sábado, 18 de julio de 2026

Qui habitat

 

Memoria de san Arnulfo de Metz, ob.




He retrasado unos meses la lectura de Iluminados con una gloria oculta. Este libro todavía no traducido al español recoge las predicaciones cuaresmales que el obispo noruego Erik Varden impartió al Papa y la Curia Romana al inicio de la última Cuaresma. Confieso que me supo tanto a ceniza el revuelo que generó su celebración que preferí poner distancia en su momento con los contenidos que se apresuraban a reproducir los medios y las redes sociales. Ante las caras de circunstancias del Papa y sus colaboradores, no pude evitar el sentimiento desolador de estar observando una turba que se arremolinase ante las puertas de un espectáculo, forcejeando por entrar o al menos por no perder detalle. Por utilizar una analogía monástica, parecíamos giróvagos entregados, bajo una excusa loable, a la vana curiosidad. Al irse disolviendo los ecos de la fiesta, ha llegado el momento de romper mi ayuno para practicar la oración silenciosa de una reseña que ojalá no resulte sarabaíta.

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Dom Varden ha construido sus predicaciones al principio de Cuaresma de 2026 en el Vaticano sobre la pauta de las homilías en torno al Salmo 90 Qui habitat que san Bernardo pronunció en la abadía de Claraval durante la vigila de la Pascua de 1139. De acuerdo con la tradición cisterciense, Varden emplea como fuente escrituraria el texto del tractus gregoriano que se emplea como antífona de la lectura del Evangelio del Miércoles de Ceniza. Un canto de doce minutos de duración, que hoy en la práctica sólo se entona en algunos monasterios, antecede así a la proclamación de las tentaciones de Jesús en el desierto. Como mis lectores pueden sospechar, hice un alto para oírlo. Enseguida caí en la cuenta de que no bastaba con escucharlo una, dos, tres veces. Exigía esperar con paciencia, aunque no se llegue a adivinarla, la centella de eternidad que atraviesa escondida sus melismas. Cabía leerlo, meditarlo, orarlo

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Tomado del Graduale romano, el tracto no coincide exactamente con la versión de la Vulgata, ni con la mayoría de las traducciones vernáculas derivadas o no de ella. En estas el salmo, que se lee en las Completas de las segundas vísperas del Domingo y fiestas, adopta un sentido alegórico y moral que se vuelve anagógico en el tracto. En él la protección del Señor se desvía de los términos metafóricos de una campaña militar presentes en las otras traducciones. Ni la peste, ni la epidemia, ni la plaga asedian el campamento, ni veremos el castigo de los malvados acechantes. Ni tan siquiera los ángeles que protegen nuestros caminos son exactamente legiones de apoyo. Depurado en su esencia, el refugio que ofrece el Señor pone a salvo, sí, de la saeta que vuela de día tanto como del temor que asalta de noche; de las ocupaciones (negotio) que nos atarean en la oscuridad y de la ruina que la inquietud del mediodía (daemonio meridiano) atrae sobre nosotros.

La delicadeza poética de todo el tracto se apoya en una precisión retórica que encuentra su paralelo en la exactitud de la estructura de su monodia. No se trata sólo de las paranomasias, paralelismos, aliteraciones, derivaciones o quiasmos tanto sintácticos como léxicos que lo modelan. Todo él se articula como un diálogo encabalgado en el juego de sus deícticos. El salmista da la palabra al yo del justo cuya súplica el yo del Señor atiende y responde al final. Entre ellas él se dirige y acompaña al de su hermano. Por su propia composición se comprenderá la necesidad de alterar la división canónica de los versículos. No por razones menores, como hemos visto, sustrae los correspondientes 8, 9 y 10.

A la vista de estas razones, entre otras, invito al lector interesado a que lea, medite y ore el salmo 90 como entrada al libro de Dom Erik a través del enlace que encabeza esta entrada.

