir en otros y serlo todo en todas las cosas”.

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Jorge Freire escribe su prólogo aludiendo a la polémica platónica entre poetas y filósofos. El poeta, al crear, engendra en la belleza y, al engendrar, anticipa su descendencia. “Poiesis es, más bien, una progenie”, sentencia. Freire apunta en el caso de Petit los nombres de fray Luis, Cernuda y Bousoño, con reminiscencias de Unamuno y Wilde. Yo, que lo veo muy vasco y andaluz, percibo también, entre ecos de las lecciones sonoras que la poesía española de posguerra había heredado del 27, la tensión de las figuras afectivas y de pensamiento con que sus principales poetas quisieron saturarlas, como si la apasionada contención de Luis Rosales se hubiera fundido en la rigurosa furia del primer Blas de Otero. Cada una de las secciones de que está compuesto el libro – “En la muerte del padre”, “Oficio de tinieblas”, “Poemas de la casa sola”, antes de concluir con la citada “Alcanzar a los muertos”- constituyen un paso – una estación- de ese itinerario indesligable que transita entre la elegía y lo existencial, entre lo que la palabra debe descubrir de nuevo, ciega, sin descanso, y lo que la vida (y la muerte) sostienen, transparentes, deslumbradas, en ella.

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Dada la naturaleza monástica de este blog, no puedo concluir esta insignificante reseña sin aludir a la lectura de un salmo que cada viernes en la hora de Completas me alcanzaría con una seriedad indescifrable si no fuera un consejo evangélico la oración continua: “¿Harás tú maravillas por los muertos? (Pausa) / ¿Se alzarán las sombras para darte gracias? // ¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia, / o tu fidelidad en el reino de la muerte? // ¿Se conocen tus maravillas en la tiniebla, / o tu justicia en el país del olvido? // Pero yo te pido auxilio, Señor; por la mañana irá a tu encuentro mi súplica” (Sal 87,11-14). En esa “Pausa” está contenido acaso el núcleo de nuestra humanidad. Es la pausa que abre el interrogante de la poesía comprometida con la música del (sin)sentido que define nuestra naturaleza frágil e indeclinable. Es la pausa que, adversativa, no se cansa de elevar una súplica y un canto, el conato de una confianza indesmayable nunca extinguida del todo y siempre inflamada. Abrumada o perpleja, es la pausa de la respiración que un libro como el de Álvaro Petit se esfuerza en serenar.

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jueves, 11 de agosto de 2022

El libro por venir


Memoria de Santa Clara, v.

  

Arlequín,
Pablo Picasso (1923)


Hace casi una década, a la aventura, sin carta de navegación, inicié el blog Donna mi prega. Como he relatado en muchas ocasiones, durante siete años exactos, con un esfuerzo de puntualidad anglófila, alquímico y numérico, fui construyendo el «stilnovismo claravalense» que se condensara en mi oculta Trilogía güelfa.

Si a continuación El peregrino absoluto tenía encomendada alguna misión, no fue otra que allanar en su desierto el camino – y el plano- de esta Poética del monasterio a la que una y otra vez ha temido no poder dar cumplimiento el sacrificio de su escritura. Neurótico, he dudado de su realidad como quien ora impetrando la gracia de su culminación. Como las Horas litúrgicas celebradas en una celda tanto física como alegórica, ese libro por venir se publicará dentro de unos meses. Quien busca, encuentra.

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Declarada la muerte de Dios, del sujeto, del autor, y en espera de la del lector, en nada he creído poder poner la fe que no sea en una radical esperanza escatológica: Et iterum venturus est. Ni la gloria ni el juicio, por fortuna, me corresponden.

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En esta última etapa he encontrado también caridad en un par de amigos que han aligerado el camino mientras alcanzaba posada editorial.

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Daniel Capó es un mallorquín bergmaniano. En su conversación vibra, ostinato y escondido, el eco angustiado de una nota creadora. La depura hasta que, nítida, se hace imperceptible. Animoso, la vela con una cálida, no menos distanciada, seriedad.

Escribe breve por convicción. Posee el timbre lírico de los lieder, pero aspira a dominar el ritmo de las sonatas. Parece rehuir la autoría porque, al escribir, no desea dejar de ser un lector, un oyente, un contemplador. Quiere experimentar la trascendencia de ese instante creativo siempre por sostener. Admira el estilo de Celibidache.

