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jueves, 27 de agosto de 2026

Completas, con José Jiménez Lozano

 

Memoria de Santa Mónica, vda.

 



De entre las horas litúrgicas siento una devota predilección por Completas. Breve y humilde, nos recuerda con esperanza nuestra desolada mortalidad. Además de descansar el esfuerzo del día que se apaga lentamente, su rezo concede un consuelo escatológico. En el Monasterio de Poblet, con la basílica a oscuras, mientras se deshacen entre sus columnas las notas últimas de la Salve, tras la reja del coro fija mi atención el resplandor de tres centellas que se elevan sobre el altar en penumbra. Resuenan entonces por las naves tres toques de campana tres veces. Las pausas ceden un último momento para invocar silencioso el nombre trino del Dios único. Es tiempo entonces de adentrarnos en la noche tranquila y la muerte santa que acabamos de suplicar al final del Oficio.

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En estos últimos días de vacaciones ando releyendo la poesía de José Jiménez Lozano. He sostenido en alguna ocasión que en ella es posible rastrear los ecos finales de un poeta espiritual de nuestros siglos áureos. Por esta opinión seguramente él me habría amonestado con fiera mansedumbre. En mi descargo le hubiera respondido sin éxito que no incluyo la suya entre alguna de aquellas escuelas barrocas que, como ejercicio retórico más que como indagación existencial, practicaron hasta la extenuación el subgénero de la «poesía religiosa». Tampoco me habría atrevido a avergonzarlo con el elogio irreverente de considerarlo un poeta místico. Quisiera creer que habría accedido, a lo sumo y aun a su pesar, a que lo asociase con sus amigos y conocidos «erasmistas». Si en sus ensayos y en su poesía se respira el ejemplo del Maestro fray Luis, la Teresa y su mudejarillo Juan, en la poesía es posible notar el aire puro que circula entre Juan del Enzina y Jorge de Montemayor.

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Me gustaría disponer de la fuerza para ahondar en la humilde verdad que late en la métrica de la poesía jiménezlozaniana. Su agilidad vacilante no está hecha para contarse en voz alta sino para cantarse en susurros, como si fuera un hilo de agua repicando en la piedra claustral de una sencilla fuente. No la poseo. Me conformaré con demorarme en un par o tres de poemas de quien dio a conocer su primera poesía en la histórica revista El Ciervo bajo la forma de un Oficio Parvo. El mío, mínimo, será un responsorio de Completas.

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Procedentes dos de ellos de Elegías menores («Plegaria nocturna» y «Súplica») y otro de Elogios («Completas»), los poemas escogidos son muy breves, de cuatro, siete u ocho versos. Su métrica alterna alejandrinos, endecasílabos y heptasílabos, entre los que se intercalan algún hexasílabo o eneasílabo e incluso unos dodecasílabos. No riman entre ellos. Como sucede a menudo en la poesía de Lozano, su trabada unidad interna resulta de una experimentación que exprime las correspondencias estructurales y semánticas de las estrofas tradicionales castellanas. La mueve un espíritu geométrico de finura esencial, entre pascaliana y cisterciense.

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Los tres poemas toman como punto de partida un versículo de la hora de Completas que antecede a la antífona del Cántico de Simeón. En «Plegaria nocturna» el poeta utiliza el versículo utilizado los domingos y las solemnidades del tiempo pascual: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu» (Sal. 30,6). Añade una alusión finísima al versículo de los días feriales: «Guárdame, Señor, como a la niña de tus ojos» (Sal 17,8). De fondo, se escucha al cristiano en rebeldía, como gustaba JJL definirse en su juventud, dar implícita la respuesta litúrgica: «Tú, el Dios leal, nos librarás». Contrasta la confianza en la vertiente maternal con la confrontación de la paternidad divina. La voz poética adopta, con un tono crístico, la súplica angustiada de un Job exhausto que quisiera solamente acurrucarse en el silencio de Dios, arropado por su ausencia.

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Encabeza «Súplica» la cita explícita en latín de la respuesta al versículo sobre la niña de tus ojos del poema anterior. Con su traducción arranca el primer verso. Leídos en su orden –«Plegaria nocturna» y «Súplica»–, forman así un díptico, de fondo cristológico, que equivale a la oración de la hora final del día. Como se hará más frecuente en su poesía, JJL fusiona en este segundo poema el motivo de los pájaros con el rezo del oficio litúrgico –como sucede con los gorriones, a los que en Los retales del tiempo acabará llamando «monjes de observación perfecta». Construida sobre una pauta bimembre, en su pureza y su vulnerabilidad, de sabor rilkeano, el poeta implora a Dios que, como a los polluelos de alondra acogidos en el regazo de su madre en la noche, Él mismo nos mire con los ojos limpios de los pájaros cuando despertemos al fulgor de la mañana de una Nueva Creación.

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Por último, «Completas» es de una precisión tan sobria, con un sabor de gótico tardío, entre mediterráneo y bizantino, que estremece recitarlo. Su estructura métrica es tersa. Dividido también en dos partes, con un verso de remate, el metro de cada verso del terceto se duplica en el paralelo del cuarteto (12A, 7b, 10C; 12D, 7e, 10F y 7g). Me atrevería a sugerir que en los versos reflejados puede sentirse la pausa de idénticos hemistiquios (7+5, 4+3, 2+8). El verso final, el más breve, retumba en la conciencia, como si fuera el palimpsesto de la última palabra de Jesús en la Cruz («Todo está cumplido»). Tras estas «Completas», con las que se cumple el rito funerario de enjugar la jornada cotidiana, parecería oírse rodar la piedra del sepulcro con que a diario en la oración nos unimos al Señor del Mundo.

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La obra de JJL está atravesada por la inexorable pesadumbre de la muerte que nos recuerda la liviandad de nuestra existencia. Ante la injusticia ontológica con que nos amenaza la nada y que quiso combatir con su escritura, sus inadvertidas Completas procuran el viático de una palabra de amparo.

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domingo, 23 de agosto de 2026

Ángel Guerra

 

Memoria de Sta. Rosa de Lima, vgn.

 


Desde niño he respirado la obra de Benito Pérez Galdós en casa, pues mi madre era una relectora apasionada de Fortunata y Jacinta. Antes de Miau, lectura obligatoria entonces en el BUP, mi primera incursión galdosiana había llegado con la trilogía de Torquemada. Luego he seguido leyendo a Galdós, aunque de manera intermitente, más por el influjo de los gustos maternos que por un interés sistemático. Como cada verano, también en este he huroneado por los estantes de la casa familiar en busca de alguna edición que hubieran fatigado mis padres. En esta ocasión, he vencido la prevención persistente de mi madre con una de las novelas más minusvaloradas del escritor canario y he abierto Ángel Guerra. He salido tan entusiasmado como alicaído.

