Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
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| Adoración del Niño, Filippo Lippi (1483) |
Recuerdo estremecido la primera de las Meditaciones de un solitario de Léon Bloy. Redactada
en la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor, su autor sentía su soledad
presente como si se encontrara en la antesala del tribunal divino. “Cuanto más
nos acercamos a Dios, más solos estamos. Es lo infinito de la soledad”, dejó escrito.
Se preguntaba si hasta su ángel de la guarda no quedaría tiritando de compasión
a la puerta, en medio de un tremendo frío. “Estaré inefablemente solo y sé de antemano
que no tendré un segundo para precipitarme en el abismo de luz o en el abismo
de tinieblas”, concluía. La seriedad del Juicio que describía en
nada habrá de parecerse a esa postal tan ñoña como perversa que el cristianismo
burgués se empeña en pintarnos. La misericordia de Dios no se confundirá con la
afabilidad condescendiente del examinador de oposiciones a una plaza de funcionario
de la eternidad. En este inicio de año, el ejemplo del maestro Bloy me inspira
a emborronar la siguiente oración:
***
En cada etapa de mi vida, al recitar susurrante el Anima Christi, me he ido demorando en alguna de sus jaculatorias. En la juventud pedí el Bautismo de fuego del agua del Costado de Cristo. En la madurez he suplicado que no permitiese que jamás me separe de Él. Al atisbar su final imploro que en la hora de mi muerte me llame y me mande ir junto a Él. Soy consciente de que, al cruzar el tenebroso valle de la muerte, me sentiré desconsolado y desorientado si Jesús mismo no sale a mi encuentro para conducirme ante el único Juicio que temo por completo y que sobre todo deseo. Sé que desde el abismo de las tinieblas llegarán, con una espantosa nitidez de la que no lograré ocultarme, los gritos más feroces y desgarrados que pondrán al descubierto todas las miserias de mis malas acciones. Volveré a ver ante mí, inconfesables, los rostros de quienes he ofendido. Se me amontonarán en la boca las más espantosas blasfemias, especialmente estas con las que querría justificar piadosamente mis pecados como errores que ya se hubieran perdonado y aquellas con las que me esforzaría por recordar los agravios y las injusticias que haya podido soportar. Confuso, lucharé con todas mis fuerzas para callar. En medio de un repentino silencio deslumbrador, oiré desde el Trono una Voz que me preguntará una sola vez: “Y tú, ¿qué dices?”. Abatido, responderé: “Todo es verdad”. Me sostiene la esperanza de que sobre aquel peso insoportable que inclina la balanza de mi condenación mi Juez soplará como sobre ceniza. Aventada, ojalá deje ver la Verdad de su Palabra en lo más hondo de mi ser. Las pocas obras humildes que haya podido ejercitar por puro amor justificarán entonces, milagrosamente, mi existencia. Cerrará desnuda mi alma los ojos y confiaré plenamente durante un segundo, antes de precipitarme en el abismo de tinieblas o, salvado, en el abismo de luz.
***
Al
final de su meditación, Léon Bloy, discípulo absoluto, ponía en boca de
sus amigos una reflexión en la que acababan reconociendo que “si uno de los
nuestros pudiera llegar hasta ti, no alcanzaría a reconocerte”. No sería tampoco
posible que él me reconociese en mi instante definitivo, pero quizás en aquel quicio
del tiempo, como respondiese en otra ocasión, le fuera computado que “he
escrito mis libros ilegibles para la multitud, sin otra esperanza que llegar hasta
algunas almas ignoradas por mí, pero emparentadas misteriosamente con la mía”.
***
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