El mallorquín es enigmático por naturaleza. No incomprensible, ni huidizo. Impenetrable, resiste náufrago a los rompientes de la isla. Es preciso aceptar que la cifra de sus secretos brilla en sus silencios. En un laberinto de espejos dispone los reflejos de sus ángulos ciegos. Requiere del interlocutor que aprenda, derrotado, a escuchar lo sustraído; a mirar lo callado; a tocar lo desvanecido.

¿Nos asomará Capó a la lectura abismal de sus silencios, como el rumor continuo de ese mar que suena a lo lejos, interior?

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“Sólo importa el libro tal y como es, lejos de los géneros, fuera de las designaciones, prosa, poesía, novela, testimonio, bajo las que se niega a colocarse y a las que deniega el poder de fijar su lugar y determinar su forma” (M. Blanchot, El libro por venir).

También, el ensayo.

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Armando Zerolo posee la ductilidad de la sencillez. Aunque se empeñe en definirse defendiendo lo moderno, o mejor dicho, como ensalzaría Rémi Brague, lo moderadamente moderno, lo asume con una candidez que no puede sino desarmar a sus contradictores, como si a él, paradójicamente, le fuesen ajenos la burla o el sarcasmo y el estupor y la irritación que pudiera provocar en unos y otros. Esa inocencia es una virtud muy poca moderna.

Como a Zerolo le produce curiosidad mi deseo de buscar otro modo de ser (que) moderno, estoy expectante por la noticia de la próxima aparición de un libro suyo de título tan provocador como Época de idiotas. Supongo que desarrollará su tesis de que la literatura de los idiotas – el loco, el foll, el fool…- es una creación de la modernidad, cuya figura tutelar habría sido Don Quijote. Será la oportunidad de seguir debatiendo con él en esa tierra de nadie, combatida, de la que querríamos ser pacíficos herederos. Me temo que acabaré llevándole la contraria inclinándome por el Rey Lear que tanto disgustaba a Tolstoy y a Wittgenstein…

Esa idea suya del idiota como el héroe moderno casa muy bien y, al mismo tiempo, lo distingue de la modernidad que reclama. En ese sentido me impresiona la inocencia de Zerolo, porque posee una carga lejana de la santa simplicidad de Francisco de Asís. Puede que haya adquirido un vago aire rosselliniano que le lleva a plantar flores y restaurar los tejados de su casa en Peñafiel. 

Con una seriedad que no es fácil de reconocer, y a costa de sus contradicciones, Zerolo es consciente de que ser moderno a su manera le exige resistir el vendaval de destrucción que comporta la modernidad. Sin menosprecio de corte y con alabanza de aldea, le impulsa a restaurar la costumbre sin incurrir en la nostalgia y a acoger la melancolía sin desistir del activismo. Será discutible, pero a ver quién desmiente su secreta coherencia...

Por encima de afinidades y de convicciones compartidas, creo que nada nos liga con más fuerza que ser tocayos. No debería subestimarse esta boutade. Hay a quienes les une llevar el nombre de un emperador o de un fundador, de un mártir o del Precursor. A nosotros, que ni tan siquiera sabremos con certeza en qué fecha, y si realmente es posible, celebrar nuestra onomástica, nos consta, solidarios y solitarios, que, aun desnudo y hasta ligero, nomen est omen.

Susceptibles y tercos, discutiríamos el sentido reaccionario o liberal de El genio del cristianismo o de las Memorias de ultratumba de Chateaubriand, pero acabaremos abrazados recitando en cualquier taberna, castellana o bretona, pasajes de la Vida de Rancé. Bajo la advocación del fundador de la Trapa, hemos disfrutado, sobreentendidos y distantes, “esos días llamados felices que transcurren ignorados en la oscuridad de los quehaceres domésticos, y que no dejan al hombre ni el deseo de perder ni el de recomenzar la vida”. Estas líneas de mi Poética del monasterio quieren agradecérselo.

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“El escritor moderno es y no es Abraham: le es forzoso estar simultáneamente fuera de la moral y en el lenguaje; le es necesario hacer lo general con lo irreductible, reencontrar la amoralidad de su existencia a través de la generalidad moral del lenguaje; este peligroso pasaje constituye la literatura” (R. Barthes, El grado cero de la escritura).

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miércoles, 6 de enero de 2021

Contramundo


Fiesta de la Epifanía


San Juan en Patmos,
Domenico Ghirlandaio (1480-1485)

Al acabar los libros de Enrique García-Máiquez y de Alonso Pinto, he vuelto a abrir Contramundo de Carlos Marín-Blázquez. Me permito considerarlos un trío de autores que proyectan, en diversos niveles, una forma ejemplar de la resistencia crítica a la ideología dominante de hoy.

