Memoria de San John H. Newman, dr.
En
medio de las dificultades de unas semanas duras, durante las que a menudo he
corrido a refugiarme en algún pasaje de los estatutos de la Orden Cartujana, me
ha llegado Calla, calla, que te entiendo, el nuevo poemario de Enrique
García-Máiquez. Tomado el título de unas palabras atribuidas a san Ignacio de
Loyola ante una rosa recién florecida, he debido recogerme en silencio para leer,
demorado, su tersa y tensa brevedad. Ya más cisterciense que jesuita, por
debajo de su superficie he querido prestar oído a sus ecos susurrados.
***
Los
lectores fieles de García-Máiquez encontrarán en estas páginas razones de
solaz. Podrán descansar entre algunos de sus motivos, sus ritmos y sus
estilemas más idiosincráticos. La luna, el hogar, la fe cristiana, por encima
de todo. Serena y condensada, su intensidad lírica les ofrecerá, depuradas hasta
lo mínimo y más sugerente, las formas habituales de su universo poético.
***
Calla,
calla, que te entiendo, como pide el autor, debe leerse de
canto: en su voz escuchar sus silencios; en su letra, el sonido de sus
espacios en blanco. No, no es un libro fácil. Su sencillez no es aparente. Es
exigente. Puede el lector dejarse mecer, como si se tumbase a la orilla de una
playa atardecida. O puede practicar una ascesis turbadora, como es la atender, más allá de los puntos suspensivos, su horizonte moral.
***
De
la lectura del libro se sale cierto de haber escuchado la cadencia de García-Máiquez.
Pero no es ya el mismo Máiquez que hablaba en Verbigracia, el volumen
que recogía toda su poesía hasta este momento. Su voz sigue reconocible, ahora en
sus pausas. Transfigurada, ahonda adentrándose hasta el límite de lo audible. Adopta
las formas métricas y estróficas de la máxima brevedad para extender, ininterrumpido,
el tapiz claro y delineado de una verdad interior en abismo.
***
Máiquez
teje su discurso con el tintineo de haikus y soleás, de seguidillas y tankas. «Yo
soy un hombre de extremos: / el haiku de Extremo Oriente / y, de Occidente, el
flamenco». Como la luna llena y la luna nueva, la palabra calla y el silencio habla.
Se descubren soleás dentro de un haiku o un haiku en una seguidilla («¿De qué
te quejas / si lo haces y hay amigos / que te consuelan?»). Y hasta aforismos
en mínimos pareados («Rezar: rozar / la eternidad». Es un libro muy machadiano:
de Manuel y, sobre todo, de Antonio. Virtuoso de las formas «populares», exprime
su jugo quintaesenciado. Es un ars moriendi afanado por aprender el ars
surgendi: «¿Mi biografía? / Qué tensa espera / de la muerte. // Y de más». Con él indaga un arte del más
allá: del silencio que la palabra deja suspendida en el aire como una
promesa.
***
Machadiano,
sí. Explora en el soplo leve de la breve forma las líneas del amor y de la
vida. Ant(pos)moderno como Manuel, podríamos decir de Máiquez que es muy
barroco y muy poco a la moda. De Antonio aprende el arte del suspiro cantado,
en la métrica honda del sentir rítmico. Aprende la primera de Galerías y
soledades. El Cancionero apócrifo va alumbrándole la otra, como en sus
Cantares conyugales. (Por debajo, finísimas, siguen rasgando aquí y allí
notas aéreas las doloras de Campoamor: «Yo examino mi conciencia / mientras
tiro la basura… / Y me sonrío a la vuelta»). Por eso es barroco, de un
conceptismo tan sutil y aéreo que llega a convertirse en un caligrama de la
inteligencia, como el poema Yo: «La Y es un árbol; / la O, fruto maduro.
/ Y yo, su sombra».
***
(En
su machadismo aletea la lente de Jiménez Lozano. «Levante» en calma rinde
a ambos un homenaje en tensión. Donde el castellano se agacha a recoger entre
las palmas de sus manos el gorrión caído en la nieve, Máiquez traslada el canario al
túmulo limonero desde su jaula. Como una lauda jimenezlozaniana, la soleá graba
en su remate la intensidad máxima de la pequeñez. «Pesaba unos quince gramos, /
menos el último día, / que lo sostuve en mi mano. // Donde aún sigue pesando»).
***
Barroco,
también. Como acostumbra, tributa la fortuna verbal de Quevedo («presentes
sucesiones de monólogos»). Pero es su tono moral el que va creciendo de adentro
y adueñándose del trayecto final. Después de tanto citar el poema
«Resurrección» de Vladimir Holan, Máiquez parece comprender que, al despertar,
deberemos sacudirnos el sabor de ceniza prolongada de nuestros labios, para poder
probar, nueva en su plenitud, la creación entera. Como en Lope o en Vicente
Espinel, en ella volverán a vibrar también los versos que no dejamos de musitar
como anticipo: el soneto de Violante en «Ay» o la décima de «Últimas palabras».
Más que afrontar dudas, en la madurez atesoramos inquietos la conciencia exacta de la
esperanza: creer lo que no se ve.
***
«Con
qué insistencia, / rosa poco ignaciana, / sigues clamando», clama Máiquez para abrir
por callado el cierre de su libro. A imitación suya, me inclinaré sobre algunos
de sus pétalos a oír su olor:
No sé quedarme en silencio.
Mi soledad es soleá.
Tocan las palmas los ecos.
*
Que el retrato de mi vida
salga de unir lunas llenas
con el zig-zag de una línea…
*
Cierro los ojos
y contemplo, muy nítida,
la cara oculta
…
¡Oh, luna nueva!
Debo de estar volviéndome
minimalista.
*
¿Para qué adelgazar –tiemblo–
si más tarde o más temprano
voy a quedarme en los huesos?
*
Y qué maneras
de decir el silencio
tiene la rosa.
*
Sobran palabras
y no dejaré jamás
de susurrártelas.
*
Otro año huele a leña
y es tan dulce que es mi vida
–diría– lo que se quema.
*
Voy a decir la verdad.
Tapaos, pues, los oídos
si preferís no escuchar.
*
He roto con el espejo;
siempre queriendo decirme
no le oigo qué secreto.
*
La carne promete al alma
que volverá de la muerte
radiante, resucitada.
Pero el alma dice:
«Ah, la espera se hará larguísima…
Le temo a mi soledad».
*
Algún lector esperaba
embozado entre estas líneas
un verso para su alma.
Y mi esperanza es la misma.
*

No hay comentarios:
Publicar un comentario