sábado, 10 de enero de 2026

Los armónicos corporales del alma

 

Memoria de S. Pablo Ermitaño, mj.


Creación del hombre,
Giotto (1300)

Tras haber leído durante los últimos tres meses los sermones de san Bernardo al Cantar de los Cantares, estas Navidades me he entregado a otra lectura cisterciense que tenía pendiente desde hacía muchos años y a la que la reciente publicación de la tesis doctoral Las figuras del amar del P. Luis Javier García-Lomas, OSB, me empujaba con vehemencia. Entre la producción de Guillermo de Saint-Thierry (1075-1148), el primer biógrafo del abad de Claraval, me he detenido con especial atención en su opúsculo Naturaleza del cuerpo y del alma. Me ha atraído por razones espirituales menos dialécticas que gramaticales, más escatológicas que morales.

Podrá reprocharme quien tenga la paciencia de ojear estas líneas que el mío no es un interés estrictamente teológico. Quizás cuente con motivos fundados en cuanto al concepto de su discurso. Quisiera creer que no tantos en cuanto a su sustancia. El logos monástico sobre Dios es antes imaginario que racional. Glorioso por su renuncia someter a juicio la Palabra divina, se esfuerza por hacer de la suya una glosa humana que acaricie los rugosos pliegues de la Verdad.  

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En su comentario filosófico, que traza un arco entre la obra del abad Saint-Thierry y la fenomenología francesa más reciente – la de Jean-Luc Marion y Jean-Louis Chrétien, especialmente – el P. García-Lomas se dirigía directamente a la parte final del tratadito que nos ocupa. Su interés se centraba sobre todo en resaltar que la dignidad del hombre se fundamenta, aunque sea por participación, en la imagen de la Trinidad grabada en su alma. Tema mayor del pensamiento monástico y una de sus grandes aportaciones teológicas, la relación personal del hombre como criatura con Dios Creador se basa en su hechura a imagen y semejanza.

Ni la Caída ni la Redención son comprensibles sin el horizonte edénico. La Jerusalén celestial, de la cual el monasterio como comunidad de alabanza es su figura terrena, es la plenitud de la contemplación divina: la Resurrección. El hombre espera en ella, por la fe y mediante la caridad, la theosis definitiva.

Con discreción, el P. Javier García-Lomas esquivaba la primera parte dedicada, en apariencia, a elaborar un manual de fisiología medieval. Los estudiosos de Guillermo resaltan que sus fuentes pueden rastrearse en san Gregorio de Nisa, en el filósofo Nemesio de Emesa y, por encima de todo, en el médico contemporáneo Constantino el Africano. Mediante ellas nuestro autor desarrollaba las bases de una antropología cisterciense.  Pero de nuevo me asalta la pregunta sobre el tipo de ciencia que no sólo estudiaba, sino que meditaba; que no sólo comprendía, sino que contemplaba.

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En el Prólogo Guillermo tomaba como principio de su exposición el oráculo socrático de conocerse a sí mismo, aunque dándole un sorprendente giro. Ajeno a la curiosidad filosófica, proponía indagar el adentro del hombre guiado por la gracia y no sólo a través del entendimiento. Concibe la naturaleza humana como un microcosmos, de modo que es posible descubrir en su propio interior una estructura semejante: así, el alma también como microcosmos del cuerpo. Un misterioso cauce, cuya fuente emana de la Trinidad, sostiene la unidad de la Creación entera. A través de lo visible – el cuerpo – podemos remontarnos a lo invisible: primero al alma con la que forma una realidad única y después a la Trinidad con la que no se confunde, pero de la que recibe su ser. Lo específico de cuerpo y alma depende de la naturaleza superior a cada uno de ellos, pero la estructura circunstancial singular despliega un dinamismo que acomuna a ambos.

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La primera parte dedicada al cuerpo humano se presenta entonces no como un simple manual de fisiología, sino como un tratado de fisiología simbólica. Los cuatro elementos, los cuatro humores y las cuatro facultades del organismo (apetitiva, retentiva, digestiva y expulsiva); los tres espíritus (animal, natural y espiritual) y los tres órganos (hígado, corazón y cerebro); los cinco sentidos y las cuatro edades; todos ellos no sólo contribuyen al funcionamiento del cuerpo humano, sino que forman un tejido de relaciones entre ellos y con los otros. Se entrecruzan y se desdoblan, se distancian y se aproximan, se emparejan y se oponen, se desquician y se equilibran. Es preciso observar todos estos movimientos no como el ejercicio de una fantasía meramente reactiva, fruto del conocimiento limitado de la «ciencia» de su época.

