sábado, 21 de octubre de 2023

Secretos, cronoclastas y conservadores

 

Memoria de S. Hilarión, abad

 




Hace poco me decía Álvaro Petit que Anti(pos)modernos españoles le parecía una propuesta estética que mostraba una militancia política pero no partidista. En efecto, no quiere reducirse a un tratadito de estética conservadora. Aunque sea una apuesta conservadora, rehúye todo tipo de clasificaciones y etiquetas. En el prólogo se dice que quiere ser a la vez un “opúsculo” y un “libelo”. Tal vez se haya convertido también ex post facto en un “prontuario”: una obrilla polémica que anota brevemente diversas cuestiones que deberían ser tratadas con más detenimiento en una obra posterior.

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Anti(pos)modernos españoles no pretende ofrecer un canon de la literatura conservadora española del siglo XX. Sería incompleto. Sin embargo, apunta una muestra alternativa que no complementa la oficial, sino que, no obviando sus tensiones ideológicas, intenta liberarlo de una polarización que lo condene a un ostracismo sectario. Ni todos los autores comparten las mismas ideas políticas, ni todos ellos se ajustan un credo religioso único. Omite cualquier taxonomía por promociones o grupos, a fin de resaltar un espacio geográfico y político común que atraviesa la península de cabo a rabo. Ese diálogo mantiene vivo el fuego que alimenta la actitud anti(pos)moderna acogiéndose a unas libertades que no tienen temor en inspirarse en la tradición sin quedar apresada en ella. Experimentan con ella, crean con ella y gracias a ella. En ese sentido atribuyo a todos esos autores la categoría de cronoclastas: rompen con la idea de progreso entendida en un sentido teleológico, como ley historicista a la que la estética también debería estar sometida.

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Anti(pos)modernos españoles procura sorprender al lector eligiendo el género en principio con el que menos se identificaría su crítica de la posmodernidad. Trata así también de profundizar en los motivos que forman otra categoría básica de análisis del libro: su condición secreta. Al invocar, por ejemplo, a Jiménez Lozano la poesía, no el ensayismo o el diarismo, orienta la búsqueda. Al recordar a Luis Rosales, no la poesía, sino su ensayismo. De Pemán, en vez del articulismo, su teatro.

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Advierto a posteriori que el libro se acaba con mi generación. ¿Se debe acaso esta ausencia al ombliguismo generacional al que nadie parece inmune? Pudiera ser, aunque también podría deberse a otra causa. La generación que ha precedido a la mía ha sido y sigue siendo todavía tan omnipresente – tan asfixiante e implacable – que, por un lado, me parecería casi hasta inmoral atreverme a enseñar a quienes alcanzan ahora su madurez cómo deben leerse. Al mismo tiempo, siento que, tan engolfada en sí misma, la mía no puede permitirse abdicar de una responsabilidad: la de transmitir una manera suya de leer el pasado en el que ya está entrando. ¿Quién sabe si tendré el valor y la fuerza para compensar esta ausencia siguiendo con un proyecto en germen, juanrramoniano, que me gustaría titular Españoles de tres submundos?  

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En este blog he dejado constancia de haberme dedicado a meditar el Eclesiastés durante un par de años, recién cumplida la cincuentena. Con insistencia me detengo en dos de sus pasajes: “Lo torcido no se puede enderezar, / lo que falta no se puede calcular” y “Anda, come tu pan con alegría y bebe contento tu vino, porque Dios ya ha aceptado tus obras. Lleva siempre vestidos blancos y disfruta de la vida con la mujer que amas, mientras dure esta vana existencia que te ha sido concedida bajo el sol. Esa es tu parte en la vida y en los afanes con que te afanas bajo el sol”. Ojalá supiera de veras aplicarme un programa tan conservador y sensato. Más que pesimista, contra toda evidencia, debería aprender a sostener una serenidad con las gotas de un escepticismo (sobre)naturalísimo.

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miércoles, 18 de octubre de 2023

La moneda del monje

 

Fiesta de S. Lucas, evg.