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Reconozco que con la obra de Galdós mantengo una relación ambivalente. Aunque no recuerdo más que muy vagamente su trama, conservo una poderosa impresión de La Fontana de Oro, su primera novela. De Doña Perfecta, tan esquemática ideológicamente, admiro la firmeza de su técnica ya madura. Tan diferentes entre sí, El amigo Manso y Nazarín muestran a un autor capaz de convertir sus etapas de transición en un ejercicio de resistencia desafiante. Fortunata y Jacinta y Misericordia me deslumbran. No obstante, lamento confesar que los Episodios Nacionales constituyen la excepción a una de las reglas que me impone mi oficio de lectura: no dejar que ningún libro se me caiga de las manos. Quizás se deba a que la imagen balzaquiana proyectada sobre Galdós, en especial sobre toda esta parte tan fundamental de su producción, jamás me ha atraído. Me interesa el Galdós más propiamente cervantino.

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Con Ángel Guerra he contraído una deuda muy particular. Me ha permitido entender mejor mi trayectoria como lector de Galdós. La crítica ha solido resaltar tres etapas en su obra que coincidirían más o menos con cada una de las últimas décadas del siglo XIX: novelas de tesis en los años 70, novelas contemporáneas a lo largo de los 80 y novelas de crisis espiritual finisecular. Les seguirían unas pocas obras finales, fantasiosas y, en el fondo, decrépitas, como El caballero encantado. Todos estos periodos a su vez estarían atravesados, como un corte transversal, por la redacción de los Episodios Nacionales. Pero Ángel Guerra, que representaría la primera novela del ciclo espiritual, contiene, integra y culmina los rasgos técnicos e ideológicos de toda su producción anterior, así como sus principales motivos temáticos y estructurales, además de sus estilemas idiosincráticos. El traslado de la acción de Madrid a Toledo a partir de la segunda parte es un indicio claro de que el autor se disponía a dar un giro en su obra, no exactamente un salto adelante. Que la acción transcurra entre la última sublevación republicana de septiembre de 1886 y aproximadamente la Pascua de 1887 también apunta a una revisión, a una crítica y a una puesta a punto del universo imaginario de la obra galdosiana. Dejando aparte el tema de la crisis «espiritual», el protagonista posee las características de los héroes de las novelas de tesis. Personajes tan inolvidables como don Pito llevan al extremo la capacidad lingüística de Galdós que había acabado de forjarse con Estupiñá y la Papitos en Fortunata y Jacinta. La confusión de realidad y fantasía, con sueños y alucinaciones que se superponen con la vigilia, había sido también una constante de sus novelas contemporáneas. Junto a la reaparición de personajes de novelas anteriores como los Pez o Augusto Miquis, presiona todavía más la trama un motivo no menor en la novelística de Galdós: la muerte de un hijo pequeño por quien su padre siente auténtica adoración. Los ejemplos podrían multiplicarse…

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¿Qué es lo novedoso de Angel Guerra? No sería del todo acertado detenerse en la cuestión «espiritual». Es cierto que el librepensador Galdós adopta una mirada empática y hasta compasiva con respecto a la religión católica institucional, aunque mantenga la misma distancia intelectual que en su obra anterior. Ninguno de los eclesiásticos que retrata es un fanático ni un intolerante. En el fondo, a excepción de Don Tomé, que es un cándido, ninguno de ellos cree realmente, más allá de lo que el sentido común de nuestra antigua cultura les podría exigir. El narrador los trata con afecto a todos. Ni la avaricia de Don Francisco, ni el egoísmo bucólico de Don Juan Casado, ni la pobreza de Viroques merecen reproche, ni burla. Al contrario, sus defectos no ocultan, sino que refuerzan la generosidad de sus corazones. Nadie se opone a los amores del protagonista. Nadie arranca de sus brazos a la amada Leré por intransigencia clerical. El gran drama de Ángel Guerra consiste en que sus auténticos amores jamás le han correspondido: ni su autoritaria madre, ni su impertinente esposa fallecida, ni la institutriz de fascinantes ojos bailones. Puede que todas las vocaciones religiosas sean un trampantojo humano, pero Galdós ha comprendido que, aun ilusorias, no tiene por qué juzgarlas falsas si las ve tomadas con seriedad. A pesar de ello, o precisamente por ello, una novela que atiende con mimo a la descripción de tantas funciones religiosas pasa de largo por la celebración de la Navidad y, tras describir minuciosamente las procesiones de los primeros días de la Semana Santa, se salta toda referencia al Triduo y a la Pascua. Con su aire entre krausista y socialista utópico, en medio de una sociedad materialista y obsesionada por el dinero, Galdós propone una religión filantrópica.

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De nuevo, ¿qué sería lo novedoso de Ángel Guerra? De modo muy personal, me atrevería a insinuar la definitiva decisión galdosiana de adoptar un compromiso cervantino, no exactamente quijotesco, con el género de la novela. Hay elementos explícitos, por descontado. Los nombres de la dos «mujeres» de Guerra, Dulcenombre y Lorenza, son las dos caras invertidas de la realidad y el ideal de don Quijote: Aldonza Lorenzo y Dulcinea. Don Juan Casado y Don Francisco Mancebo mantienen vagas similitudes con el Cura y el Barbero. No pocos guiños sobre el relato calcan los modos del narrador cervantino. La atmósfera está impregnada de quijotismo: los paroxismos de doña Catalina Babel remontando su genealogía a los Trastámara, las salidas de Ángel o de don Pito a las afueras de Madrid en sueños o con borracheras, las aventuras caritativas de Leré y Ángel por las calles toledanas, el ideal de vida pastoral/religiosa en el cigarral toledano semejante a la propuesta por Sancho al final de la Segunda Parte… Más aún, la descripción de la agonía primero de Don Tomé y finalmente la de Ángel Guerra son relecturas insistentes del último capítulo del Quijote: amores humanos y divinos, deseos y realidad, sobre todo en las escenas del testamento y de la tristeza/alegría de los deudos, etc. Parecería, en suma, como si Galdós estuviese afirmando su voluntad de llevar a cabo, en tanto que heredero, la tarea de trasplantar en el retrato moral y estético de su mundo realista y burgués la España barroca y desengañada y gloriosa de Cervantes…