Al estilo de García-Máiquez hay que seguirlo de firme, sin distracciones, con una sonrisa; con el de Pinto es preciso rezar sin saber ni el día ni la hora; del de Marín-Blázquez cabe esperar, admirado, consuelo. El primero, evangélico, practica el aforismo poético; el otro, de tan escatológico, el apotegma ensayístico; el último, paradójico, un escolio narrativo. Nos encontramos ante tres ángulos de una sola figura compleja: un conservador; un reaccionario; un contrarrevolucionario.

Marín-Blázquez tributa sus lealtades con nobleza. No renuncia a pincelar su denuncia con los tonos cálidos y lúcidos de una singular dicción. Es la suya una mirada aguda que atiende la descomposición que perpetra nuestro periodo histórico contra el orden tradicional. Dirige, sobre todo, su análisis contra la falsedad radical en la que se asienta el principio de usurpación que la Modernidad no ha cesado nunca de aplicar para ilegitimarse cada vez más eficazmente.

En un prólogo modélico Fernando Muñoz declara que la obra de Marín-Blázquez “es la unidad orgánica de un exacto contramundo: que no es una negación simple (no-mundo, in-mundo), sino negación de la negación del mundo”. En ese sentido entiendo que, tras haberse estrenado en el género con Fragmentos, sus nuevos aforismos atesoren una trama narrativa que no es ni mucho menos el relato de los avatares (post)históricos que pudieran explicar nuestra crisis. Más bien señalan las marcas de un itinerario que, de nuevo en palabras de Muñoz, “sólo puede conducir a una afirmación que no se reduce a la directa restauración, sino a una restauración trascendida”. Un orden cultural sólo debería poder fundarse en las sólidas bases espirituales que hayan sufrido hasta el extremo último la Pasión de su Verdad. Tal vez por ello Marín-Blázquez últimamente viene prodigándose, con acierto, en el artículo ensayístico.

En las tres partes de Contramundo, en fin, el lector se asoma al paisaje (del) después del Apocalipsis (post)moderno. Como el Angelus Novus de W. Benjamin, el aforista se esfuerza por contribuir a retener la disgregación de las ruinas de nuestra civilización. “Despojos en el tiempo” documenta las heridas que actualmente la política ha imaginado infligir sobre el cadáver desfigurado del mundo tradicional. En “Nada sólido” se adentra en las consecuencias morales de todo el programa de cristalizaciones transhumanas que nos están acechando. En “Iluminaciones” se alza la estética como el dique que mantiene y reconstruye de noche lo que de día es consumido entre los gritos de bacantes y las violencias de pretendientes.

Contra el aterrador lema de que “lo personal es político”, Marín-Blázquez es consciente de que “Ni la economía ni la política topografían al detalle nuestro siglo. Sólo un vocabulario teológico roza la esencia de un mundo sin Dios”. Con un guiño irónico a Kojève, desmiente a Hegel: “El fin ya fue, pero no sabemos cuándo”. Ni en Jena hace dos siglos ni en Berlín hace tres décadas este mundo concluyó. Un escatólogo sentenciaría que se produjo hace casi dos mil años, a las afueras de Jerusalén, en un monte maldito llamado Gólgota.

Marín-Blázquez, centinela del ocaso, mide entretanto compasivo las réplicas sísmicas de la Caída que no cede en seguir cayendo.


Del mundo devastado sólo nos queda recolectar sus fragmentos.

Los arquitectos del mundo venidero trabajan con materiales de derribo.

El bárbaro aspira a ilegalizar los matices.

Esta sociedad necesita esterilizar su lenguaje para hacer creíble la asepsia de la realidad que se inventa.

El moderno no ambiciona conocer el bien, sino apropiarse de su retórica.

La tradición se preserva en una caligrafía de gestos.

Sin maldad no hay Historia, pero sin historia no habría expectativa de redención.

El arte custodia la esencia de la plenitud desvanecida.

La sensibilidad literaria no sale a la caza de originalidades. Rastrea un timbre peculiar en la voz que modula lugares comunes.

Creamos sólo en la posesión que es fruto de una larga súplica; en que para tener hay que mendigar.

