Memoria de Santa María, Madre de la Iglesia
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| Odigitriya, Dionís Smolensk (1482) |
Quizás
me influyen las intuiciones del psicoanálisis, aunque en un
sentido antimoderno. A través de ellas no encuentro solamente una explicación
más o menos discutible del funcionamiento de nuestro aparato psíquico. Descubro
igualmente una posibilidad de liberarnos de sus mecanismos, aun a pesar suyo. Gracias
a la dimensión espiritual que, grabada en él, lo atraviesa, además de sanar
nuestras heridas, las podemos trascender sin negarlas. Nos obliga a
enfrentarnos con nuestra condición de hijos y, por tanto, de formar familia
y no tan sólo de formar parte de una familia.
Como
es sabido, Freud convierte la figura del padre en la clave de bóveda de su
teoría psicológica. Como una boutade, podría invertirse la cita atribuida a
Camus asegurando que el psicoanálisis justifica que «contra mi padre,
con razón o sin ella». Si el autor de El hombre rebelde elegía a su
madre frente a la justicia, parecería que la justicia nos obliga
a deshacernos de nuestro padre. Es un proceso doloroso, pero imprescindible
para madurar. Ahora bien, si se puede matar al padre, ¿es posible soportar
la culpa de Orestes de matar a la madre?
Desde
Poética del monasterio percibo cada vez con más claridad que el objetivo
último del proceso revolucionario moderno no es la destrucción del padre. Su figura debe
aniquilarse no por ella misma, sino en cuanto representa el último bastión frente
al asalto a la ciudadela de la maternidad que ya ha comenzado en un nivel
político, social y tecnocientífico. La maternidad constituye nuestro fundamento
antropológico último, el que nos conecta directamente con la esperanza del
Edén. Suprimida y sustituida su función de cuidado no sólo material y moral
sino sobre todo escatológica, la hostilidad entre la serpiente y la mujer de la
que habla el Génesis (Gn 3,15) dará paso al triunfo provisional del Anticristo, mientras ella huye al desierto (Ap 12,6).
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La
mariología, como rama teológica que estudia sistemáticamente el papel de la
Virgen María en la historia de la salvación, no sólo es decisiva en términos
dogmáticos desde el Concilio de Éfeso (431), cuando fue proclamada Madre de
Dios además de Madre de Cristo. Frente a Yocasta y Clitemnestra y más allá de
Sara, madre de Isaac, María nos enfrenta tanto con los límites de nuestra fe
como con los de nuestra naturaleza.
En
términos lacanianos, Massimo Recalcati ha podido resaltar en unas páginas
bellísimas de Las manos de la madre la profunda verdad
psicológica de la maternidad de la virgen de Nazaret. Pero María nos interroga también
muy profundamente sobre nuestros sentimientos de filiación, como varones y
mujeres, con nuestras madres: las fantasías y los temores, las ansiedades y los
deseos que nos unen a a ellas desde el origen mismo de nuestra existencia.
Por
eso, en no pocas ocasiones hablar de la “Madre de Dios y madre nuestra” resulta tan difícil a causa de las
agresividades latentes que desencadena mencionar el nombre materno. Cualquier
reserva sobre los títulos que pretenden honrarla suscita la indignación de
muchos. Cualquier veneración exclusiva de su santidad – la famosa hiperdulía
– provoca el escándalo o, a lo sumo, la condescendencia de otros. Las
acusaciones cargadas de resentimiento de herejía o de idolatría
se refieren mucho más a nuestras expectativas como hijos que a la realidad maternal de
la Virgen María.
Criatura
perfecta, primicia de la Nueva Creación inaugurada por la Resurrección de su
Hijo Jesucristo, Reina de los cielos, ante ella se inclinan las legiones todas
de los ángeles. Como reproduce la oración mariana por antonomasia,
corresponde al Arcángel Gabriel transmitirnos las primeras palabras que Dios le
dirigió recogidas en el Evangelio. El original griego posee una fuerza
extraordinaria que el latín se esfuerza por capturar: χαîρε, κεχαριτωμένη (Lc
1,28). La gracia de la que está llena María viene contenida en la explosión
exclamativa del saludo. En el «alégrate», en el «regocíjate» brilla con toda
intensidad la gracia del Señor en Ella.
Querría
honrarla deteniéndome en sus silencios.
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La
voz de María resuena con especial intensidad en el evangelio de la infancia de Lucas. En tres
ocasiones la Virgen habla: en la Anunciación con Gabriel; al visitar a su prima
Isabel; y al reencontrar a su hijo Jesús en el Templo. «Fiat Verbum tuum»
(Lc 1,8); «Magnificat anima mea» (Lc 1,46), «Fili, quid fecisti nobis sic?» (Lc
2,48). María cumple así el triple oficio de todo bautizado: sacerdotal,
profético y real. Se ofrece como el altar de la Nueva Creación en la
Encarnación. Profetiza la Redención haciendo uso del adynaton, la figura
retórica por excelencia de los libros proféticos. El himno del Magnificat
eleva a María por encima de los más altos profetas del Antiguo Testamento, como Isaías
o Miriam, la hermana de Moisés. Por último, ejerce en la obediencia el poder
conferido por Dios de gobernar a su Hijo, el cual se le somete anticipándole su
Resurrección, pues, perdido, fue encontrado en medio del Templo enseñando.
