domingo, 1 de marzo de 2026

Contra el estoicismo


Memoria de san David de Gales, ob. y ab.

 

La muerte de Séneca,
Taller de Pedro Pablo Rubens (1615)

En un breve escrito que me ha pedido un amigo para festejar al Fundador de la institución a la que pertenece, no he podido evitar advertir de dos peligros que acechan también hoy a la fe católica: el quietismo y el estoicismo. Bajo los disfraces que suele adoptar el emotivismo, más allá del periodo moderno, podría expresarse un amplio acuerdo de que las promesas del primero siguen tentando nuestra búsqueda de pretendidas experiencias místicas. En cambio, es improbable que se admita sin debate que las relaciones del pensamiento estoico con el cristianismo no deberían sentirse tan armónicas como se ha solido pretender. Como contesté a un compañero, sin ningún afán polémico ni tan siquiera provocativo, creo que el cristiano no puede ser estoico, o al menos no debería considerarlo compatible sin más.

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Desde que hace casi veinte años impartía un curso propedéutico de fe y razón, siempre he advertido a mis alumnos de que es necesario invertir la carga habitual de prueba en un caso muy concreto: poner bajo sospecha los planteamientos de San Justino y otorgar un voto de confianza a Tertuliano. Como todas las ideas brillantes y verdaderas, el concepto de los «semina Verbi», tan elogiado en los documentos del Concilio Vaticano II, podía contener en sí los gérmenes de desarrollos deletéreos. En cambio, el antipático irracionalismo que declaraba la absurdidad de la fe como prueba de su verdad podía poseer claves contra los dogmatismos filosóficos.

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Para San Justino Cristo representaría la figura del verdadero filósofo. Entre la diversidad de escuelas el cristianismo culminaría todos los esfuerzos humanos por encontrar la Verdad. No los negaría, no los superaría, no los cancelaría. Conduciría sus anhelos a la perfección de Cristo. Basado igualmente en la encarnación de Cristo, por el contrario, Tertuliano concluye que no puede existir ningún tipo de acuerdo entre el cristiano y el filósofo. Que sea absurdo o que sea vergonzoso es la prueba del creer. Del linaje de San Justino nacerían Santo Tomás de Aquino o Descartes. Del de Tertuliano, Pascal o Kierkegaard. Nada, sin embargo, resulta tan evidente.

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¿Qué de bueno enseña el magisterio de Tertuliano que San Justino, en absoluto ecléctico, admitiría de buen grado? Que el cristianismo no forma parte de la oferta disponible en el mercado intelectual como un producto que ofrece las mejores garantías. Que el cristianismo introduce una discontinuidad radical respecto de todas las escuelas filosóficas. Que allí donde surgen las respuestas que ayudan a afrontar el reino de la necesidad, es decir, de la Caída, él propone lo impensable, lo milagroso, el reino de la libertad. No permanece al margen de la necesidad, ni tan siquiera la sobrepasa. La quema en el fuego enloquecedor de un amor que, clavado en la Cruz, resplandece con el triunfo de la Resurrección. El cristianismo no va derrochando simpatía ni cosechando aplausos. Consuela sin halagar. Exige sin imponer. Se entrega sin corresponder.

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Sería ridículo negar que el estoicismo allanó en buena medida el camino para la aceptación del cristianismo y que, en sentido inverso, el cristianismo ha adoptado en no pocas de sus prácticas ascéticas y en sus recomendaciones doctrinales algunos de los principios que proclamaban los estoicos. Sin embargo, no dejo de sospechar que tal continuidad se basa en algunos malentendidos. Sobre la Pasión de Jesús, el Siervo sufriente de Isaías, se han amontonado capas de ropajes estoicos que tapan pero que no cubren la singularidad del mensaje cristiano.

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Jesús no fue un estoico que practicara y predicara las virtudes; que invitase a vivir de acuerdo con la naturaleza; que enseñase a mantener las pasiones bajo control; que animara a asumir la inevitabilidad del destino y a quererlo tal cual es. Jesús escapa al cuadro categorial del filósofo. Mantiene una alteridad absoluta: ni Sócrates lo prefigura, ni Nietzsche logra convertirse en su contrafigura. Ni la apatheia ni la ataraxia se reducirían a las causas formales de su doctrina; ni la eudamonía o felicidad a su causa final. Cristiano absoluto, decía Léon Bloy, es el Incomprensible. Jesucristo no pretendió ser amable sino que enseñó, con su vida, a amar.

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El estoico aspira a la impasibilidad: a no dejarse afectar por la realidad hasta el punto de que trastorne el debido equilibrio. Practica la templanza; muestra valor; ejerce la justicia; se comporta con prudencia. Forma un mundo educado de exactas distancias. Apela a la armonía de un orden universal que procura reproducir sin dejarse vencer por las inquietudes presentes. En el estoicismo clásico, física, lógica y ética formaban así un círculo virtuoso al que ni la muerte debería arrebatar su perfecta clausura.

El cristiano lleva en sí las heridas de Jesucristo; el auxilio del prójimo resuena en él como una palabra que Dios le dirige de una manera personal. Eleva sin cesar súplicas, oraciones, peticiones y acciones de gracias (1 Tim 2,1). Como expondría Diogneto, está sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Su sabiduría parece necedad y se estremece, como en el huerto de los Olivos, ante el aliento de la muerte. Fallece, pero no desfallece. Aunque tropieza setenta veces siete, confía en la fuerza que lo levantará.

El estoico acaso resulte más ejemplar que el cristiano. En el pobre, en el huérfano y en la viuda, en el desvalido en suma, el cristiano se sorprende de ver resplandecer, sin que apenas nadie lo note, la gloria y la santidad de Dios.

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