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Eppure. Galdós ve estrellarse su inmensa ambición literaria con los límites de su extraordinario talento literario. Galdós cede a la tentación de un pecado literario que Cervantes no habría consentido jamás. Guerra posee una grandeza indudable, pero es la grandeza del sentir apasionado, aunque quizás dirigido equivocadamente, de quien no deja de ser jamás un badulaque envalentonado. Alonso Quijano es mucho más que un pobre hidalgo que se ha vuelto loco y acaba recuperando la cordura. Don Quijote admite la derrota. Guerra cree poder condescender con ella. Don Quijote habría arrostrado cualquier peligro antes de permitir que deshonrasen a Mari Tornes. No al pobre Guerra, sino al narrador de su historia es difícil perdonarle el asesinato de Josepa, la criada con aspecto de serrana manchega, cuya traición no es la de la deslealtad sino la del «amor loco». La imagen de su cuello doblado, como si le hubiesen dado garrote la partida de los bachilleres babélicos, quedará sin castigo por la generosa «bondad» del protagonista moribundo que no los delata. Es una escena que simboliza la brutalidad hispánica de los yangüeses, no la mirada transfigurada, y superior, de Cervantes.   

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La división de opiniones sobre Benito Pérez Galdós sólo puede deberse a que nadie como él ha retratado con más precisión, para bien y para mal, el trasfondo de nuestra alma contemporánea. Nadie representa tampoco como él el bagaje de la intelectualidad española, para mal y para bien, de los dos últimos siglos. Larra será un tatarabuelo muy atractivo y atormentado, pero nuestro abuelo es Galdós. Las polémicas quijotescas entre Unamuno y Ortega me parecen ininteligibles sin el testimonio de su obra. Sin su prodigioso oído y su afinadísima capacidad de observación para transformar los tipos del costumbrismo nacional en personajes singularísimos Valle-Inclán no habría podido crear la estética del esperpento. Por poner un ejemplo de Ángel Guerra: el alucinante vagabundaje alcohólico de don Pito y Dulce hasta desembocar en el Paseo del Prado fermenta el humus de Max Estrella y Don Serafín. Más aún, ¿acaso no es una salida de implacable lógica surrealista que Buñuel acabe filmando Nazarín y Tristana? ¿No mantienen todos esos personajes del cine español encarnados tan a menudo por Pepe Isbert, José Luis López Vázquez, Manuel Aleixandre, Florinda Chico o Rafaela Aparicio una deuda galdosiana? ¿Quizás sería demasiado arbitrario establecer resabios del novelista de la Restauración en algunos de los nombres que han aspirado a convertirse en novelistas orgánicos de la democracia española durante los últimos cuarenta años? Hasta las adaptaciones cinematográficas que José Luis Garci escribió y filmó a finales del siglo pasado incluían todavía una obra menor como El abuelo. El periodo tutelar de Pérez Galdós se ha extinguido de manera irreversible. Es dudoso que sus obras se conviertan en meras piezas arqueológicas. Sigue vibrando en las mejores de ellas el aliento humano del arte imprescindible de saber vivir.

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sábado, 18 de julio de 2026

Qui habitat

 

Memoria de san Arnulfo de Metz, ob.




He retrasado unos meses la lectura de Iluminados con una gloria oculta. Este libro todavía no traducido al español recoge las predicaciones cuaresmales que el obispo noruego Erik Varden impartió al Papa y la Curia Romana al inicio de la última Cuaresma. Confieso que me supo tanto a ceniza el revuelo que generó su celebración que preferí poner distancia en su momento con los contenidos que se apresuraban a reproducir los medios y las redes sociales. Ante las caras de circunstancias del Papa y sus colaboradores, no pude evitar el sentimiento desolador de estar observando una turba que se arremolinase ante las puertas de un espectáculo, forcejeando por entrar o al menos por no perder detalle. Por utilizar una analogía monástica, parecíamos giróvagos entregados, bajo una excusa loable, a la vana curiosidad. Al irse disolviendo los ecos de la fiesta, ha llegado el momento de romper mi ayuno para practicar la oración silenciosa de una reseña que ojalá no resulte sarabaíta.

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Dom Varden ha construido sus predicaciones al principio de Cuaresma de 2026 en el Vaticano sobre la pauta de las homilías en torno al Salmo 90 Qui habitat que san Bernardo pronunció en la abadía de Claraval durante la vigilia de la Pascua de 1139. De acuerdo con la tradición cisterciense, Varden emplea como fuente escrituraria el texto del tractus gregoriano que se emplea como antífona de la lectura del Evangelio del Miércoles de Ceniza. Un canto de doce minutos de duración, que hoy en la práctica sólo se entona en algunos monasterios, antecede así a la proclamación de las tentaciones de Jesús en el desierto. Como mis lectores pueden sospechar, hice un alto para oírlo. Enseguida caí en la cuenta de que no bastaba con escucharlo una, dos, tres veces. Exigía esperar con paciencia, aunque no se llegue a adivinarla, la centella de eternidad que atraviesa escondida sus melismas. Cabía leerlo, meditarlo, orarlo

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Tomado del Graduale romano, el tracto no coincide exactamente con la versión de la Vulgata, ni con la mayoría de las traducciones vernáculas derivadas o no de ella. En estas el salmo, que se lee en las Completas de las segundas vísperas del Domingo y fiestas, adopta un sentido alegórico y moral que se vuelve anagógico en el tracto. En él la protección del Señor se desvía de los términos metafóricos de una campaña militar presentes en las otras traducciones. Ni la peste, ni la epidemia, ni la plaga asedian el campamento, ni veremos el castigo de los malvados acechantes. Ni tan siquiera los ángeles que protegen nuestros caminos son exactamente legiones de apoyo. Depurado en su esencia, el refugio que ofrece el Señor pone a salvo, sí, de la saeta que vuela de día tanto como del temor que asalta de noche; de las ocupaciones (negotio) que nos atarean en la oscuridad y de la ruina que la inquietud del mediodía (daemonio meridiano) atrae sobre nosotros.

La delicadeza poética de todo el tracto se apoya en una precisión retórica que encuentra su paralelo en la exactitud de la estructura de su monodia. No se trata sólo de las paranomasias, paralelismos, aliteraciones, derivaciones o quiasmos tanto sintácticos como léxicos que lo modelan. Todo él se articula como un diálogo encabalgado en el juego de sus deícticos. El salmista da la palabra al yo del justo cuya súplica el yo del Señor atiende y responde al final. Entre ellas él se dirige y acompaña al de su hermano. Por su propia composición se comprenderá la necesidad de alterar la división canónica de los versículos. No por razones menores, como hemos visto, sustrae los correspondientes 8, 9 y 10.