 

San Pablo Ermitaño,
José de Ribera (1640)

En cierta ocasión un amigo me comentó que le había impresionado un pasaje de Poética del monasterio en que se recordaba que la celda de S. Pablo, ermitaño, estaba instalada en un antiguo taller de falsa moneda. La vida secreta del primer monje estaba envuelta en un aire de clandestinidad que había deslumbrado a S. Antonio, abad. Habiéndome propuesto leer las Colaciones de Juan Casiano de principio a fin, caigo en la paradójica cuenta de que la vida monacal está atravesada, desde sus orígenes, por una disyuntiva económica muy evangélica. “Non potestis servire Deo et mammonae” (Lc 16, 13).  

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Pablo, el ermitaño, apartado al fondo de una cueva oscurísima, rezaba donde se había falsificado moneda. El abad Antonio se había convertido escuchando la admonición de Jesús al joven rico: “omnia, quaecumque habes, vende et da pauperibus et habebis thesaurum in coelo: et veni, sequere me” (Lc 18,22). En la primera Colación, desde el desierto de Escete, el abad Moisés recomienda que “lleguemos a ser, según el precepto del Señor, hábiles cambistas” si el monje desea realmente alcanzar la contemplación continua. La vida monástica se asemejaría, pues, a la parábola de los talentos: “Negotiamini, dum venio” (Lc 19,13).

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Dice Casiano: “La habilidad de los cambistas consiste en distinguir el oro puro del que no ha sido purificado de igual suerte en el crisol”. A continuación, enumera cuatro posibilidades que obligan al monje a discernir sobre la naturaleza de la moneda de sus pensamientos. Hay una moneda falsa, sin duda, como la hay “fingida” o sin valor real de cambio. También hay una moneda dañada e incluso puede estar devaluada. Cuando al final del primer ciclo de Colaciones el abad Isaac y sus interlocutores conversen sobre la oración, llamará la atención que se subraye que todas las prácticas monacales, y hasta los ejercicios más extremos de austeridad son nada, si no se mantiene el corazón puro en la recta doctrina.

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Falso dinero son las reflexiones que seducen por el brillo de un lenguaje en el que se complacen ciertos filósofos y que conducen, en su aparente inocuidad, a la miseria más absoluta. También falsifican su valor todas esas prácticas que, en su apariencia piadosa, no se ajustan al cuño auténtico que timbra la tradición. Devaluadas, es decir, que han perdido su peso, son aquellas piezas que, “por la herrumbre de la vanidad”, no se ajustan en verdad al patrón antiguo, aunque aparenten reproducirlo. Dañada es, por último, la moneda que emplea la Sagrada Escritura para imprimir en ella interpretaciones que se desvían de su sentido fiel: “no es la imagen del rey verdadero la que se halla grabado allí, sino la del usurpador”.

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Medito estas páginas de Casiano, admirado. Siguen describiendo con una exactitud pasmosa no pocos y principales peligros actuales. En cada una de esas monedas se descubren sin esfuerzo las más variadas divisas que circulan hoy con toda naturalidad. Emitidas hasta por el banco central, las operaciones de especulación financiera que la (pos)Modernidad ha puesto a disposición de nuestra contabilidad espiritual permanecen al descubierto en las secretas celdas de la espiritualidad monástica. ¿Acaso no pasan por nuestra mano diariamente esos billetes con los que algunos negocian sin demasiado escrúpulos, mientras muchos nos conformamos con evitar que caigan en nuestras manos o con deshacernos de ellos lo más rápido posible, advirtiendo sin demasiada confianza sobre el engaño que supone reconocerles curso legal?

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Acostumbro a recordar el fundamento escatológico de la vida monástica que venero y que no sigo. Bajando los ojos, vuelvo a leer: “Viendo el anciano la admiración que nos causaban estas palabras, prosiguió diciendo: el fin último de nuestra profesión es el reino de Dios o reino de los cielos, es cierto; pero nuestro blanco, o sea, nuestro objetivo inmediato es la pureza del corazón”.

