Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
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| Ecce homo, Juan de Juanes (1570) |
En la entrada anterior meditaba la maternidad de María mediante sus silencios. María, modelo de orante, eleva su súplica como el altar de la Nueva Creación. Sobre él las notas de una música callada inciensan una obediencia perfecta.
Con
una madre la relación siempre se liga al origen, biológico y/o emocional, de
nuestra existencia. Con ella y en ella celebramos nuestra posibilidad más
íntima de ser. Pero ¿cómo disputar y reconciliarnos con un hermano?
Según
Freud, la clave de nuestros conflictos psíquicos se articula en los vínculos
intergeneracionales. En cambio, para René Girard, nuestro deseo mimético brota
de la rivalidad intrageneracional. A la ansiedad de castración de Moisés y
Edipo le suceden los celos y las envidias de los hermanos: Caín y Abel,
Eteocles y Polinices. Al fondo, llenas de una fuerza indomable, perseveran en
una piedad extrema Antígona y Electra.
Decía
en aquella entrada que el objetivo último de la Revolución moderna busca, a
través de la extinción paterna, apoderarse de la figura materna. A través de la
industrialización de la maternidad, convertida en una «experiencia», triunfa primero
el «hijo único» y, a continuación, su sustitución por las mascotas.
Un
hermano siempre transmite un secreto de nuestros padres. Nos atormenta tanto
como parece exigirnos su custodia. La pregunta de Caín y de Judas es el síntoma
de una impotencia vencida: «¿Soy yo acaso…?». El hermano es el «yo» que jamás
hemos llegado a ser. Para bien y para mal. Arrebatado, ¿quién nos recordará de
dónde venimos?
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Primogénito
y Unigénito, Jesucristo es el hermano mayor que nos transmite, por adopción, la
herencia de la filiación divina. No somos hijos de Dios y, por consiguiente,
hermanos entre nosotros simplemente por haber sido creados a su imagen y
semejanza. Como criaturas suyas, tan sólo podríamos atrevernos a llamarle «Señor»:
«Dijo el Señor a mi Señor» (Sal 110). Por medio del Bautismo, revistiéndonos de
Cristo, podemos entonces exclamar: «Abba» y reconocer en Él el sentido de
nuestra fraternidad. Por ello, la pregunta clave de todo el Evangelio es una
respuesta a nuestro permanente interrogante. En «¿Quién decís que soy yo?» (Mt
13,15) se contiene el misterio de su Tú. Esta es el abismo insalvable entre
Jesús y Sócrates.
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En
los evangelios encontramos no pocas escenas en que Jesús se resiste a hablar o
decide no responder a sus interlocutores. Los exegetas se han esforzado en
explicar las perplejidades que suscitaba esta actitud, pues forma parte de su
enseñanza que rehusase replicar en momentos puntuales a los escribas y fariseos
que no cesaban de tentarle, que se desentendiese de los gritos de la cananea o
que difiriese la contestación a la llamada angustiada de Marta y María en la
agonía de su hermano, o que incluso se retrajese de su propia familia.
No
se trata de que Jesús se retirase solo a orar. En su vida cultiva unos
silencios irreductibles a interpretación, de absoluta libertad, que alcanzan su
máxima densidad durante la Pasión. Son silencios que no preceden a la palabra,
sino que la propia Palabra abre para que pueda ser escuchada.
En
estos silencios se pudiera distinguir entre cuando no responde y cuando, en el
sentido más hondo, calla.
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En
mi juventud siempre me impresionaba mucho el pasaje en que, a la salida de la
casa del Sumo Sacerdote, Jesús, girándose hacia Pedro, lo miró a fondo (ένέβεψεν)
(Lc 22,61). Esa mirada, que no contenía ya ni reproche ni lamento, atestiguaba
simplemente la fuerza performativa de la profecía que unas horas antes le había
dirigido. Muchas veces he corrido a refugiarme en el lloro amargo de Pedro para
evitar la meditación de ese instante escatológico en que seremos juzgados según
la ley de la gracia y del amor que nadie puede resistir y en el que Pedro quedó
suspendido en una eternidad, sin embargo, vencida.
Con
los años otro verbo ha captado mi atención. Ante los falsos testimonios levantados
contra Él, el Sumo sacerdote inquiere a Jesús para que se defienda. Mateo y Marcos
dicen que estaba callado, que permanecía en silencio o, como incluso se ha
llegado a traducir, que mantenía la calma o la paz (έσιώπα). A diferencia de
Mateo (Mt 25,63) y como si le quemase la palabra, Marcos se apresura a añadir
que «y no respondía» (Mc 14,61).
Solo
este silencio llevado al extremo es capaz de provocar la pregunta definitiva,
aquella ante la que es imposible permanece indiferente: «Te conjuro por el Dios
vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 26,63).
Como con cualquier otro hombre, sería asumible, y descartable, cualquier respuesta
de Jesus explicando qué enseña, qué hace o incluso qué es. Lo escandaloso
y aterrador se agazapa tras la pregunta: «¿Quién eres?». Sus palabras abren
el abismo infranqueable y performativo de un silencio expectante que ni los
gritos de su condena podrán apagar hasta el final de los tiempos: «Tú los has
dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la
derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo» (Mt 26,64).
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