jueves, 24 de septiembre de 2020

En absoluto


Fiesta de Ntra. Sra. de la Merced




Hace casi un año iniciaba el itinerario de esta poética del monasterio con la memoria del libro sin por venir que la prefiguraba. No me he ahorrado calificar El peregrino absoluto de impublicable y hasta de inescribible. Acaba de ver la luz en la colección Jánica de la editorial Cypress Cultura.

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Mientras redactaba ese libelo, a Cavalcanti también le asaltaron dudas sobre su razón de ser. Espigó en los Diarios de Bloy algunas entradas de 1902 sobre los sentimientos que le habían asediado ante la publicación de su Exégesis de los lugares comunes. Habiéndole dedicado finalmente este nuevo libro, he vuelto a meditar, como el salto de una caída, la distancia entre sus reflexiones al acabar la segunda serie en 1913 y el resultado que ahora cobijo a su sombra, tal vez aterida, tal vez aliviada.

 

20 de febrero. Los que se rían con mis Lugares Comunes, encontrándome endiabladamente inspirado, no sabrán que lo que les divierte ha brotado de mi tristeza y a menudo de mi angustia. Lo saben ya algunos y se asombran; yo mismo, en primer lugar.

14 de abril. Fin de mi Exégesis de los lugares comunes (nueva serie). Agobiado por ese trabajo y para despedirme de mis lectores, me decido a agrupar los lugares comunes que todavía quedan sobre la conciencia, y aplicarlos tal cual en un post scriptum impertinente en beneficio del hombre valiente que sienta la tentación de continuar mis explicaciones y mis glosas.

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Al ir corrigiendo las pruebas, sentí, abrumado, que los lugares comunes jamás envejecen, porque a cada instante su insustancialidad engendra, como por palingénesis, una multitud cancerosa y pujante de nuevos términos. Los que he taxonomizado se han apergaminado. La pandemia del COVID-19 ha inoculado con renovado vigor en nuestro malhadado lenguaje las ilimitadas mutaciones que la estupidez jamás dejará de infligirle mientras la fatiga de la Caída se prolongue en su insondable abismo.

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El peregrino absoluto nace en el cruce entre los Diarios y la Exégesis de Bloy, aunque carece de su inspirada angustia. No es tampoco divertido. Quizás no sea sino un libro temerario. Poder solo velar la tristeza del maestro recompensaría su esfuerzo. Sentado a los pies de un olivo digital, debería dirigirme su pregunta: “¿Quién, en esta época, es capaz de leer un libro en el que se habla continuamente de Dios?”. En la nuestra, ni siquiera sería admisible que se sobreentienda.

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Sospecho que sus páginas sufren una profunda contradicción. He procurado encajar con escrúpulo escatológico las teselas del mosaico aleatorio que las dio a conocer en el formato de un blog. Un comentario de Ander Mayora me descubrió la (in)certidumbre de esa antítesis cuya obra requería la publicación en papel. Él habría propuesto aligerar el estilo y la saturación de imágenes, pero reconocía que “es lo que es gracias a ese estilo y a esas ideas; no pretende ser lo que no es, ni desea contentar a nadie. Como Bloy, claro”. Histérico o visionario, habría sido imperdonable, como un pecado contra la oscuridad, que no hubiese mantenido fidelidad hasta el extremo de sus propias fuerzas.

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En el fondo guardaba la secreta confianza de que tal peregrinación no sería leída; que no debería serlo. Que un solo lector sea la refutación de esta convicción la habrá ratificado.

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Podrá desvanecerse el eco de una palabra pronunciada. Irreversible queda el peso de su ausencia. Enterradas, estas glosas quisieran permanecer expectantes hasta que se abra el Libro último.

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