A la vista de estas razones, entre otras, invito al lector interesado a que lea, medite y ore el salmo 90 como entrada al libro de Dom Erik a través del enlace que encabeza esta entrada.

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Erik Varden sigue a la vez muy fiel y libre tanto el comentario de san Bernardo como el texto del tracto, obrando cómo la literatura monástica anima a hacer. De los once capítulos/predicaciones de su libro, los seis centrales se dedican a comentar los versículos 1.3-7.15.11.13. Los enmarcan dos capítulos dedicados a san Bernardo: uno que presenta su figura; otro, desdoblado, que muestra su actualidad mística. Mientras que el abad de Claraval se dirigía a sus monjes, Dom Varden se dirige al Vicario de Cristo y a sus colaboradores, como también hizo aquel en su famosísimo De Consideratione. San Bernardo llamaba a sus monjes a la conversión y, sobre todo, mediante el topos agustiniano que da título al conjunto, a poner sus ojos en el Cristo glorioso que se manifiesta ocultamente en la Cruz. Dom Varden teje sobre esta trama un dibujo muy fino en diversos niveles que debe contemplarse con atención y a una cierta distancia…

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No es casual que el primero de esos capítulos claravalenses se haya titulado «San Bernardo idealista» y el segundo «San Bernardo realista». Presentan a san Bernardo como un hombre que, aun sin doblez, debe aprender a asumir sus contradicciones. No se traza una hagiografía, sino que, en un sentido cisterciense, se va descubriendo cómo la santidad se forja en un proceso continuo, cuaresmal, de conversión. La complejidad de la personalidad del abad de Claraval trasluce un afán de sencillez en absoluto impostada. La tensión entre la intransigencia de sus principios y su evolución hacia una profunda comprensión de la debilidad humana permiten descubrir entre líneas, con reverencia filial, una serie de consideraciones que Varden recuerda al Papa sobre cuestiones de la doctrina, la liturgia o la cultura católicas desde la mirada monástica a cuya tradición pertenece. Más allá de ellas y por debajo creo percibir asimismo una inquietud íntima suya. Si el objetivo de estas meditaciones se redujese a las reflexiones mencionadas, su retiro cumpliría simplemente una función piadosa y edificante. Habría dejado sin cumplir un parte nuclear del espíritu del Císter que esperaría de él el perfil de san Bernardo aquí esbozado. Literalmente lego, disculpen que intente explicar mi atrevimiento…

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A través de sus páginas Varden insiste en que la conversión cristiana no se limita simplemente a la vertiente moral del ser humano, sino que incluye también su dimensión intelectiva. La metanoia lo transforma por completo, en su unidad afectiva e intelectual. Este camino es escatológico. El hombre nuevo sólo puede recuperar en Cristo su semejanza con Dios, perdida por el pecado. La persona de Jesús es nuestra imagen perfecta querida por Dios y manifestada en su doble naturaleza. Por ello, delante de la Cruz el creyente descubre la gloria de la Resurrección que cumple y comunica nuestra esperanza más profunda.

Según la doctrina monástica, el plano natural, por más escondido que parezca, está ya transfigurado sobrenaturalmente. La vida del monje nos consuela entonces recordando que nuestra vida consiste en caer y volver a levantarse una y otra vez, sin desfallecer y sin desesperar, porque sabemos que contamos con la gracia de Nuestro Señor.

Con una naturalidad sorprendente en la teología de los últimos sesenta años, es plenamente coherente que Varden desarrolle un discurso sobre el papel que juegan los demonios y los ángeles en la economía de la salvación. La búsqueda de la verdad es inseparable de la liturgia, pues en ella se revela el misterio redentor de Cristo. Custodio de la santidad y cantor de Dios, el ángel es un modelo de la vida monástica no sólo «por su finalidad de alabanza, sino también porque el monje está llamado a inflamarse con el amor de Dios y a convertirse en un emisario para los otros». El monje nos invita a penetrar en la verdad que guarda la fe contemplando lo absoluto real con que Dios mismo se nos ofrece, como en la celebración de la Eucaristía. Remacha Varden: «La iluminación es siempre doble: intelectual y esencial, sacramental y pedagógica». En su silencio y su soledad, el monje permanece en vela en nombre de todos sus hermanos, esperando por ellos y con ellos la manifestación última de la gloria de Jesucristo.

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Como es lógico, Varden en sus sucesivas predicaciones presenta ante el Papa las inquietudes de la Iglesia, desde los casos de abusos hasta la búsqueda espiritual de la juventud. Por razón de su ministerio el Papa debe cargarlas sobre sí para ejercer con dignidad su oficio de enseñar, santificar y gobernar. He ahí, entre líneas, donde creo adivinar que Dom Erik incluye su propia y personalísima preocupación. La humildad de la llamada a la conversión que ha predicado y que le ha conducido a considerar y proponer la vida del Padre Bernardo, a cuya luz invita a sus interlocutores a que mediten las suyas, lleva consigo poner también la de él bajo el foco del abad de Claraval y ante la mirada atenta del Vicario de Cristo.

Como san Bernardo, Dom Erik es monje y ha sido abad. Como él, requerido aquí y allí, se ha visto obligado a dejar los muros de su claustro. Como él, también debe de preguntarse por los sorprendentes caminos con que Dios conduce su vocación, en medio de sus aciertos y de sus caídas. Como monje, con el ejemplo de san Bernardo, puede dirigirse al Papa, un religioso agustino y no un cisterciense como Eugenio III. Pero, ¿qué autoridad puede blandir como obispo? ¿No debería presentarse ante la mirada de Bernardo y, por extensión, ante la del Vicario de Cristo? ¿No debe él mismo meditar, con el Salmo 90, cómo Dios lo libera del lazo del cazador y de la palabra amarga? ¿No debe también afrontar el temor de la noche, combatir la vanagloria y la ambición y sospechar de la virtud complaciente del demonio meridiano? ¿No necesita como el agua de un oasis, como él los llama, el rigor, la claridad y la belleza al expresar la verdad que le ha sido confiada predicar? ¿No es preciso abajarse para que, como en la visión de san Bernardo, Cristo mismo llegue a inclinarse para alzarlo y abrazarlo?

