jueves, 27 de agosto de 2026

Completas, con José Jiménez Lozano

 

Memoria de Santa Mónica, vda.

 



De entre las horas litúrgicas siento una devota predilección por Completas. Breve y humilde, nos recuerda con esperanza nuestra desolada mortalidad. Además de descansar el esfuerzo del día que se apaga lentamente, su rezo concede un consuelo escatológico. En el Monasterio de Poblet, con la basílica a oscuras, mientras se deshacen entre sus columnas las notas últimas de la Salve, tras la reja del coro fija mi atención el resplandor de tres centellas que se elevan sobre el altar en penumbra. Resuenan entonces por las naves tres toques de campana tres veces. Las pausas ceden un último momento para invocar silencioso el nombre trino del Dios único. Es tiempo entonces de adentrarnos en la noche tranquila y la muerte santa que acabamos de suplicar al final del Oficio.

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En estos últimos días de vacaciones ando releyendo la poesía de José Jiménez Lozano. He sostenido en alguna ocasión que en ella es posible rastrear los ecos finales de un poeta espiritual de nuestros siglos áureos. Por esta opinión seguramente él me habría amonestado con fiera mansedumbre. En mi descargo le hubiera respondido sin éxito que no incluyo la suya entre alguna de aquellas escuelas barrocas que, como ejercicio retórico más que como indagación existencial, practicaron hasta la extenuación el subgénero de la «poesía religiosa». Tampoco me habría atrevido a avergonzarlo con el elogio irreverente de considerarlo un poeta místico. Quisiera creer que habría accedido, a lo sumo y aun a su pesar, a que lo asociase con sus amigos y conocidos «erasmistas». Si en sus ensayos y en su poesía se respira el ejemplo del Maestro fray Luis, la Teresa y su mudejarillo Juan, en la poesía es posible notar el aire puro que circula entre Juan del Enzina y Jorge de Montemayor.

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Me gustaría disponer de la fuerza para ahondar en la humilde verdad que late en la métrica de la poesía jiménezlozaniana. Su agilidad vacilante no está hecha para contarse en voz alta sino para cantarse en susurros, como si fuera un hilo de agua repicando en la piedra claustral de una sencilla fuente. No la poseo. Me conformaré con demorarme en un par o tres de poemas de quien dio a conocer su primera poesía en la histórica revista El Ciervo bajo la forma de un Oficio Parvo. El mío, mínimo, será un responsorio de Completas.

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Procedentes dos de ellos de Elegías menores («Plegaria nocturna» y «Súplica») y otro de Elogios («Completas»), los poemas escogidos son muy breves, de cuatro, siete u ocho versos. Su métrica alterna alejandrinos, endecasílabos y heptasílabos, entre los que se intercalan algún hexasílabo o eneasílabo e incluso unos dodecasílabos. No riman entre ellos. Como sucede a menudo en la poesía de Lozano, su trabada unidad interna resulta de una experimentación que exprime las correspondencias estructurales y semánticas de las estrofas tradicionales castellanas. La mueve un espíritu geométrico de finura esencial, entre pascaliana y cisterciense.

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Los tres poemas toman como punto de partida un versículo de la hora de Completas que antecede a la antífona del Cántico de Simeón. En «Plegaria nocturna» el poeta utiliza el versículo utilizado los domingos y las solemnidades del tiempo pascual: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu» (Sal. 30,6). Añade una alusión finísima al versículo de los días feriales: «Guárdame, Señor, como a la niña de tus ojos» (Sal 17,8). De fondo, se escucha al cristiano en rebeldía, como gustaba JJL definirse en su juventud, dar implícita la respuesta litúrgica: «Tú, el Dios leal, nos librarás». Contrasta la confianza en la vertiente maternal con la confrontación de la paternidad divina. La voz poética adopta, con un tono crístico, la súplica angustiada de un Job exhausto que quisiera solamente acurrucarse en el silencio de Dios, arropado por su ausencia.

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Encabeza «Súplica» la cita explícita en latín de la respuesta al versículo sobre la niña de tus ojos del poema anterior. Con su traducción arranca el primer verso. Leídos en su orden –«Plegaria nocturna» y «Súplica»–, forman así un díptico, de fondo cristológico, que equivale a la oración de la hora final del día. Como se hará más frecuente en su poesía, JJL fusiona en este segundo poema el motivo de los pájaros con el rezo del oficio litúrgico –como sucede con los gorriones, a los que en Los retales del tiempo acabará llamando «monjes de observación perfecta». Construida sobre una pauta bimembre, en su pureza y su vulnerabilidad, de sabor rilkeano, el poeta implora a Dios que, como a los polluelos de alondra acogidos en el regazo de su madre en la noche, Él mismo nos mire con los ojos limpios de los pájaros cuando despertemos al fulgor de la mañana de una Nueva Creación.

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Por último, «Completas» es de una precisión tan sobria, con un sabor de gótico tardío, entre mediterráneo y bizantino, que estremece recitarlo. Su estructura métrica es tersa. Dividido también en dos partes, con un verso de remate, el metro de cada verso del terceto se duplica en el paralelo del cuarteto (12A, 7b, 10C; 12D, 7e, 10F y 7g). Me atrevería a sugerir que en los versos reflejados puede sentirse la pausa de idénticos hemistiquios (7+5, 4+3, 2+8). El verso final, el más breve, retumba en la conciencia, como si fuera el palimpsesto de la última palabra de Jesús en la Cruz («Todo está cumplido»). Tras estas «Completas», con las que se cumple el rito funerario de enjugar la jornada cotidiana, parecería oírse rodar la piedra del sepulcro con que a diario en la oración nos unimos al Señor del Mundo.

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La obra de JJL está atravesada por la inexorable pesadumbre de la muerte que nos recuerda la liviandad de nuestra existencia. Ante la injusticia ontológica con que nos amenaza la nada y que quiso combatir con su escritura, sus inadvertidas Completas procuran el viático de una palabra de amparo.

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