La argumentación de Guillermo constituye, por encima de todo, una indagación sobre la estructura reticular de nuestra naturaleza. Si no se profundiza en sus armónicos, con una inocencia también simbólica y sin ninguna ilustrada intención de piedad, tal vez se incurra en la ingenuidad de un cientifismo desencantado. Sería entonces imposible entender su definición del alma por analogía con el escultor: “así Dios, autor de la naturaleza y creador del cuerpo y del ama, forma al hombre a su imagen y semejanza, primero de un modo más oscuro, y después consuma la obra de un modo más transparente”.

Cabe repetir que sólo así es posible llegar entender las sutiles correspondencias que Guillermo traza entre los cuatro elementos y las virtudes cardinales, entre las virtudes teologales y los tres órganos corporales, entre los sentidos físicos y las categorías éticas y ontológicas, etc. En ellas advierte que “a través de un largo camino, el hombre avanza a su perfección valiéndose de las facultades materiales y animales del alma”. Ningún falso dualismo, ninguna pretensión gnóstica. Todo el ser humano se dirige hacia Dios, porque en el alma humana, pese a la corrupción de los vicios que la puede atenazar, hay “cierta afinidad con la imagen de la soberana Trinidad”. El hermetismo de Saint-Thierry se abisma en el amor de Dios. Por un lado, “así como no existe nada sin Dios creador, que es la santa Trinidad, tampoco puede existir nada que no sea uno y triple a la vez”, pero, por otro, “al percibir esto con su entendimiento no se deleita ya tanto en su hermosura cuanto en la forma creadora, y tendiendo hacia ella se hace más hermosa. Tender hacia él es ser formado”.

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Al cerrar el volumen, me propuse realizar un ejercicio con una herramienta de Inteligencia Artificial. Enumeré en un documento Word, agrupándolos por categorías, los términos clave del tratado. Redacté unos “prompts” y, en apenas cinco minutos, contaba con un resumen de suficiente extensión, redactado con soltura y ejemplos incorporados de otras fuentes de información que alimentaban sus redes neuronales. Existían algunas vacilaciones y errores que podían subsanarse con facilidad. También disponía de un cuestionario de unas treinta y cinco preguntas, con solucionario incluido. Como remate, generó un video de casi diez minutos, con una espléndida voz femenina, persuasiva y en general convincente, que incorporaba una condescendiente generosidad hacia las teorías fisiológicas medievales. Aunque las tonalidades y los elementos decorativos de las diapositivas pecaban de un insufrible kitsch escolar, resulta indudable que, como fuente de información y como estructuración de los materiales, los productos ofrecidos, por tiempo y hasta por eficacia, no sólo compiten, sino que no me duelen prendas en reconocer que me “superan”. ¿Por qué y, sobre todo, para qué entonces escribir esta entrada si ya te la da hecha una herramienta? ¿Se acabará escribiendo como puede uno hacer ejercicio de cardio subiendo las escaleras en lugar de tomar el ascensor para unos pocos pisos?

Quienquiera que se haya demorado hasta este párrafo es consciente de que se puede introducir un “prompt” con el que le pidas a la máquina redactar una entrada de X párrafos, tantas líneas o cualesquiera palabras y que las divida en no sé cuántos bloques, en función de tales u otras ideas. En lugar de entregarnos al proceso creativo, nos entretendremos en afinar órdenes esquemáticas, pensando en los términos algorítmicos con que se han diseñado las máquinas. Posiblemente los «visionarios» acabarán constatando, con un ligero cosquilleo de satisfacción supersticiosa y de golosa inquietud, que, si realmente tenemos alma, la máquina ha conseguido, además de replicarla, llevarla a un estadio superior.  En realidad, más que matarla, la habremos convertido en su simulacro para que el simulacro alcance la condición que hemos decidido negarnos: el sacrificio nihilista de una redención invertida.

Entretanto, seguiré escribiendo. Entre los blancos de las palabras con que he ido alzando esta entrada ojalá se encuentre, una vez más, la vida de mi lectura de Guillermo de Saint-Thierry: la excitación y la sorpresa, la perplejidad y el goce, el cuerpo de mi glosa y el alma de su inteligencia. Los requiebros del estilo funcionarían entonces como los límites y la posibilidad de un diálogo que funden nueve siglos de distancia en la mirada futura, oh lector, que tú solo podrás ahora, ya, atravesar.

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