Tengo para mí que esa búsqueda culmina en el capítulo sobre la consideración. Tras exponer las líneas maestras del opúsculo mayor de san Bernardo dirigido al Papa Eugenio, se dirige a una obrita en apariencia menor: la Vida de San Malaquías, sobre un famoso obispo irlandés, el cual, de camino a Roma, vio cumplido su deseo de acabar sus días en el monasterio de su gran amigo el santo abad. En Malaquías, como en un juego de espejos y reflejos indirectos y discretos con Eugenio y Bernardo y León, Varden encuentra un ejemplo de moderación episcopal y de alegría amical que le confirman que «un oficio considerado con sabiduría, asumido entonces en el nombre de Jesús, llevado en el amor de Jesús, puede convertirse en un instrumento de salvación y santificación para quien carga con él y para la multitud que Dios, de este modo, se digna visitar con su bondad». ¿Puede sorprender que, aliviado, tras citar a san Bernardo, él mismo exclame como cierre: «Considerar, pues, es consolador»?

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A la espera de la traducción castellana, ¿guarda algún sentido debatir si la versión inglesa o la italiana es la «original»? En cuanto libro, la respuesta es indudable: lo es la inglesa, en la que Dom Erik redactó sus consideraciones. La versión italiana es cuidada y mantiene una elegancia accesible. Sin embargo, es imposible que transparente no sólo el preciso dominio del inglés que el autor posee, sino esa aspereza nórdica de su base de articulación, tan idiosincrática de su cuidadísima dicción oxbridge. Ahora bien, la traducción italiana ofrece un valioso testimonio de la comunicación entre dos anglófonos, herederos espirituales de dos de los más grandes Padres latinos: en la lengua semioficial de la Iglesia, un monje y obispo, que reivindica y practica la actualidad de un legado casi bimilenario, se esfuerza por dirigir su predicación al Sucesor de Pedro.

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Tras esta larguísima reseña, de vuelta al principio, también me planteo si las consideraciones que acabo de exponer no son sino vaciedad y caza de viento. Stilnovista claravalense, como me defino, no he recibido la vocación monástica. Neomonacal quizás, como aquellos escritores franceses finiseculares, me acojo a una tradición que, con un eco de san J. H. Newman, Henri de Lubac ponía en valor poco antes del Concilio Vaticano II. En la contracubierta de la edición italiana se cita una frase del libro de Varden en que asegura que, frente a una cristología radical y realista, se disolverán las pretensiones mendaces de verdad. En su interior, siguen a estas otras palabras bajo cuyas alas quisiera refugiarme cubriéndome con sus plumas:


Estamos tentados de pensar que quizás debiéramos seguir el paso de las modas del mundo. Diría que es un proceder dudoso. La Iglesia es un cuerpo que se mueve lentamente: correría el riesgo de vestirse fuera de temporada y de explicarse con la jerga de ayer. Si la Iglesia habla bien su propio lenguaje, aquel de la Biblia y de la liturgia, de sus mismos Padres y de sus mismas Madres, de sus poetas y santos, que aún nacen, permanecerá capaz de enunciar las verdades perennes noviter. Será original y fresca, y podrá hoy, como en el pasado, orientar la cultura.

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viernes, 26 de diciembre de 2025

In Cantica Canticorum

 

Solemnidad de S. Esteban, protomártir

 


Hace unos meses caí en la cuenta de que no había leído nunca ni de modo continuado ni completo, sino salteados, los sermones de san Bernardo al Cantar de los Cantares. Nunca he encontrado la fuerza para enfrentarme de frente a sus ochenta y seis sermones. Así que encargué un ejemplar de la clásica edición de la BAC en la librería Claret. Con él ya en la mano seguía pensativo, mientras hojeaba la introducción, maravillosa y estimulante como todo lo suyo, de Dom Leclercq. Al leer que san Bernardo los compuso a lo largo de más de veinte años, como si los fuese a pronunciar día tras día en el capítulo de Claraval, comprendí que debía acudir diariamente a recibir su enseñanza. Se celebraba en aquel momento las Vísperas de la Solemnidad de los Santos Arcángeles. He cerrado el volumen la víspera de Nochebuena.

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Apenas dos semanas después de empezar a atender las lecciones diarias de san Bernardo, comenté a Mons. Varden que con frecuencia me sentía amonestado por sus palabras. El abad de Claraval manejaba de modo prodigioso los periodos latinos, con la que la traducción castellana combate sabiéndose vencida. En su justa medida era capaz de combinar a la vez la profundidad espiritual, la sensibilidad poética y la más punzante de las ironías. Con ellas sentía que sigue corrigiendo con un afecto implacable los defectos de hoy. Debe reconocerse que deja de nuevo al descubierto los pecados más íntimos de cualquiera de sus audiencias. Podría reprochársele la retórica exegética, pero sería una excusa insostenible. La agilidad verbal de Bernardo no nos absuelve de nuestra tartamudez moral. Entre tanta pesadumbre gozosa, Dom Erik me dio un consejo inolvidable. “No dejes que te reconvenga demasiado. Escúchale como a un amigo que lee para ti en voz alta”.

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He ido subrayando con lápiz, sobre las líneas o en los márgenes, aquellas frases en que el genio literario de Bernardo deslumbraba la interpretación de un sintagma, un sustantivo o un adverbio. Piénsese que, tras quinientas páginas, apenas llegó al primer versículo del tercer capítulo del Cantar.

De acuerdo con el método exegético de la Patrística, se detiene al principio de cada perícopa a presentar el sentido literal con una precisión que sorprendería a no pocos pragmatistas. A continuación, desencadena una espiral de observaciones morales y alegóricas desde las que se lanza a degustar las más altas cotas espirituales.

Contra todos los prejuicios modernos, san Bernardo demuestra un conocimiento del amor humano y de los movimientos del alma asombroso. Puede dedicar páginas que marean por su pulso narrativo a los distintos órdenes angélicos y dar de inmediato un salto a los más delicados y eróticos sentimientos esponsales. Para nuestro abad cada uno lleva dentro de sí una Betania donde conviven Marta y María. Es evidente que, hombre de su época, sitúa la vida monástica en la cima, pero sería una mezquindad no advertir su alegría ante el testimonio de fidelidad de quienes viven en el mundo.