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Erik Varden sigue a la vez muy fiel y libre tanto el comentario de san Bernardo como el texto del tracto, obrando cómo la literatura monástica anima a hacer. De los once capítulos/predicaciones de su libro, los seis centrales se dedican a comentar los versículos 1.3-7.15.11.13. Los enmarcan dos capítulos dedicados a san Bernardo: uno que presenta su figura; otro, desdoblado, que muestra su actualidad mística. Mientras que el abad de Claraval se dirigía a sus monjes, Dom Varden se dirige al Vicario de Cristo y a sus colaboradores, como también hizo aquel en su famosísimo De Consideratione. San Bernardo llamaba a sus monjes a la conversión y, sobre todo, mediante el topos agustiniano que da título al conjunto, a poner sus ojos en el Cristo glorioso que se manifiesta ocultamente en la Cruz. Dom Varden teje sobre esta trama un dibujo muy fino en diversos niveles que debe contemplarse con atención y a una cierta distancia…

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No es casual que el primero de esos capítulos claravalenses se haya titulado «San Bernardo idealista» y el segundo «San Bernardo realista». Presentan a san Bernardo como un hombre que, aun sin doblez, debe aprender a asumir sus contradicciones. No se traza una hagiografía, sino que, en un sentido cisterciense, se va descubriendo cómo la santidad se forja en un proceso continuo, cuaresmal, de conversión. La complejidad de la personalidad del abad de Claraval trasluce un afán de sencillez en absoluto impostada. La tensión entre la intransigencia de sus principios y su evolución hacia una profunda comprensión de la debilidad humana permiten descubrir entre líneas, con reverencia filial, una serie de consideraciones que Varden recuerda al Papa sobre cuestiones de la doctrina, la liturgia o la cultura católicas desde la mirada monástica a cuya tradición pertenece. Más allá de ellas y por debajo creo percibir asimismo una inquietud íntima suya. Si el objetivo de estas meditaciones se redujese a las reflexiones mencionadas, su retiro cumpliría simplemente una función piadosa y edificante. Habría dejado sin cumplir un parte nuclear del espíritu del Císter que esperaría de él el perfil de san Bernardo aquí esbozado. Literalmente lego, disculpen que intente explicar mi atrevimiento…

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A través de sus páginas Varden insiste que la conversión cristiana no se limita simplemente a la vertiente moral del ser humano, sino que incluye también su dimensión intelectiva. La metanoia lo transforma por completo, en su unidad afectiva e intelectual. Este camino es escatológico. El hombre nuevo sólo puede recuperar en Cristo su semejanza con Dios, perdida por el pecado. La persona de Jesús es nuestra imagen perfecta querida por Dios y manifestada en su doble naturaleza. Por ello, delante de la Cruz el creyente descubre la gloria de la Resurrección que cumple y comunica nuestra esperanza más profunda.

Según la doctrina monástica, el plano natural, por más escondido que parezca, está ya transfigurado sobrenaturalmente. La vida del monje nos consuela entonces recordando que nuestra vida consiste en caer y volver a levantarse una y otra vez, sin desfallecer y sin desesperar, porque sabemos que contamos con la gracia de Nuestro Señor.

Con una naturalidad sorprendente en la teología de los últimos sesenta años, es plenamente coherente que Varden desarrolle un discurso sobre el papel que juegan los demonios y los ángeles en la economía de la salvación. La búsqueda de la verdad es inseparable de la liturgia, pues en ella se revela el misterio redentor de Cristo. Custodio de la santidad y cantor de Dios, el ángel es un modelo de la vida monástica no sólo «por su finalidad de alabanza, sino también porque el monje está llamado a inflamarse con el amor de Dios y a convertirse en un emisario para los otros». El monje nos invita a penetrar en la verdad que guarda la fe contemplando lo absoluto real con que Dios mismo se nos ofrece, como en la celebración de la Eucaristía.  Insiste Varden: «La iluminación es siempre doble: intelectual y esencial, sacramental y pedagógica». En su silencio y su soledad, el monje permanece vela en nombre de todos sus hermanos, esperando por ellos y con ellos la manifestación última de la gloria de Jesucristo.

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Como es lógico, Varden en sus sucesivas predicaciones presenta ante el Papa las inquietudes de la Iglesia, desde los casos de abusos hasta la búsqueda espiritual de la juventud. Por razón de su ministerio el Papa debe cargarlas sobre sí para ejercer con dignidad su oficio de enseñar, santificar y gobernar. He ahí, entre líneas, donde creo adivinar que Dom Erik incluye su propia y personalísima preocupación. La humildad de la llamada a la conversión que ha predicado y que le ha conducido a considerar y proponer la vida del Padre Bernardo, a cuya luz invita a sus interlocutores a que mediten las suyas, lleva consigo poner también la de él bajo el foco del abad de Claraval y ante la mirada atenta del Vicario de Cristo.