Tres veces calla también en este evangelio de la infancia: ante los pastores que vienen a adorar al Niño; ante las profecías de Simeón y Ana tras la Presentación; ante la respuesta de su Hijo recuperado en Jerusalén.
Lo
silencios de María son la escuela de la oración cristiana. Si Cristo, «aun
siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer» (Heb 5,8), también María, siendo
Madre, aprendió, sufriendo, a obedecer. ¿A qué aprendió? A ir desprendiéndose de
su Hijo, a ofrecerlo como Hostia santa a la comunidad de sus discípulos. Era
así como, desde el principio, «Jesús iba creciendo en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los
hombres» (Lc 2,52).
Desde
el Nacimiento los silencios tallan el corazón de María como el sagrario donde
meditar la vida de Jesús. En la traducción de la Vulgata casi se repite en
idénticos términos su actitud: «Maria conservabat omnia verba (haec conferens)
in corde suo» (Lc 2,19.51). El original griego introduce, sin embargo, unos
matices preci(o)sos. Tras la visita de los pastores, María «atesoraba» (συνετήρει)
estas «palabras» —no simplemente estas «cosas», estos «acontecimientos»—
«meditadas» o «recogidas» (συμβάλλουσα) en su corazón. Al volver de Jerusalén,
las «guardaba» (διετήρει).
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Durante
la vida pública de Jesús la presencia de María desaparece prácticamente de la escena tras su participación decisiva en la boda de Canaá (Jn 2,3-5). En los sinópticos apenas se
la menciona en un par de ocasiones mas. Muchos exegetas han
intentado interpretado estos pasajes bajo la presión del tabú inconsciente, y por tanto ambivalente, del
«amor de madre» («con razón o sin ella», «a una madre un buen hijo no le da disgustos»,
etc.).
En ambos casos, tanto como respuesta a la mujer que declara dichosos el vientre que lo
llevó y los pechos que lo amamantaron (Lc 11,27) como frente al aviso de que su
madre y sus hermanos lo buscan (Lc 8,19), Jesús aprovecha para insistir en una de
sus enseñanzas más radicales: el concepto de familia se sitúa en un
nuevo plano que desafía tanto nuestras concepciones de la familia natural como de la religiosa.
No son los vínculos según la carne, que engloban tanto lo biológico como
lo moral y lo psicológico, sino según el espíritu los que determinan entonces
la pertenencia a la ecclesia como Cuerpo místico de Cristo. Es la de
Jesús una predicación tan provocadora que «los de su alrededor» (οί παρ’ αύτοû) —no exactamente «su familia», como suele traducirse— salieron a buscarlo porque «decían
que estaba fuera de sí» (Mc 3,21).
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La pedagogía de la maternidad de María se completa al pie de la Cruz. Normalmente se interpreta que Jesús, a punto de expirar, se ocupa de que su madre no se quede sola, entregándola al cuidado del discípulo amado. Medito el pasaje y creo que sucede al contrario. A punto de entregarse en manos del Padre, Jesús pide a su Madre un último de acto de fe. Ante el abismo insondable de la muerte, Jesús le encomienda la plenitud de su maternidad: cuidar de su Iglesia representada por aquel discípulo. Por eso, desde aquella hora este se apresuró a recibirla como algo suyo (Jn 19,27). Sin Ella, ¿cómo podría perseverar unánime en la oración? (Hchs 1,14). Con su silencio final, desprendida ya de todo, vaciada de sí hasta el extremo, María engendró nuestra fe en la Resurrección. ¿Acaso, durante el Sábado Santo, no fue meditando en su corazón la palabra definitiva por llegar: Χαίρετε (Mt. 28,9)?
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«Fue, pues, la bienaventurada Virgen María fuerte en el propósito, templada en el silencio, prudente en la interrogación, justa en la confesión. Por tanto, con estas cuatro columnas y las tres de la fe trinitaria construyó en ella la Sabiduría celestial una casa para sí. […] También nosotros, si queremos ser hechos casa de esta sabiduría, debemos tallar en nosotros las mismas siete columnas, esto es, nos debemos preparar para ella con la fe y las costumbres.»
(S. Bernardo de Claraval, Sermón sobre la Casa de la Divina Sabiduría, que es la Virgen María).
«En ti misericordia, en ti clemencia,
en ti magnificencia, en ti se aduna
cuánta bondad sumó la humana herencia.»
(Dante, Divina Comedia, Par. XXXIII, 19-21)
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