Se dirige a sus monjes, consciente del artefacto de la presunta oralidad de sus sermones, como si secretamente le divirtiese y le estimulase alcanzar con su escritura los oídos ausentes de una multitud anhelante. Del mismo modo que en De consideratione introduce una digresión en forma de apología sobre el desastre de la II Cruzada, aquí no duda en detener el curso de sus comentarios para dedicar un sermón sollozante a la muerte de su hermano Gerardo, un auténtico prodigio de amor fraterno y de estremecimiento creyente ante la inmensidad del misterio de nuestra finitud.  

Su estilo posee un trazo firmísimo, capaz de prolongarse sin descanso entre meandros de subordinadas, antes de hacer un alto y encadenar ráfagas brevísimas de oraciones simples que se despliegan mediante armonías contrapunteadas por interrogativas. He descubierto en sus secretos las resonancias más hondas de mis tanteos literarios. Gracias a su ritmo, he conseguido descifrar algunos pasajes inexplorados de la poética monástica en los que mi Oficio de lectura en curso no se acababa de atrever a aventurarse.

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Dom Jean Leclercq explica que la obra de san Bernardo aborda todos los lugares que las Sentencias de su época requerían, pero no de una manera sistemática sino poética. ¡Qué gran consuelo una cristología escatológica así!

No escasean delicadas alusiones sarcásticas contra los “filósofos”. En ellas no se atisba el más mínimo antintelectualismo. Al contrario. La crítica a la filosofía, muy a menudo puesta a la par del desarrollo de las herejías y de la denuncia rigurosa de los excesos eclesiásticos, reivindica un modo de pensar y una manera de decir que el auge de las escuelas catedralicias empezaba a amenazar. Más que de defenderse contra ellas, nos recuerda que el pensamiento monástico, gramatical y escatológico, no es simplemente el precursor de la plenitud dialéctica y racional de la filosofía cristiana. En el fondo, la metafísica de los filósofos es una epistemología que convierte el olvido del ser en un análisis del ente. La exégesis de los monjes es una poética que hace de la memoria una liturgia de alabanza. Aunque pueda parecer paradójico, el filósofo no busca la sabiduría sino el conocimiento. El monje, como Bernardo, se sumerge en las Escrituras.

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En un par de sermones finales san Bernardo demuestra el rigor intelectual de su pensamiento, basado siempre en las figuras de la antítesis y la paradoja. Tras enfrentarse con el tema del libre albedrío y la esclavitud del pecado, entona un himno majestuoso al amor nupcial de Dios con el alma, sobre la pauta del versículo “En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma” (Cant 3,1a). Recogido en el oficio de lectura del común de los santos varones, dice así uno de sus fragmentos más espléndidos: 

El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. […] Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con lo que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si Él ama, es para que nosotros lo amemos a Él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí” (Sermón 83).

Dom Erik estaba en lo cierto. El Padre Bernardo me ha instruido con paciencia hasta ese momento en que me he percatado de que “lo buscaba y no lo encontraba” (Cant. 3,1b).

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martes, 16 de septiembre de 2025

Himno a Poblet


Memoria de S. Cipriano, ob.y mr.


Monasterio de Santa María de Poblet

Cada vez que acudo a pasar unos días entre los muros del Monasterio de Poblet, sigo las rúbricas íntimas de una liturgia muy particular. Empiezo tomando el tren de cercanías. Dos horas y cuarto de viaje para recorrer poco más de ciento y pico kilómetros. Hasta Tarragona va recorriendo la costa y, a partir de la sede metropolitana, se interna hacia Lérida. El pasaje suele deparar sorpresas. En esta ocasión, un trío lumpen etílico venía feliz de un día de playa que uno de ellos no cesaba de recordar que se habían corrido por su cuenta. La pareja trunca se había quedado en otro vagón enfadada por un motivo nimio que la mujer repetía entre improperios y risas contra sus compañeros. Entreveraban momentos de alegre camaradería con otros en que parecían a punto de enzarzarse en una disputa acalorada por antiguos agravios. Algunas personas, discretamente, se cambiaban a un asiento alejado. Se sentaron en el otro lado de mi fila hasta Montblanc. Bajo el entelado de tristeza que desprendían su cháchara y sus gestos, percibí un resplandor de genuina alegría que sólo el mar es capaz de concedernos. Los vi dispersarse, como si fuesen una banda de estorninos solitarios.

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Al bajarme en la Espluga de Francolí, tras bordear el pueblo, atravieso el camino de olivos que conduce hasta la muralla externa del Monasterio. Antes de acceder al recinto debe rodeársela. Me dirijo entonces a la iglesia; me detengo un momento ante el grupo escultórico del entierro de Jesús en el atrio, y entro para sentarme a solas y a lo lejos en la penumbra, frente a la imagen de Santa María de Poblet en el centro de su marmóreo retablo.

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Hacía más de un año que no había regresado. Al pasear a lo largo de la muralla deteniéndome a contemplar el atardecer inacabable de un horizonte escoltado entre valles, caí en la cuenta de que, siendo tan poco inclinado a que me embarguen emociones, resisto las inclemencias de la existencia con Poblet en el corazón. La habitación era la misma en que mi heterónimo Cavalcanti escribió una entrada sobre el Carmelo cisterciense de José Jiménez Lozano. Con la mirada de nuevo llena del cimborrio recortado entre cipreses, me asomé conmocionado al lavatorio del claustro, en su memoria.

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De cada estancia en Poblet quedan grabadas en mi memoria hondas sensaciones físicas. Siempre el cielo estrellado, las noches de despejada oscuridad. A tientas entre el roce encadenado de la gravilla, acompañada del golpe clueco de alguna gota de agua perdida de un surtidor, con un par de pasos de danza, algún gato se esconde aún más profundo tras el recoveco de una escalera, sin tan siquiera maullar. Al despertar para Maitines, iluminaba aquella misma senda la tenue sombra disipada de una luna menguante. Sentí la punzada de las palabras de san Bernardo. “Aspirará el día; respirará la noche”.

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En Poblet encuentro el descanso de todas las horas del Oficio. Con un puñado de huéspedes, a los que se sumaban visitantes más o menos ocasionales, a veces incluso solo de madrugada o en Nona, en los bancos de la iglesia, a distancia del coro, intento abandonar cualquier pretensión subjetiva. Nuestra época da tanta importancia a la experiencia personal, al sentimiento, a lo más conmovedor y a la vez lo más abrumador del ego, que quisiera oponerle un interior dúctil a la objetividad de la liturgia. Mi anhelo: dejar de ser centro; asomarse al vértigo de la inmensidad de Dios que apenas logramos rozar con la salmodia, pero que, a través de ella, adivinamos como un fondo abismal de amor. Nada de concierto ni de espectáculo; ni de entusiasmos, ni de éxtasis. Ensayamos un esfuerzo sobrehumano para salir de nuestra pequeñez, en una comunidad que armoniza, al unísono, un balbuceo. Salgo siempre derrotado. A punto de entristecerme, me consuela advertir su lección de humildad. De haber vencido un instante, todo habría sido en vano.

