Memoria de S.
Teodorico de Orleans, ob.
En las discusiones sobre
la superioridad de la oración mental o la oración vocal que atravesaron la
espiritualidad quinientista, durante el primer movimiento de aceleración
revolucionaria de la Modernidad, los motivos de la lectura y del silencio
cobraron nuevas significaciones. El erasmismo insistía en la purificación
interior, la cual al mismo tiempo iba de la mano del estudio de las Sagradas
Escrituras y de los Padres. Contrario a la repetición mecánica y supersticiosa
de una piedad mal entendida, animaba a una adoración en espíritu y verdad
asociada a la meditación personal. Los defensores de mantener los usos y
costumbres tradicionales sostenían que las palabras pronunciadas elevaban el
alma hacia Dios. Frente los excesos afectivos de imágenes desenfrenadas, la
recitación aseguraba el entendimiento y la eclesialidad de la oración
individual en su horizonte comunitario. Santo Tomás venía con su autoridad en
auxilio de un intelectualismo sensato. Se olvida con facilidad que la oración
de silencio propugnada por los jesuitas Antonio Cordeses o Baltasar
Álvarez, confesor de Santa Teresa, reaccionaban no contra la rigidez vocal sino
contra el agotamiento que les provocaba el modelo ignaciano de la meditación por
imágenes.
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Santa Teresa de
Jesús y San Juan de la Cruz recomendaban no forzar el tipo de oración. Si Dios
llevaba el alma por los caminos de la contemplación, era una tortura detenerla
en la lección y la meditación. Los directores espirituales debían estar atentos
a las mociones espirituales sin intentar imponer normas positivas. La ciencia
del espíritu atiende a la experiencia. De aquí se acabó derivando una
comprensión de la contemplación como el grado más alto de conocimiento al que,
como es costumbre entre los gnósticos, acabarían aspirando las almas perfectas.
El quietismo es la culminación de este itinerario en el que muchos de
sus adeptos no acaban de comprender que, como enseñó san Juan, ha de buscarse
“nada, nada, nada”.
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Desde los Padres del
Desierto y a través de la Cartuja la búsqueda del silencio ha sido un motivo
constante dentro de la espiritualidad cristiana. En los Estatutos Cartujanos se
afirma que el primer acto de caridad con el prójimo consiste en respetar su
silencio. El abad Rancé, fundador de la Trapa, introdujo en su reforma un
silencio exigente en torno al que se articulaba la vida de oración y de
trabajo, hasta el punto de que rechazaba el estudio como verdadera ocupación de
un monje. En su Tratado de estudios monásticos el benedictino Jean de
Mabillon quiso dar respuesta a esta rigurosa interpretación de la Regla. En
cualquier caso, en todos los caminos ortodoxos se evita incurrir en la idolatría
del silencio. Su función no es epistemológica. El conocimiento que proporciona
está subordinado a la caridad. No se calla para alcanzar una iluminación, sino
para practicar más perfectamente la caridad.
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Desde hace años
busco un silencio y una soledad mayores. Me atraen a ellos una paz y un descanso
que combaten mis preocupaciones a veces hasta la extenuación. No las eliminan;
las transfiguran, pese a las distracciones que desorientan y a los temores que
ponen al descubierto. La soledad y el silencio requieren ascesis e invitan a la
contemplación. Unifican también un interior siempre a punto de desmoronarse. De
la derrota continua de sus exigencias ellos mismos se apresuran a tomar
cuidado. Sobrepasan cualquier pretensión de serenidad o de armonía. Van desnudando
al yo como maestros pacientes. Antes que el logro del conocimiento y la
práctica de la virtud, antes que cualquier revelación, o, más bien, tras la
verdad y el bien y la belleza, no queda nada esencial sino el amor. No crean un
vacío adentro, sino que preparan un espacio para que la Palabra venga a tomar morada
en él y la reciba.
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En el principio no
era el silencio. No es el silencio el que hace posible la palabra. Es la
palabra la que, al ser pronunciada, deja paso al silencio. Al filo del alba
rasga el cielo una bandada de gorriones con gritos alborozados. No rompen el
silencio de la noche. Tensan la espera de sentido que lo dota de su poder de
significar. En ese silencio no se debiera buscar uno a sí mismo. En el silencio,
vaciado de sí mismo, uno acoge al otro o sale a su encuentro. El silencio de
Dios es la escucha atenta, la espera eterna de aquella palabra única y verdadera
que nuestro corazón, como una súplica o un suspiro, persigue dirigirle sin
descanso. En ella vibra ya su respuesta.
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Como el fuego de Heráclito
que se enciende y se apaga según medida, el silencio es el combustible del
Logos. Antes que Razón o Verdad, la Palabra del principio es Amor. Como su eco,
los Padres del Desierto se disponían a hablar callando. Dejaban así sus tareas
para escuchar al joven que les pedía consejo. De su silencio no brota una
palabra de consuelo; el consuelo del silencio brota de la palabra – del logion
– que deshace el tumulto de imágenes y ruidos que el novicio trae consigo. Siervo
inútil, con sola su obediencia el monje cumple la orden esencial de su
ministerio solitario. Por su silencio sale edificado quien se acerca a él. Él
solo es el instrumento del único Maestro que sigue a la puerta y llama.
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San Alberico, uno de
los tres fundadores del Císter, consagró la naciente Orden a la Santísima Virgen.
San Bernardo dedicó algunas de sus mejores paginas a alimentar su devoción y su
culto. Ciertamente, el silencio y la soledad monásticos se nutren del ejemplo de
María. Ellos son figura de los silencios de la Madre ante el misterio de la
Encarnación y de la Muerte. Tras su “Hágase en mí según tu Palabra”, el ángel
se retiró callado. Ella meditaba en silencio todas aquellas cosas, incluso las
que no alcanzaba a comprender. Ante la Cruz permaneció a la escucha
contemplativa. Acogía en torno a sí a los Apóstoles en la oración unánime y perseverante.
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La fuerza de la vida
monástica desborda al fin todo silencio y toda soledad. Fijos los ojos en el
Sagrario interior, en el sepulcro del yo entregado por los demás, sin importarle
acaso sus desmayos, espera con paciencia vigilante la humilde luz inextinguible
de la Resurrección. Lego, sólo aspiro a estar admitido en su servicio.
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