Como san Bernardo, Dom Erik es monje y ha sido abad. Como él y hasta con más radicalidad, requerido aquí y allí, se ha visto obligado a dejar los muros de su claustro. Como él, también debe de preguntarse por los sorprendentes caminos con que Dios conduce su vocación, en medio de sus aciertos y de sus caídas. Como monje, con el ejemplo de san Bernardo, puede dirigirse al Papa, un religioso agustino y no un cisterciense como Eugenio III. Pero, ¿qué autoridad puede blandir como obispo? ¿No debería presentarse ante la mirada de Bernardo y, por extensión, ante la del Vicario de Cristo? ¿No debe él mismo meditar, con el Salmo 90, cómo Dios lo libera del lazo del cazador y de la palabra amarga? ¿No debe también afrontar el temor de la noche, combatir la vanagloria y la ambición y sospechar de la virtud complaciente del demonio meridiano? ¿No necesita como el agua de un oasis, como él los llama, el rigor, la claridad y la belleza al expresar la verdad que le ha sido confiada predicar? ¿No es preciso abajarse para que, como en la visión de san Bernardo, Cristo mismo llegue a inclinarse para alzarlo y abrazarlo?

Tengo para mí que esa búsqueda culmina en el capítulo sobre la consideración. Tras exponer las líneas maestras del opúsculo mayor de San Bernardo dirigido al Papa Eugenio, se dirige a una obrita en apariencia menor: la Vida de San Malaquías, sobre un famoso obispo irlandés, el cual, de camino a Roma, vio cumplido su deseo de acabar sus días en el monasterio de su gran amigo el santo abad. En Malaquías, como en un juego de espejos y reflejos indirectos y discretos con Eugenio y Bernardo y León, Dom Erik encuentra un ejemplo de moderación episcopal y de alegría amical que le confirman que «un oficio considerado con sabiduría, asumido entonces en el nombre de Jesús, llevado en el amor de Jesús, puede convertirse en un instrumento de salvación y santificación para quien carga con él y para la multitud que Dios, de este modo, se digna visitar con su bondad». ¿Puede sorprender que Dom Erik, aliviado, tras citar a san Bernardo, exclame como cierre: «Considerar, pues, es consolador»?

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A la espera de la traducción castellana, ¿guarda algún sentido debatir si la versión inglesa o la italiana es la «original»? En cuanto libro, la respuesta es indudable: lo es la inglesa, en la que Dom Erik redactó sus consideraciones. La versión italiana es cuidada y mantiene una elegancia accesible. Sin embargo, es imposible que transparente no sólo el preciso dominio del inglés que el autor posee, sino esa aspereza nórdica de su base de articulación, tan idiosincrática de su cuidadísima dicción oxbridge. Ahora bien, la traducción italiana ofrece un valioso testimonio de la comunicación entre dos anglófonos, herederos espirituales de dos de los más grandes Padres latinos: en la lengua semioficial de la Iglesia, un monje y obispo, que reivindica y practica la actualidad de un legado casi bimilenario, se esfuerza por dirigir su predicación al Sucesor de Pedro.

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Tras esta larguísima reseña, de vuelta al principio, también me planteo si las consideraciones que acabo de exponer no son sino vaciedad y caza de viento. Stilnovista claravalense, como me defino, no he recibido la vocación monástica. Neomonacal quizás, como aquellos escritores franceses finiseculares, me acojo a una tradición que, con un eco de san J. H. Newman, Henri de Lubac ponía en valor poco antes del Concilio Vaticano II. En la contracubierta de la edición italiana se cita una frase del libro de Varden en que asegura que, frente a una cristología radical y realista, se disolverán las pretensiones mendaces de verdad. En su interior, siguen a estas otras palabras bajo cuyas alas quisiera refugiarme cubriéndome con sus plumas:


Estamos tentados de pensar que quizás debiéramos seguir el paso de las modas del mundo. Diría que es un proceder dudoso. La Iglesia es un cuerpo que se mueve lentamente: correría el riesgo de vestirse fuera de temporada y de explicarse con la jerga de ayer. Si la Iglesia habla bien su propio lenguaje, aquel de la Biblia y de la liturgia, de sus mismos Padres y de sus mismas Madres, de sus poetas y santos, que aún nacen, permanecerá capaz de enunciar las verdades perennes noviter. Será original y fresca, y podrá hoy, como en el pasado, orientar la cultura.

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