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Paseo por el huerto y la viña. Me llego hasta donde pace un pequeño redil de cabras. Arranco las malas hierbas que crecen en los intersticios de las piedras de un helipuerto. Desde allí contemplo el perfil del monasterio, como en primera fila. Suelo meditar el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección. Esta vez me he ido deteniendo en cada capítulo correspondiente del Evangelio de Lucas. La lectura demorada me ha arrastrado a tomar notas en la libreta de ruta de mi Oficio de Lectura. Como los atardeceres, el final de la madurez estival filtra entre sentimientos melancólicos los resplandores de una filosofía de la comedia. Platón es tan admirable que su Sócrates merece, sobre todo, no el ser refutado sino ser discutido a la altura de lo posible. Un conservador no debería avergonzarse de hacer la apología de Aristófanes. Aun con lágrimas en los ojos, tampoco debe temer su obligación de confrontar la distancia escatológica que media entre Sócrates y Jesús. Una poética monástica como la mía ha de poder mostrar su desacuerdo respecto de la reducción de la paternidad, el magisterio y la hospitalidad al universo moral y político socrático.

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Al acabar mis días monacales, emprendo el mismo camino. Vuelvo a montar en el tren, lleno de pasajeros que regresan de su fin de semana. La convivencia no es fácil. Cierro los ojos y comprendo que, aunque mi vocación no sea «monástica», mi temperamento encuentra en ella un bálsamo que me acoge con hospitalidad y me despide en paz. De regreso a las batallas cotidianas, cuyas heridas también había llevado hasta allí, me repito con un imperceptible estremecimiento: “Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar” (Mc 1,35).

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viernes, 22 de agosto de 2025

Josef Pieper y Tomás de Aquino, poetas


Memoria de Santa María Reina


El Triunfo de Santo Tomás de Aquino,
Andrea da Firenze (1366-67)

Mientras sigo dándole vueltas a mi Oficio de lectura, he empezado a leer un opúsculo delicioso de Josef Pieper, El ocio y la vida intelectual, por sugerencia de mi amigo Carles Llinàs. En realidad, se trata de una colección de cuatro ensayos que la editorial Rialp acabó recopilando en un solo volumen y que ha sido reeditado en los últimos sesenta años hasta nueve veces. He quedado atrapado en la cita que encabeza la segunda parte titulada «¿Qué significa filosofar?» y que viene puesta bajo la autoridad de Santo Tomás: “El motivo por el que el filósofo se asemeja con el poeta es que los dos tienen que habérselas con lo maravilloso”.

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No debería extrañar la perplejidad que esas palabras suscitan entre los comentarios españoles de Pieper. Se insiste que el alemán las atribuye al Aquinate, sin que sea posible rastrearlas en su obra. Se solventa remitiendo en abstracto a la Suma de Teología o a las diversas exposiciones tomistas de los libros de Aristóteles, en especial a la Metafísica.

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Comprendo el malestar neotomista. Por un lado, Pieper equipara y no jerarquiza la actitud del poeta y del filósofo. Por otro, contra la tentación iconoclasta que ronda a menudo al neotomismo (“la imagen mancha el concepto”), sitúa el quehacer filosófico en el umbral no solo del «asombro» o de la «admiración» sino de lo «maravilloso».

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Como esta nota no es filológica sino monástica, no he logrado encontrar la cita en alemán. Si algún lector es capaz de proporcionarla, confirmará o desmentirá la interpretación que me lanzo a proponer. Porque lo maravilloso presupone el asombro, pero no necesariamente al revés. Lo maravilloso contiene un punto de misterio, que no necesariamente de oscuridad, que requiere del filósofo dotes poéticas. ¿Quién sabe si no resuena en la cita lejanos ecos de las reflexiones de los poetas románticos, como Novalis?

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¿Es compatible esta hibridación moderna con el pensamiento del Aquinate? ¿O es una atribución forzada, en un sentido que podríamos calificar de germánico? Que “el filósofo se asemeja al poeta” quiere decir que ni se opone a esta figura ni simplemente la supera. De algún modo, debe participar de sus poderes, aun sin identificarse con él. No se subordina, pero tampoco se separa del todo. Hasta cierto punto la actitud filosófica misma acabará cruzándose en el camino del poeta que no tendrá más remedio que contar desde entonces también con las dotes filosóficas para enfrentarse a lo maravilloso.

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Hace ya bastantes años escribí un artículo sobre la presencia de Aristóteles y Santo Tomás en la obra de George Steiner que publicó Gregorianum. Al leer la cita de Pieper recordé una sorprendente – y maravillosa – cita del Aquinate comentando el Libro I de la Metafísica. Esta entrada no es sino una glosa de aquella glosa.

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(διό καί ό φιλόμυθος φιλόσοφός πώς έστιν' ό γάρ μύθος σύγκειται έκ θαυμασίων)- (Aristóteles, Metafísica, 982b, 18-19). (“Por eso también el que ama los mitos es en cierto modo filósofo, pues el mito se compone de elementos maravillosos”). 
Quare et philomythes philosophus aliqualiter est. Fabula namque ex miris constituitur”. (Traducción de Guillermo de Moerbeke, siglo XIII). (“Por ello también el amigo de los mitos es de alguna manera filósofo, pues la fábula se compone de cosas maravillosas”).

Et ex quo admiratio fuit causa inducens ad philosophiam, patet quod philosophus est aliquiter philomythes, idest amator fabulae, quod proprio est poetarum" (Santo Tomás de Aquino, In XII Libros Metaphysicorum Comentarium, I, i, 55). (“También por el hecho de que la admiración fue la causa que condujo a la filosofía, es evidente que el filósofo es de alguna manera amigo de los mitos, esto es amante de la fábula, que es lo propio de los poetas”).

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En mi Oficio de lectura, frente a Dionisio me pondré bajo el patrocinio de Hermes.