 

lunes, 28 de diciembre de 2020

La Cruz en la Cruzada

 Fiesta de los Santos Inocentes

 

San Jerónimo y un joven monje,
Fra Filippo Lippi (1435-1436)

En cierta ocasión peregrina crucé brevemente algunos mensajes con Alonso Pinto (1986). Atento entonces a la singular humildad con que comentaba entusiasmado el borrador del volumen que guardaba en el hondón de su camisa, me ha alegrado recibir un reciente ejemplar de su obra que, revisada a fondo, se ha publicado con el título de Colectánea (Una cruzada contra el espíritu del siglo).

A pesar de su juventud, Alonso Pinto posee los rasgos de un Padre del Desierto. Novicio, ha adquirido por sí solo la prudencia del abba que su escritura (y sus lecturas) no deberían dejar de seguir persiguiendo sin descanso. Con la inquietud del profeta y la certidumbre del místico, atraviesa con paz la noche ululante de nuestros días.

En soledad, su ingenio talla con detalle, con airada mansedumbre, entre tentaciones apodícticas, la denuncia contra las trampas que la modernidad sigue tendiendo en un juego que siempre ha mantenido amañado. Proclama en fragmentos, que son tanto imprecaciones como acción de gracias, su inexpugnable fe en una esperanza que, de tan tenue en apariencia, deslumbra inextinguible.

Enrique García-Máiquez ha definido con razón a Pinto como “un reaccionario misericordioso”. Del partido güelfo, su reaccionarismo es la última túnica que cubre la búsqueda desnuda de una contemplación definitiva.

Para Pinto la política no es sino el atajo que la teología debe recorrer en un mundo donde la Caída, irrefutable, es el dato empírico de nuestra naturaleza. En ella sigue en juego el misterio -la economía entera- de la Salvación. Su Cruzada contra el siglo es una imprecación escatológica. Debe afrontar las objeciones de la teodicea con la noticia eterna de una nueva Creación. Nada hay que conservar porque todo está por llegar. Cuanto antes nos deshagamos de los obstáculos que la Revolución, como un katéjon monstruoso e irónico, intenta consumar por la vía factual, antes se cumplirá proféticamente el milagro de la Redención. “Ven, Señor Jesús”. Cada una de estas tres palabras debería pronunciarse, como se esfuerza nuestro autor, con la seriedad de un juramento novísimo.

Podría dar la impresión de que esta Colectánea se acoge al género de los aforismos. Tal afirmación caería bajo una apariencia de este mundo. En efecto, en él se combinan fórmulas breves y esbozos de ensayos bajo las distintas dimensiones de la forma aforística. Su distribución continua, sin capítulos ni separaciones, podría hacer pensar también en una suma de fragmentos cuyo argumento sólo se manifestaría entre las renuncias a las que somete a sus lectores una firme ascesis literaria. La fatiga de la Caída no permite otro descanso.

Esta escritura se entrega a una función apologética y confesional, incluso en la fidelidad a los modos más clásicos de su argumentación. Entre líneas se advierte que de nada sirve la borrosa luz de la razón sin la ceguera nítida de la fe. No al revés. No es posible razonar sin creer. Cualquier intento de invertir este orden o de suprimir esta jerarquía es una figuración de la rebelión primera. Por ello resulta tan satánica nuestra época como no menos digna de esperanza. Oportet enim orare semper.

Pinto ha leído a san Agustín y a Tertuliano; a Joseph de Maistre y a Ernst Hello; a Donoso Cortés y a Léon Bloy. En el umbral del Apocalipsis, Pinto es un templario errante.

Al cerrar las páginas de Colectánea uno comprende que, en verdad, “hay libros que son el prólogo de su segunda lectura”.


Los reaccionarios no pretendemos tanto restablecer lo abolido como abolir lo establecido en su contra.

En la modernidad cada hombre forma parte de la barricada contra su interior.

Tanto más sublime es una música cuanto más tiempo parece formar parte de ella el silencio que le pone fin.

La fe sólo confía sus pruebas a quien la ha aceptado sin ellas.

El axioma preferido del moderno es que todo cuanto ha sido prohibido por la tradición debe esconder un secreto placer. Hay quienes descubren tarde que se trataba de una sabia prevención contra el sufrimiento.

Si no te conmueve el llanto de tu ladrón has perdido para siempre lo que no te robó.

Un cristiano debe entregar su vida como un niño entrega su diente de leche: con la misma alegría, por el mismo motivo.

Sólo a la humildad está reservada la rara capacidad de aprender de los aciertos.