Fiesta santo Tomás, ap.
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| Abadía de San Pedro de Solesmes |
Desde hacía tiempo andaba buscando la ocasión de leer un volumen que pasó en sordina en su momento y al que, sin embargo, no he cesado de seguir el rastro. De improviso me salió la oportunidad de leerlo unas cuantas semanas atrás: La lira de Linos. Cristianismo y cultura europea, de Gabriel Insausti.
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La
lira de Linos apareció casi un año antes de mi Poética
del monasterio en la misma editorial. Mientras el libro de Insausti organiza una
biblioteca, el mío, como he dicho en diversas circunstancias, pretendía alzar
el plano de un monasterio. En cierto modo, los puntos de mayor coincidencia, y
de elegante fricción, se acumulan sobre todo en relación con el primero de los
tres ensayos que componen la obra de Insausti y que titula, de modo sugerente, «Estética
del atrio». En él desarrolla una comprensión del que ha denominado el fenómeno
estético del neomonacato. Con este término se refería a las reacciones
contra el proceso de secularización que habrían definido a lo largo del siglo
XIX una parte sustancial de la literatura francesa simbolista. Desde los
románticos Chateaubriand y Víctor Hugo llegaría hasta el modernismo de Paul
Claudel y Charles Peguy, pasando por el decadentista Huysmans y el vanguardismo
de Apollinaire.
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Para
Insausti la figura mitológica que mejor representa la resistencia al
desencantamiento del mundo al que se enfrentaría, paradójicamente, el malditismo
sería la del poeta Linos, a quien Hércules, bajo la justificación de legítima
defensa, partió la cabeza con su lira. Con sibilina hipocresía, la burguesía decimonónica
habría preferido asestar a los poetas el golpe del positivismo y el cientifismo.
Según constata el mismo Insausti, lo sorprendente consistiría en que, pese a
todo, «literatura y cine nos recuerdan a menudo que bajo el pragmatismo de la
razón técnica subsiste insospechadamente esa alma de la civilización que se
ha recluido en la vida monástica» (la cursiva es mía), pues «la modernidad
no ha logrado zafarse por completo del mito, el rito y el símbolo, y que a
menudo su discurso brota – lo sepa o no – de una fuente teológica”.
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Donde
Insausti nombra a Linos, invoco el stilnovismo claravalense: Guido
Cavalcanti y san Bernardo de Claraval. Donde Insausti, con el escarapelo
crítico, observa el alma recluida en la vida monástica, con la cogulla
poética la medito custodiada en su claustro. Donde Insausti constata que
la modernidad no se ha zafado de sus fuentes teológicas, las contemplo todavía
abrazadas, en una abrumada lucha, a sus orígenes.
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He
disfrutado mucho de las páginas de Insausti, porque despliegan un panorama crítico
sagaz de la literatura francesa neomonacal. Las he disfrutado tanto más
cuanto discrepo de sus bases interpretativas. No me refiero a los criterios literarios
explícitos que pone en juego sino a los implícitos ideológicos que los guían. Con
el mismo término neomonacato puede ya entreverse –como con la
polisémica palabra neocatólico– que Insausti adopta ante su objeto de
estudio una actitud que se mueve entre la fascinación y la irritación. Dicha
postura es indisociable de la toma de posición respecto del revival monástico actual.
