Memoria de S. Pablo Ermitaño, mj.
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| Creación del hombre, Giotto (1300) |
Tras haber leído durante los
últimos tres meses los sermones
de san Bernardo al Cantar de los Cantares,
estas Navidades me he entregado a otra lectura cisterciense que tenía pendiente
desde hacía muchos años y a la que la reciente publicación de la tesis doctoral
Las
figuras del amar del P. Luis Javier García-Lomas,
OSB, me empujaba con vehemencia. Entre la producción de Guillermo de
Saint-Thierry (1075-1148), el primer biógrafo del abad de Claraval, me he
detenido con especial atención en su opúsculo Naturaleza del cuerpo y del alma.
Me ha atraído por razones espirituales menos dialécticas que gramaticales, más
escatológicas que morales.
Podrá reprocharme quien tenga la
paciencia de ojear estas líneas que el mío no es un interés estrictamente
teológico. Quizás cuente con motivos fundados en cuanto al concepto de su
discurso. Quisiera creer que no tantos en cuanto a su sustancia. El logos
monástico sobre Dios es antes imaginario que racional. Glorioso por
su renuncia someter a juicio la Palabra divina, se esfuerza por hacer de la
suya una glosa humana que acaricie los rugosos pliegues de la Verdad.
***
En su comentario filosófico, que
traza un arco entre la obra del abad Saint-Thierry y la fenomenología francesa
más reciente – la de Jean-Luc Marion y Jean-Louis Chrétien, especialmente – el
P. García-Lomas se dirigía directamente a la parte final del tratadito que nos
ocupa. Su interés se centraba sobre todo en resaltar que la dignidad del hombre
se fundamenta, aunque sea por participación, en la imagen de la Trinidad grabada
en su alma. Tema mayor del pensamiento monástico y una de sus grandes
aportaciones teológicas, la relación personal del hombre como criatura con Dios
Creador se basa en su hechura a imagen y semejanza.
Ni la Caída ni la Redención son
comprensibles sin el horizonte edénico. La Jerusalén celestial, de la cual el
monasterio como comunidad de alabanza es su figura terrena, es la plenitud de
la contemplación divina: la Resurrección. El hombre espera en ella, por la fe y
mediante la caridad, la theosis definitiva.
Con discreción, el P. Javier García-Lomas
esquivaba la primera parte dedicada, en apariencia, a elaborar un manual de
fisiología medieval. Los estudiosos de Guillermo resaltan que sus fuentes
pueden rastrearse en san Gregorio de Nisa, en el filósofo Nemesio de Emesa y, por
encima de todo, en el médico contemporáneo Constantino el Africano. Mediante
ellas nuestro autor desarrollaba las bases de una antropología cisterciense.
Pero de nuevo me asalta la pregunta sobre
el tipo de ciencia que no sólo estudiaba, sino que meditaba; que no sólo
comprendía, sino que contemplaba.
***
En el Prólogo Guillermo
tomaba como principio de su exposición el oráculo socrático de conocerse a sí
mismo, aunque dándole un sorprendente giro. Ajeno a la curiosidad filosófica, proponía
indagar el adentro del hombre guiado por la gracia y no sólo a través del
entendimiento. Concibe la naturaleza humana como un microcosmos, de modo que es
posible descubrir en su propio interior una estructura semejante: así, el alma también
como microcosmos del cuerpo. Un misterioso cauce, cuya fuente emana de la
Trinidad, sostiene la unidad de la Creación entera. A través de lo visible – el
cuerpo – podemos remontarnos a lo invisible: primero al alma con la que forma
una realidad única y después a la Trinidad con la que no se confunde, pero
de la que recibe su ser. Lo específico de cuerpo y alma depende de la
naturaleza superior a cada uno de ellos, pero la estructura circunstancial singular
despliega un dinamismo que acomuna a ambos.
***
La primera parte dedicada al
cuerpo humano se presenta entonces no como un simple manual de fisiología, sino
como un tratado de fisiología simbólica. Los cuatro elementos, los
cuatro humores y las cuatro facultades del organismo (apetitiva, retentiva,
digestiva y expulsiva); los tres espíritus (animal, natural y espiritual) y los
tres órganos (hígado, corazón y cerebro); los cinco sentidos y las cuatro
edades; todos ellos no sólo contribuyen al funcionamiento del cuerpo humano,
sino que forman un tejido de relaciones entre ellos y con los otros. Se entrecruzan
y se desdoblan, se distancian y se aproximan, se emparejan y se oponen, se
desquician y se equilibran. Es preciso observar todos estos movimientos no como
el ejercicio de una fantasía meramente reactiva, fruto del conocimiento
limitado de la «ciencia» de su época.
