Memoria de
S. Juan Clímaco, ab.
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Monte Sinaí |
A un antiguo jefe le gustaba mortificarme en público y privado con una
definición. Repetía sin descanso, viniese o no a cuento, ante quien fuera, que yo era “un jesuitófilo amigo de San Juan Clímaco”. Creo recordar que le crispaba
mi sonrisa divertida. Le debía de parecer la confirmación de una inconsciencia
incapaz de darse cuenta de que, en realidad, esas inclinaciones antitéticas
amenazaban todavía más mi incierto futuro académico. Mi vida por entonces era
un desastre, pero, si había descubierto la perla escondida, ¿qué iba en una
burla más del mundo?
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En mis tiempos
londinenses el sentimiento de agotamiento con la meditación mental según el
modelo ignaciano me había llevado a asomarme a la oración de silencio del P.
Baltasar Álvarez sj, confesor de Santa Teresa. De la atención fija al descanso
monástico el paso fue aún más liberador. Intenté hacerme eco en mi libro El
Renacimiento espiritual donde le dediqué un capítulo que sorprendió a sus
poquísimos lectores más atentos. Como ocurre en otros escritos míos, cuanto más
oscuros, más secreta se hunde al fondo una verdad íntima. Fatigué allí con un
detalle casi obsesivo el comentario a la famosa experiencia mística de San Pablo (2 Cor. 12, 1-4) en las traducciones latinas y castellanas de la Escala del paraíso del anacoreta y
abad Juan el Sinaíta (s. VI). Entre fray Angelo Clareno, franciscano espiritual
del siglo XIV, y nuestro dominico seiscentista fray Luis de Granada, descubrí en la glosa de
Guigo el Cartujano la clave de vuelta de una serenidad que no es estoica sino
escatológica: no una ataraxia que cultiva, por las propias fuerzas, las virtudes
de una vida buena, sino la hesiquía que, por pura gracia, proporciona la
alegría última.
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Entre las lecturas monásticas que a lo largo de un cuarto de siglo he ido recolectando, desde temprano encontré la hospitalidad de los sermones de San Bernardo al Cantar de los Cantares. No han dejado de solazarme dos de ellos. Mi «stilnovismo claravalense» ha buscado a menudo el refugio del sermón 72: “Aspirará el día y respirará la noche”. A través de los juegos de la derivación que, en torno al soplo de la boca del Señor, el abad de Claraval practicaba con virtuosismo extremo, podía anticiparse la disipación del contraste entre la noche vigilante y el día deslumbrante, entre la tiniebla diabólica y la luz angélica, entre la niebla de la espera y la brisa de su venida. Frente a los prejuicios humanistas sobre la impureza lingüística medieval y contra el brutal desprecio moderno por su sola existencia, el latín de Claraval iluminaba con su lumbre consoladora y precisa el horizonte final de la ciudad celeste.
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Regreso hoy al sermón 7. De él espigué el
lema que preside este blog: “Mel in cera, devotio in littera est”. Las
traducciones no logran transmitir la sobria dulzura, geométrica, de su
formulación. “Como la miel en la cera, la devoción se descubre (o se encuentra)
en la letra”. “La miel se esconde en la cera y la devoción en la letra” … Miel
y devoción, letra y cera son. La analogía aristotélica habría trazado su
relación así: “La devoción es la miel de la letra” o “La letra es la cera de la
devoción”. Como sucede en la dialéctica escolástica, cuya consecuencia última no
es otra, por paradójico que parezca, que la exégesis liberal, la pasión por la
letra, como dato positivo de la interpretación, desemboca en una alegorización
constante de su sentido. Por el contrario, San Bernardo ni establece una
comparación ni una identidad metafórica entre sus términos. El sentido
anagógico o espiritual surge de su fusión. La miel-devoción está ya contenida
en la letra-cera.
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En el sermón séptimo
San Bernardo se propone comentar el “tercer beso” que pide la esposa en el Cantar.
De acuerdo con su sentido alegórico, ella es el alma sedienta de Dios que “no
pide libertad, ni recompensa, ni herencia, ni doctrina, sino un beso”, es
decir, en su sentido moral, la esposa ama desinteresadamente, hasta el punto de que,
en su ausencia, inflamada por el amor, ni siquiera pide el beso directamente a su
esposo sino a través de sus amigos. El sentido espiritual ronda ya por allí: “¿No
te parece que equivale a decir?: “¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo,
¿qué me importa la tierra?”". Entre el cielo y la tierra suben las súplicas de la
esposa por la escala de la salmodia. En la prefiguración de la Jerusalén
celeste encarnado en el coro del Oficio, los monjes y los ángeles conversan entonces en
un solo canto alzado hacia lo Alto: “Unidos en la alabanza a los celestiales
cantores, como conciudadanos de los consagrados y familia de Dios, salmodiad sabiamente;
como un manjar para la boca, así de sabroso es el Salmo para el corazón”. Debemos
masticar la letra del Salmo para gustar en el corazón el sabor de la miel que
encierra. La cera destila la miel que la letra recibe en la devoción. No se
superponen la una a la otra, ni tan siquiera se complementan. “Sin la devoción,
la letra mata, cuando se traga sin el condimento del Espíritu”. Las desposa éste
en el “beso”: “Estar junto a Dios es lo mismo que ver a Dios; y eso sólo se
concede a los puros de corazón, como una felicidad inigualable”. En la letra la devoción enciende el alma. En
la devoción la letra desfallece el alma. Aspira y respira. Dice San Bernardo
que la esposa no necesita ni decir el nombre del amado, como María Magdalena no
lo menciona al hortelano en el jardín del sepulcro: “No lo manifiesta, porque
piense que todos saben lo que no puede ausentarse de su corazón”. No es una
presencia que falte, sino una ausencia que rebosa. Miel en la
cera, la devoción en la letra rezuma.
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