Pero seguir este hilo daría pie a otra entrada…
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Quien
haya leído El desesperado de Léon Bloy, con un cierto vértigo tendrá que admitir que la mayoría de los protagonistas del denominado neomonacato
francés finisecular formaba una valiente cuadrilla de indeseables. Con la
excepción quizás de Claudel y la ambigua de Peguy es difícil conceder que
personalidades como la de Villiers de l’Isle, Huysmans o Barbey d’Aurevilly hubiesen
sufrido un proceso de conversión seria. La estetización de sus inquietudes
teológicas no impide plantear legítimas dudas sobre el verdadero trasfondo de
su experiencia de fe. El mérito de Insausti consiste en que no la juzga, sino
que la describe en sus propios términos literarios. No por ello renuncia a
cuestionar, si no su autenticidad, la cual pertenece al fondo insobornable de
la propia conciencia, al menos su ejemplaridad o su testimonio. Insausti
traza la teodicea invertida que estos autores lanzan
como un guante de duelo a Voltaire, por ejemplo. No son escritores simplemente hechizados
por el mal ni por el Diablo. Como un desafío al materialismo burgués que los
ahoga, le espetan, refinados y asqueados hasta de sí mismos, el recuerdo de su poder avasallador.
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Lo
que parece irritar a Insausti es la extraña decisión de algunos de retirarse
en vida a monasterios, en especial por la atracción que ejerce sobre ellos la
abadía benedictina de San Pedro de Solesmes, verdadero núcleo irradiador entonces
y ahora del catolicismo tradicional francés. Insausti constata que Huysmans,
Apollinaire o Max Jacobs no se encierran entre sus claustros por haber
recibido una vocación monástica. Perseveran en ellos como legos.
Entre líneas se observa una sorpresa creciente que estalla, casi como un
gesto de inocente impotencia, al utilizar el argumento de que, después del Concilio Vaticano
II, los laicos han visto reconocidos su derecho a vivir y testimoniar la perfección
cristiana en los límites de su estado, como si aquellos decadentes franceses hubieran
adoptado el neomonacato por insuficiencia jurídica y doctrinal.
Parecería que Insausti preguntase cómo es posible que «laicos» que no pretenden
dejar de ser tales sigan sintiéndose movidos, por ella misma, por la vida
monástica.
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Coherente con una clave heredada del Romanticismo, Insausti intenta dibujar las líneas de su plano hermenéutico como en una perspectiva caballera. El neomonacato se alzaría así sobre tres ejes: medievalismo, malditismo en ruinas y huida/desprecio del mundo. Y, sin embargo, en cierto modo perplejo, se ve obligado a reconocer la sinceridad de la entrega de sus protagonistas a esa forma de vida que, incomprensible para la Modernidad, no acaba de extinguirse. Es imposible encajarlos en el modelo literario del Don Álvaro del Duque de Rivas, el cual en el fondo no es más que un criminal en rebeldía que había convertido su ermita en un escondrijo proscrito.
Como la manera de articular una respuesta a la provocación neomonacal,
sin negarla sino procurando positivarla, Insausti en los siguientes ensayos de La
lira de Linos opone a los simbolistas franceses tres figuras
completamente laicas, ecuménicas y europeas: Dante,
Dostoievski y, sobre todo, T. S. Eliot. La tensión entre unos y otros
garantizaría quizás no encontrar una salida al embrollo de la (pos)modernidad,
pero sí invertir la perspectiva que habría amenazado la liturgia bajo la forma paródica
de los aquelarres artísticos contemporáneos.
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En
el prólogo de Las diabólicas D’Aurevilly escribía: «El alfabeto de los
novelistas es la vida de cuantos tuvieron pasiones y aventuras, y el caso es
combinar, con la discreción de un arte profundo, las letras de ese alfabeto».
Tengo para mí que personas como Huysmans o Jacobs no huyeron, ni tan
siquiera se retiraron, a un monasterio, sino que se acogieron a él. Con su vida allí no pretendían evitar el contacto de un mundo profanado,
en busca de una presencia sagrada perdida. Sabían demasiado bien que
llevaban grabadas en su alma las marcas del mundo, el demonio y la carne. En vez de
perseguir un nuevo cielo, se conformaron y, a la vez, se arriesgaron a morar en
el purgatorio de su existencia. Practicaron una rara y desconcertante penitencia. Tal vez sintieron que el enigmático universo del monasterio, aun a
punto de evaporarse, era el arduo lugar donde nadie les habrá juzgado.
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