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domingo, 1 de octubre de 2023

Anti(pos)modernos españoles

 

Memoria de Sta. Teresa del Niño Jesús, v. y dra.

 



Anti(pos)modernos españoles, mi nuevo ensayo que acaba de aparecer en la Editorial Sindéresis, intenta trazar algunas líneas alternativas de nuestro pensamiento literario contemporáneo. Entrando en debate con la conocida obra de Antoine Compagnon, sus capítulos recogen el perfil de ensayistas, narradores y poetas cuya posición política y estética desafía las etiquetas ideológicas más rígidas. La nómina incompleta y personal seleccionada muestra la riqueza «conservadora», «secreta» y «cronoclasta» de una reflexión que ha puesto en jaque la asociación de modernidad y progreso en nombre también de la libertad y la tradición. Aunque los nombres de Ángel Ganivet, Wenceslao Fernández Flórez, Rafael Sánchez-Mazas, José María Pemán, Juan Ramón Masoliver, Julián Ayesta, Luis Rosales, Álvaro Cunqueiro, Ramón Gaya, José Jiménez Lozano, Miguel d’Ors, Julio Martínez Mesanza, Juan Manuel de Prada y Enrique García-Máiquez no agotan un panorama amplio y complejo, bastan para representar unos principios y unas virtudes artísticas y morales que han forjado una parte sustancial de la personalidad histórica y cultural de España en el último siglo.

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No responde este volumen al género estricto de un ensayo académico y, sin embargo, tampoco se conforma con adaptar el recurso de la antología de artículos. Anti(pos)modernos españoles es un croquis por donde respiran maneras de escribir la realidad histórica y de leer las experiencias del tiempo que aquella ha logrado crear. Quisiera ser tomado simplemente por un opúsculo o, como mucho, por un libelo.

Suele definirse el primero como una obra científica o literaria de poca extensión. La obra científica puede ser literaria por una cuestión de estilo. Aunque no practique las archinormas genéricas con que los códigos universitarios actuales han logrado aherrojarla, la obra científica también debería volver a ser literaria por un diseño de construcción que la singularice, sea cual sea su modalidad o su alcance.

El opúsculo guarda así un trasfondo que limita con el libelo, tanto por su condición de libro pequeño como además por la de escrito que infama a alguien o algo. De modo indirecto y breve, el nuestro denigra que se denigre por defecto unos modos de hacer literatura. En su heterogeneidad política, social y cultural han experimentado a fondo con no pocos de los artificios imaginativos que, al delinear una parte sustancial y olvidada de su memoria sentimental, forman parte de la historia literaria y crítica española. Su brevedad esquemática ojalá consiga mantener el tono de una polémica matizada.

Etimológicamente, preliminar remite a un umbral en el momento previo a que alguien lo traspase. Sin embargo, entrar en una casa no es simplemente desplazarse de un espacio a otro, de un afuera a un adentro. Dijo Gaston Bachelard: “El hombre es el ser entreabierto”. Añadió que nuestra vida es el relato de las puertas que se abren y de las que se cierran y de las que quisiéramos volver a abrir. En el trazado de ese límite, donde se asoman los autores que se propone estudiar, desean moverse estas páginas.

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Con este breviario abro un nuevo itinerario. No abandono el monasterio. Me inclino sobre el escritorio y me pongo a rumiar en odres viejos vino nuevo, o al revés. No dejo de meditar si no debiera mantenerme en silencio evitando la tentación polígrafa. Me consuelo – o lo intento- con que en el principio era la Palabra y no el Silencio. Sin la Palabra no podríamos descansar en el Silencio. Nos rodearía el rumor ensordecedor del Caos o el eco vacío de la Nada a la espera de que el Espíritu creador diese razón de ellos. La verdad de todo libro llega después, en el silencio que sus palabras han podido engendrar. Tras los autores de Anti(pos)modernos españoles late, secreta y cronoclasta, la sombra de mi conservadurismo: la lectura como espacio paradisiaco.

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