Memoria de San Francisco de Asís, fdr.
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| San Bruno, Philippe de Champagne (1655) |
Hace
apenas diez días he terminado la redacción provisional de mi nuevo libro Oficio de lectura. De una extensión que no había
previsto, aun con todas sus limitaciones, es el libro que habría querido
escribir. Sin embargo, la primera impresión de un amigo, delicadísima, atenta a
sus virtudes particulares, ha expresado perplejidad sobre el conjunto. Me comentaba
que se sentía perdido en medio de una oscuridad completa. La
había atravesado a tientas, como si debiese moverse por sus páginas palpando
las paredes para no tropezar. Reseñaba también aspectos que una revisión del manuscrito
podría pulir, así como discrepancias y desacuerdos legítimos que, de modo
implícito, ambos sabíamos previsibles. Con todo el afecto me reconocía que
quizás no era el lector idóneo. Agradecido por la indesmayable lealtad de su
juicio, he quedado pensativo.
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Oficio
de lectura es un libro que entreteje una triple investigación: intelectual,
espiritual y autobiográfica. No es un ensayo al uso. Experimenta con los
límites donde la escritura y la realidad se entrecruzan. En este sentido,
presupone, aunque no exige, el contexto desarrollado en Poética del monasterio. Vuelvo en él sobre las categorías de leesscribir, cronoclastia y
secreto. Entre Sócrates y Jesús, entre Apolo y Hermes, entre Atenas y Jerusalén,
profeso el nombre de Jesús, peregrino a Jerusalén y porto el mensaje de Hermes.
Sin concesiones ni equilibrios, soy consciente de que esta apuesta puede estar justificada de
modo insuficiente y parcial. Es una afirmación apasionada. Aunque
no pueda asentir, mi amigo la respeta, le deslumbra este o aquel pasaje, le conmueve
o acuerda ese otro, le indigna subrepticiamente tal decisión. Una respuesta tan honesta basta.
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En
alguna ocasión he afirmado que, aunque la mayoría de mis posibles lectores descartasen
mis libros por difíciles, seguiría escribiéndolos así por respeto a ellos. Me
ha parecido siempre un atajo alabar una obra por su claridad o por su
oscuridad. La acusación de elitismo o de arrogancia a los escritores herméticos
carece de la misma consistencia que los elogios indiscriminados a los
escritores apolíneos por su cortesía o su liberalidad. La oscuridad puede
enmascarar la insolvencia intelectual y moral de sus autores con el disfraz intelectualista.
Con la claridad la vanidad también puede cautivar a lectores incautos y
satisfechos. Bajo el ángel de la luz se han perpetrado los éxitos más flagrantes.
A la sombra de Sus alas se han refugiado los fracasos más injustos. No me atraen los unos ni lo otros. Persigo
ya solo atisbar la verdad en su fondo, diáfano o lóbrego. ¿Cómo expresar
entonces la verdad de mi sombra si no en penumbra?
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Desde Qohélet/Lector se podría advertir en mi escritura la intensificación de una deriva hacia esquemas cada vez más abstractos. Casi en broma, quizás se deba a mis lecturas francesas posmodernas. Entre el espacio de Blanchot y la espiritualidad de Kandinsky, debo reconocer que me he aventurado por una selva de cuyo viaje no traigo ningún obsequio al lector. Invito al lector a adentrarse en ella. Kierkegaardiano, no busco atraer a diez mil lectores. Uno es suficiente. Estoy seguro de que, por habernos dado de beber mutuamente un vaso de agua, no quedaremos sin recompensa. Saldré a su encuentro en cada uno de los diez mil lectores a los que no podré acceder.
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El
jaque real de cualquier crítica tiene que darse a la estructura misma
del libro. A través de los efectos que causaría su lectura, debe dirigirse contra la decisión explicita y sostenida de renunciar a un
modelo «dialéctico». La
objeción es al mismo tiempo «moral» y «racional». No cuestiona la adopción de
un estilo «gramatical». En el fondo le reprocha que, con sus pretensiones «escatológicas», haya descartado la primacía objetiva de un orden al que debería servir e incluso tener el
privilegio de coronar. En modo alguno discute que sea irracional o inmoral. Más
bien, apunta que habría desbaratado el alcance efectivo de la racionalidad
moral a la que aspira. En su nivel más elemental, quebraría la lógica de los
capítulos que desarrollan de manera sucesiva los hilos expositivos de su tesis.
Tampoco se sabría bien a qué género pertenece cada parte de la obra. En cualquiera de ellos
estaría además combinando reglas y rasgos de los otros. Como si fuera un edificio barroco de
inspiración gótica, la suya delinearía, fallida, una desmesura de la
abstracción.
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Oficio
de lectura está escrito sobre otra pauta. Ese ha
sido su riesgo: cerrar los ojos en la oscuridad y caminar sin apretarse a sus
muros, tropezando y vagando, en busca de una luz que se cuela minúscula por las
agujas de absidiolos escondidos.
Oficio
de lectura articula su itinerario sobre el esquema de la
hora litúrgica de Maitines. En mis primeras estancias en la hospedería de monasterios, me sentía absolutamente perdido durante esa plegaria. Lamentaba
mi torpeza en manejar el libro litúrgico, hacia adelante y hacia atrás, teniendo
que combinarlo a veces con el himnario o las lecturas de los dos Nocturnos. No comprendía
el sentido de su ritmo, mientras divagaba entre las hojas y mis pensamientos.
¿A qué levantarse antes de las cinco de la mañana para rezar durante una hora y
cuarto como un náufrago en un mar en calma? Durante tres o cuatro días, perseveraba
ciego, no obstante. En una ocasión, por fin, caí en la cuenta. Ligeramente inclinados,
los monjes comenzaron contestando por tres veces a la invocación del abad:
«Señor, ábreme los labios. / Y mi boca proclamará tu alabanza».
A
esa alabanza ha querido sumarse mi Oficio de lectura.
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En
una etapa en que no nos cansamos de repetir que apenas se lee y que, frente al
imparable avance de cada uno de los nuevos avances tecnológicos, inculcar el
amor a la lectura es una tarea ímproba con frutos magros, ¿a qué complicarla y
dificultarla con una alabanza en la práctica casi ilegible, inspirada por una
espiritualidad como la monástica, en igual extinción aparente? Como las
entradas de este blog, desprendidas de cualquier revisión artificial, su respuesta
se podría basar en una sola razón: para que aquel singular que, al abrir mi Oficio de
lectura, descubriese en mi historia de lector la afirmación «Esto soy», pueda responder aliviado: «Aquí estoy, contigo».
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