La argumentación de Guillermo constituye,
por encima de todo, una indagación sobre la estructura reticular de nuestra
naturaleza. Si no se profundiza en sus armónicos, con una inocencia también
simbólica y sin ninguna ilustrada intención de piedad, tal vez se incurra
en la ingenuidad de un cientifismo desencantado. Sería entonces imposible
entender su definición del alma por analogía con el escultor: “así Dios, autor
de la naturaleza y creador del cuerpo y del ama, forma al hombre a su imagen y semejanza,
primero de un modo más oscuro, y después consuma la obra de un modo más
transparente”.
Cabe repetir que sólo así es posible
llegar entender las sutiles correspondencias que Guillermo traza entre los cuatro
elementos y las virtudes cardinales, entre las virtudes teologales y los tres
órganos corporales, entre los sentidos físicos y las categorías éticas y
ontológicas, etc. En ellas advierte que “a través de un largo camino, el hombre
avanza a su perfección valiéndose de las facultades materiales y animales del
alma”. Ningún falso dualismo, ninguna pretensión gnóstica. Todo el ser humano se
dirige hacia Dios, porque en el alma humana, pese a la corrupción de los vicios
que la puede atenazar, hay “cierta afinidad con la imagen de la soberana
Trinidad”. El hermetismo de Saint-Thierry se abisma en el amor de Dios. Por un lado,
“así como no existe nada sin Dios creador, que es la santa Trinidad, tampoco
puede existir nada que no sea uno y triple a la vez”, pero, por otro, “al
percibir esto con su entendimiento no se deleita ya tanto en su hermosura cuanto
en la forma creadora, y tendiendo hacia ella se hace más hermosa. Tender hacia
él es ser formado”.
***
Al cerrar el volumen, me propuse realizar
un ejercicio con una herramienta de Inteligencia Artificial. Enumeré en un documento
Word, agrupándolos por categorías, los términos clave del tratado. Redacté unos
“prompts” y, en apenas cinco minutos, contaba con un resumen de suficiente
extensión, redactado con soltura y ejemplos incorporados de otras fuentes de
información que alimentaban sus redes neuronales. Existían algunas vacilaciones
y errores que podían subsanarse con facilidad. También disponía de un cuestionario
de unas treinta y cinco preguntas, con solucionario incluido. Como remate,
generó un video de casi diez minutos, con una espléndida voz femenina, persuasiva
y en general convincente, que incorporaba una condescendiente generosidad hacia
las teorías fisiológicas medievales. Aunque las tonalidades y los elementos
decorativos de las diapositivas pecaban de un insufrible kitsch escolar,
resulta indudable que, como fuente de información y como estructuración de los
materiales, los productos ofrecidos, por tiempo y hasta por eficacia, no sólo compiten,
sino que no me duelen prendas en reconocer que me “superan”. ¿Por qué y, sobre todo,
para qué entonces escribir esta entrada si ya te la da hecha una herramienta? ¿Se
acabará escribiendo como puede uno hacer ejercicio de cardio subiendo las
escaleras en lugar de tomar el ascensor para unos pocos pisos?
Quienquiera que se haya demorado
hasta este párrafo es consciente de que se puede introducir un “prompt” con el
que le pidas a la máquina redactar una entrada de X párrafos, tantas líneas o
cualesquiera palabras y que las divida en no sé cuántos bloques, en función de
tales u otras ideas. En lugar de entregarnos al proceso creativo, nos
entretendremos en afinar órdenes esquemáticas, pensando en los términos
algorítmicos con que se han diseñado las máquinas. Posiblemente los
«visionarios» acabarán constatando, con un ligero cosquilleo de satisfacción supersticiosa
y de golosa inquietud, que, si realmente tenemos alma, la máquina ha conseguido,
además de replicarla, llevarla a un estadio superior. En realidad, más que matarla, la habremos
convertido en su simulacro para que el simulacro alcance la condición que hemos
decidido negarnos: el sacrificio nihilista de una redención invertida.
Entretanto, seguiré escribiendo. Entre los
blancos de las palabras con que he ido alzando esta entrada ojalá se encuentre,
una vez más, la vida de mi lectura de Guillermo de Saint-Thierry: la excitación
y la sorpresa, la perplejidad y el goce, el cuerpo de mi glosa y el alma de su
inteligencia. Los requiebros del estilo funcionarían entonces como los límites
y la posibilidad de un diálogo que funden nueve siglos de distancia en la
mirada futura, oh lector, que tú solo podrás ahora, ya, atravesar.
***

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