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miércoles, 20 de agosto de 2025

Trilogías


Memoria de San Bernardo, abad

 

Grande Chartreuse

Desde hace unos meses algunos amigos me han estado preguntando en qué libro andaría ahora embarcado. Acostumbraba a responderles que, tras un lustro muy intenso, prefería descansar, sin planes, limitándome a cumplir con mis obligaciones académicas. Evidentemente me han rondado ocurrencias, pero las intentaba mantener a raya. Mis interlocutores desistían entonces de su interés, como si desconfiase de ellos con evasivas.

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Tras publicar Poética del monasterio, al que considero mi libro más personal y acabado, sentí que había cerrado una larga etapa. Antiposmodernos españoles constituía, en el mejor sentido, un volumen de circunstancias; Qohélet / Lector, un epítome de mis inquietudes teóricas y espirituales. Ambos por separado representan sendas vías de mi trayectoria intelectual. Uno invitaba a emprender el proyecto de una historia de la poesía anti(pos)moderna en la literatura española del siglo XX. El otro parecía limitarse a seguir girando sobre el universo moral y cultural de una poética monástica. Aun exhausto, tal vez era hora de retomar la estricta tarea filológica.

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Entretanto, en una peregrinación organizada para recorrer los principales lugares del itinerario vital de S. Juan B. de La Salle, costó un gran esfuerzo que el autobús, entre rutas cortadas, pudiese alcanzar la Gran Cartuja. Allí había pasado unos días La Salle durante el vértice de una crisis existencial que le había empujado a abandonar el gobierno de sus obras educativas. El Prior le desaconsejó la idea de retirarse como monje. Poco tiempo después, en Parmenia, La Salle recibió una carta de sus Hermanos reclamándole que regresase a París. Mientras subía en silencio por el camino que lleva de la Corrérie al recinto amurallado, me vino a los labios una invocación característica en las escuelas lasallistas: “Acordémonos de que estamos en la santa presencia de Dios. Adorémosle”. Recordé también una sentencia de La Salle: “El aula es nuestro altar”.

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De vuelta, al cabo de unos pocos días, abrí la libreta con el formato de la colección «Blanche» de la NRF adquirida hacía un par de años. Apenas había anotado en ella unas pocas entradas con el fin de tantear proyectos de libros extinguidos antes incluso de que lograsen germinar. Route barré? No, al ir trazando las primeras líneas con la misma letra imprecisa y nerviosa de siempre, teñida ahora con un punto melancólico, de súbito me surgió un título: Oficio de lectura. Mis incipientes Feuilles de route me indicaban la otra dirección.

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Creo haberlo dicho. Excepto en una ocasión, jamás he escrito un libro por encargo. Ni tan siquiera he procurado, hasta acabarlo, merodear editoriales. Un libro se escribe por él mismo, no para satisfacer a un editor o a sus lectores. De merecer la publicación, todos ellos, incluidos el autor, están contenidos ya en su redacción. El oficio de lectura, que forma parte también de la Liturgia de las Horas, no se celebra para que asista nadie, sino que, como lectores, asistimos para que pueda celebrarse. ¿Su espacio? El del monasterio. ¿Su tiempo? Una poética entre la noche y el día. “Aspirará el día y respirará la noche”, nos consoló San Bernardo.

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Medito mi itinerario editorial durante un cuarto de siglo. Advierto, por un lado, una tendencia a acogerme a la figura de las antítesis. Por otro, me inclino a organizar en trilogías las materias que me interesan.

El Renacimiento espiritual no era simplemente un manual sobre los tratados de oración, sino una reivindicación pretridentina de lo que no fue Trento. La escritura encendida, con su distinción entre mesiánicos y apocalípticos, y Modernidad y pedagogía en Pedro Poveda, contraponiendo el regeneracionismo de su protagonista en Guadix a su contra-institucionismo en Covandonga, trazaban algunos de los rasgos que anticipaban el Concilio Vaticano II vistos desde su disolución posconciliar. Es decir, aun con una estructura desequilibrada, los tres libros intentaban cubrir el periodo moderno de la historia de la Iglesia. 

XXI Güelfos comenzaba así: “Este libro es reaccionario, a su pesar”. Su reaccionarismo abría la Trilogía güelfa, la cual,  incluyendo además Teología güelfa y Memorias de un güelfo desterrado – mi volumencico más querido –, versaba sobre el desplome de una alta cultura que no debería confundirse sin más con la del programa liberal. Tras ella, El peregrino absoluto, con su sátira de lugares comunes de la actualidad con intención literaria, y Poética del monasterio, gestada en torno a este blog, cerraban una reflexión cultural explícita sobre tres dogmas que, por teológicos, seguía considerando políticos: la creación, la caída y la redención. O lo que es lo mismo: el Hogar, la Escuela y la Celda.

¿Y ahora qué?

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Si Oficio de lectura acabase cuajando, debería leerse como un díptico junto con Poética del monasterio y no simplemente como la continuación de esta. Aunque me sea imposible tan siquiera adivinar si pudiera idear una tercera parte, se me empieza a aclarar el modo de encadenarse cada uno de sus pasos. No obedecen a una mecánica sino a un ritmo. No sé todavía describirlo, pero lo percibo. Así como Trilogía güelfa no se prolongó en los dos siguientes libros, sino que se engarzó con ellos para completar una peregrinación que excedía sus jornadas, igualmente Poética del monasterio, contra mis propias expectativas, no acogía con hospitalidad el fin de sus aventuras. Sin darme cuenta, por su propia naturaleza, dejaba a la ventura – en sentido estricto, a la providencia – su uso. Un monasterio no se construye como un museo, para que sea visitado; se edifica como una morada que testimonia la vida que organiza.

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A menudo he mencionado que mi estética podría definirse con un compuesto también antitético: stilnovista claravalense. Entre los siglos XIII y XII, entre la ciudad y el desierto, entre la universidad y el monasterio, entre la poesía y la teología, entre la Revolución y la Tradición, entre la Gramática y la Escatología, el ciclo güelfo habría acentuado la calidad stilnovista de mi indagación. Sospecho que la inquietud espiritual habrá acabado motivando un ciclo monástico que, dilatando las intuiciones previas, se dedicará a atender su polo claravalense. Si el aula debe ser mi altar, mi oficio de lectura habrá de explorar cómo la Escuela y el Claustro – la pedagogía y la soteriología pueden tejer el ejercicio poético de la paternidad.

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En una perspectiva quizás inalcanzable, podré así llegar a observar si en mi voluntad stilnovista brilla el entendimiento claravalense de sus formas. ¿Acaso la esperanza de Claraval no habrá de sostenerse en la memoria de su stilnuovo? Esa debería de ser mi fe.

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