domingo, 13 de febrero de 2022

En retiro


Memoria de S. Gilberto de Meaux, obispo

  

Paisaje con el Profeta Elías en el desierto
Abraham Bloemaert (h. 1610)

Llevo retirado un par de meses. Redacto enclaustrado mi Poética del monasterio. Descanso leyendo poemas de José Jiménez Lozano. Los ruidos del mundo empiezan a sonarme lejanos. Si los oigo retumbar, será porque sigo en él, me digo. Redoblo la atención al canto del autillo que guardo, bien adentro, en la oscuridad de la memoria. Tal vez encuentre su umbral.

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Medito si la Navidad pasada no renovó, con su mirra, el relente de la soledad sobre mi alma. En vísperas Esperanza Ruiz me envió un cuestionario de delicado acero. Aunque habría querido ser Zalacaín, el aventurero, ahora sé que mi vida se había decidido en un Claraval imaginario. ¿No debo ofrecer el incienso de mi silencio?

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Repiten mucho, como si fuera un gran descubrimiento, que no existe la meritocracia. Jamás ha existido y muchas generaciones lo hemos llevado con pesar y con educación, no con resignación. La gran solución actual resulta deprimente: como no existe, sigamos como hasta ahora; cambiemos solamente los criterios del enchufismo para que, con la excusa igualitaria, continúe beneficiando a quien, como siempre ha pasado y ya con toda naturalidad, sin hipocresías, se ha decidido que debe tocar.

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Me comenta el Decano, medio en broma, que ante las normativas de calidad académica me comporto como un japonés en huelga de celo. Pretendo aplicarlas a rajatabla, sin concesiones, con ferocidad, extremadas. Que su aplicación sea absurda es la única redención posible frente a la letra que mata. Atisba, ¿con acierto?, un fondo calvinista.

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He leído mucho, tal vez demasiadas páginas, acaso poco. Algunos libros me han deslumbrado. Contados son aquellos que me han situado fuera del tiempo. ¿Por qué recordaré ahora al adolescente David Copperfield y al joven Yevgraf Zhivago?

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En mi juventud naufragada andaba errante como el peregrino de Góngora, “entre espinas crepúsculos pisando”. Recibí entonces la única invitación digna de ser considerada. Al acabar una estancia en la clausura, el hospedero me sugirió delicadamente que pensase si no estaba hecho para aquella vida. Decliné instintivamente. Hoy sería monje jerónimo.

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Antes sólo había recibido órdenes de alistamiento eclesiales. Las desobedecí sistemáticamente. De hecho, nunca he dejado de desobedecerlas. Entre el monasterio y el mundo, media la distancia entre ser recibido como un huésped o ser tratado, por defecto, como un desertor. Siempre que me han señalado las habitaciones de la servidumbre, he aprovechado para salir por la puerta de servicio. Luz y aire. Como los héroes de la infancia de mi padre, puestos a enrolarme siempre he optado por la Legión Extranjera. Bajo nombre falso, por supuesto.

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Recopilar, redactar, pulir cada página de esa Poética está construyendo dentro de mí su monasterio. Estoy siendo escrito. ¿Qué poco debiera importar que se publique o no? Un monasterio no se levanta para ser visitado, sino para que, en lo más escondido de sus celdas, more la presencia de Quien está ausente.

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Caminos

 

Caminas por la nieve, andas.

Andas y andas, y el camino

no lleva a parte alguna. 

Vuelves atrás los ojos, tampoco

hay camino alguno. Solamente

ciertas escrituras cúficas de pájaros,

hechas a tus espaldas, y un blancor purísimo

a la luz de la luna. Pero no entiendes

esta escritura antigua de los pájaros.

 

(José Jiménez Lozano, Los retales del tiempo)

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