viernes, 9 de octubre de 2026

La rosa silenciosa


Memoria de San John H. Newman, dr.



En medio de las dificultades de unas semanas duras, durante las que a menudo he corrido a refugiarme en algún pasaje de los estatutos de la Orden Cartujana, me ha llegado Calla, calla, que te entiendo, el nuevo poemario de Enrique García-Máiquez. Tomado el título de unas palabras atribuidas a san Ignacio de Loyola ante una rosa recién florecida, he debido recogerme en silencio para leer, demorado, su tersa y tensa brevedad. Ya más cisterciense que jesuita, por debajo de su superficie he querido prestar oído a sus ecos susurrados.

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Los lectores fieles de García-Máiquez encontrarán en estas páginas razones de solaz. Podrán descansar entre algunos de sus motivos, sus ritmos y sus estilemas más idiosincráticos. La luna, el hogar, la fe cristiana, por encima de todo. Serena y condensada, su intensidad lírica les ofrecerá, depuradas hasta lo mínimo y más sugerente, las formas habituales de su universo poético.    

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Calla, calla, que te entiendo, como pide el autor, debe leerse de canto: en su voz escuchar sus silencios; en su letra, el sonido de sus espacios en blanco. No, no es un libro fácil. Su sencillez no es aparente. Es exigente. Puede el lector dejarse mecer, como si se tumbase a la orilla de una playa atardecida. O puede practicar una ascesis turbadora, como es la atender, más allá de los puntos suspensivos, su horizonte moral.

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De la lectura del libro se sale cierto de haber escuchado la cadencia de García-Máiquez. Pero no es ya el mismo Máiquez que hablaba en Verbigracia, el volumen que recogía toda su poesía hasta este momento. Su voz sigue reconocible, ahora en sus pausas. Transfigurada, ahonda adentrándose hasta el límite de lo audible. Adopta las formas métricas y estróficas de la máxima brevedad para extender, ininterrumpido, el tapiz claro y delineado de una verdad interior en abismo.

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Máiquez teje su discurso con el tintineo de haikus y soleás, de seguidillas y tankas. «Yo soy un hombre de extremos: / el haiku de Extremo Oriente / y, de Occidente, el flamenco». Como la luna llena y la luna nueva, la palabra calla y el silencio habla. Se descubren soleás dentro de un haiku o un haiku en una seguidilla («¿De qué te quejas / si lo haces y hay amigos / que te consuelan?»). Y hasta aforismos en mínimos pareados («Rezar: rozar / la eternidad». Es un libro muy machadiano: de Manuel y, sobre todo, de Antonio. Virtuoso de las formas «populares», exprime su jugo quintaesenciado. Es un ars moriendi afanado por aprender el ars surgendi: «¿Mi biografía? / Qué tensa espera / de la muerte. //           Y de más». Con él indaga un arte del más allá: del silencio que la palabra deja suspendida en el aire como una promesa.  

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Machadiano, sí. Explora en el soplo leve de la breve forma las líneas del amor y de la vida. Ant(pos)moderno como Manuel, podríamos decir de Máiquez que es muy barroco y muy poco a la moda. De Antonio aprende el arte del suspiro cantado, en la métrica honda del sentir rítmico. Aprende la primera de Galerías y soledades. El Cancionero apócrifo va alumbrándole la otra, como en sus Cantares conyugales. (Por debajo, finísimas, siguen rasgando aquí y allí notas aéreas las doloras de Campoamor: «Yo examino mi conciencia / mientras tiro la basura… / Y me sonrío a la vuelta»). Por eso es barroco, de un conceptismo tan sutil y aéreo que llega a convertirse en un caligrama de la inteligencia, como el poema Yo: «La Y es un árbol; / la O, fruto maduro. / Y yo, su sombra».

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(En su machadismo aletea la lente de Jiménez Lozano. «Levante» en calma rinde a ambos un homenaje en tensión. Donde el castellano se agacha a recoger entre las palmas de sus manos el gorrión caído en la nieve, Máiquez traslada el canario al túmulo limonero desde su jaula. Como una lauda jimenezlozaniana, la soleá graba en su remate la intensidad máxima de la pequeñez. «Pesaba unos quince gramos, / menos el último día, / que lo sostuve en mi mano. // Donde aún sigue pesando»).

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Barroco, también. Como acostumbra, tributa la fortuna verbal de Quevedo («presentes sucesiones de monólogos»). Pero es su tono moral el que va creciendo de adentro y adueñándose del trayecto final. Después de tanto citar el poema «Resurrección» de Vladimir Holan, Máiquez parece comprender que, al despertar, deberemos sacudirnos el sabor de ceniza prolongada de nuestros labios, para poder probar, nueva en su plenitud, la creación entera. Como en Lope o en Vicente Espinel, en ella volverán a vibrar también los versos que no dejamos de musitar como anticipo: el soneto de Violante en «Ay» o la décima de «Últimas palabras». Más que afrontar dudas, en la madurez atesoramos inquietos la conciencia exacta de la esperanza: creer lo que no se ve.

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«Con qué insistencia, / rosa poco ignaciana, / sigues clamando», clama Máiquez para abrir por callado el cierre de su libro. A imitación suya, me inclinaré sobre algunos de sus pétalos a oír su olor:

 

No sé quedarme en silencio.

Mi soledad es soleá.

Tocan las palmas los ecos.

*

Que el retrato de mi vida

salga de unir lunas llenas

con el zig-zag de una línea…

*

Cierro los ojos

y contemplo, muy nítida,

la cara oculta

…

¡Oh, luna nueva!

Debo de estar volviéndome

minimalista.

*

¿Para qué adelgazar –tiemblo–

si más tarde o más temprano

voy a quedarme en los huesos?

*

Y qué maneras

de decir el silencio

tiene la rosa.

*

Sobran palabras

y no dejaré jamás

de susurrártelas.

*

Otro año huele a leña

y es tan dulce que es mi vida

–diría– lo que se quema.

*

Voy a decir la verdad.

Tapaos, pues, los oídos

si preferís no escuchar.

*

He roto con el espejo;

siempre queriendo decirme

no le oigo qué secreto.

*

La carne promete al alma

que volverá de la muerte

radiante, resucitada.


Pero el alma dice:

«Ah, la espera se hará larguísima…

Le temo a mi soledad».

*

Algún lector esperaba

embozado entre estas líneas

un verso para su alma.


Y mi esperanza es la misma.

*

 


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