jueves, 30 de abril de 2026

El giro

 

Memoria de S. Pío V, p.

 

Cristo en el camino de Emaús,
Abel Grimmer (h. 1600)

Durante unos meses en los ambientes eclesiales se ha debatido sobre el presunto «giro religioso» que estaría experimentando la juventud actual y del cual aquellas manifestaciones artísticas constituirían un síntoma. En un hilo utilísimo Mn. Lucas Buch ha ido enlazando las más destacadas intervenciones producidas desde el estreno de la película Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa y la publicación del disco Lux de Rosalía en el último trimestre de 2025.

Con el paso del tiempo los entusiasmos iniciales han dado paso a unas versiones matizadas que han desembocado en la calificación de un giro «teológico». Poco a poco, me temo que este asunto acabará disolviéndose como los azucarillos en el agua. Se abrirá entonces la siguiente conversación sobre el papel del cristianismo y, en especial, del catolicismo en nuestro país, mientras su extinción siga acelerándose en los términos con que parecemos empeñados en conservarlo.

Como pueden imaginar mis lectores, confieso no mi escepticismo sino mi descreimiento sobre los fundamentos reales de ningún giro. En cambio, es innegable que su discusión responde a la repetición cíclica de las fantasías que albergan los restos de varias generaciones que han dejado de ser jóvenes.

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El término mismo de «giro» está tan manoseado que no resulta creíble. Es una de esas palabras comodín cuyo éxito caracterizó la posmodernidad. A Richard Rorty le debemos el sintagma «giro lingüístico» para caracterizar uno de los cauces centrales de la filosofía contemporánea. Al Círculo de Viena o a Wittgenstein ni se les habría pasado por la cabeza utilizar un remoquete que tiene más de titular de prensa que de descripción. Otro tanto sucede con la penúltima versión pret-à-porter que nos ocupa.

Vivimos en unas sociedades que convierten la anécdota en categoría para reducir la categoría a anécdota. El «giro religioso» convertiría a lo sumo sus síntomas en un diagnóstico, de manera que de este diagnóstico pueda derivarse la exégesis de aquellos síntomas.

Como con tantos otros asuntos, siendo el más flagrante el caso de la IA, antes de poder adquirir una visión de conjunto, ya han salido mil artículos y cien libros que te explican en síntesis y te anticipan de manera divulgativa los más sutiles y recónditos motivos y consecuencias.  Los analistas son los augures y los nigromantes de la ciencia.

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La salvaje secularización que ha sufrido la sociedad española durante los últimos cincuenta años no se debe en exclusiva ni al 68, ni a las tensiones del posconcilio, ni a la democracia, ni al Régimen del 78, ni tan siquiera a sus adaptaciones o no al mundo. Debería hacer un examen de conciencia a fondo hasta de sus pretendidas buenas obras.

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Aunque me declare anarcorreaccionario, o precisamente por definirme así, no puedo evitar pertenecer a una generación que nos hemos formado en el marco intelectual de los cacareados «maestros de la sospecha». Por ello, no me creo el denominado «giro religioso». Mo me parece sino el enésimo truco de la Iglesia española en todos sus niveles (jerarquía, congregaciones religiosas, pero también movimientos y asociaciones laicales) para justificarse y, de paso, enmascarar y deshacerse de las propias responsabilidades del naufragio moral y espiritual en el que vivimos.

Sé que una posición tan radical levanta de inmediato objeciones del tipo: «Ah, ¿así que no crees que los jóvenes sientan necesidad de sentido y de arraigo espiritual?». «Hum, si tan crítico eres, ¿por qué no hablas de ti antes de juzgar a los demás?». «Oh, ¿te molesta el bien que, pese a los errores humanos, puedan hacer estas nuevas maneras de vivir la fe que son perfectamente ortodoxos y están tocando el corazón de tanta gente?». Siempre las interrogativas biempensantes satisfacen el alto concepto de sí mismos que sostiene a los profetas burgueses.

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La Conferencia Episcopal Española se descuelga ahora con una nota doctrinal sobre los peligros del emotivismo. Como dice un amigo mío, llevan cincuenta años alentándolo y ahora se asustan de las consecuencias. Llevo mucho tiempo «predicando en el desierto» que adonde lleva, en el caso español, es una y otra vez a las diversas variantes del alumbradismo.

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Que entre la juventud existe una sed espiritual de verdad es indudable. Que sus formas gusten más o menos es tan discutible como legítimo. Echan mano de lo que está a su alcance, por inclinación, por cultura, por búsqueda, por casualidad, por lo que sea. Pero no están volviendo a ningún sitio.

Mi impresión, tan discutible también como legítima, apunta a que les hemos deshecho la figura del padre (y hasta la de la madre). Y se la están teniendo que rehacer. Pero nadie puede a solas. Del debate sobre el «giro» lo que más me repugna es el oportunismo eclesial para sacar como siempre tajada en beneficio de sus intereses. No advierto generosidad, sino el enésimo intento de apuntalar los propios intereses vinculados, como si fueran simbióticos, a los de esta búsqueda. Y en este punto todo el mundo ha aprendido muy rápido en una sociedad como la nuestra. Las viejas recetas ya no funcionan, aunque parezca que se retoman, como es natural, sus ingredientes.

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Volver es volverse. Regresar es reemprender el camino de la verdad y de la vida.

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«Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34).

«Jesús les respondió y dijo: “Estad atentos a que nadie os engañe, porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: ‘Yo soy el Mesías’, y engañarán a muchos”» (Mt 24,4).

«Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Y levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron a los Once con sus compañeros» (Lc 24,33).

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1 comentario:

  1. Armando, es de agradecer tu valentía y lucidez por sospechar cristianamente –aún a riesgo de producir urticaria en los correligionarios– de estos supuestos éxitos mediáticos que tienen mucho de inane y venenoso. Pienso que la fe debería ser no ya algo más, sino otra cosa por completo diferente de un narcisismo autocomplaciente o de una estetización de la creencia, como viene sucediendo con este «catolicismo pop» o «cristianismo de Instagram».

    Comprendo la inevitabilidad del testimonio si la fe es entrañada, admito la belleza como lugar de encuentro con Dios, admiro y adoro la liturgia, bendigo su anacronismo y no desisto de creer que no nos vendría nada mal un poco de sensibilidad sacramental, pero no puedo evitar sentir que hace falta recalcar la dureza de la fe y de la fidelidad a Cristo, una fe más exigente y posiblemente más austera en su boato que sea capaz de pasar la prueba idoloclasta de la modernidad y la idolátrica de la posmodernidad, sin conformarse con cuentos chinos ni con nadar en las placenteras aguas de un Dios que se imagina siempre y por defecto de nuestro lado sólo por andar envueltos con sus signos. Tal vez ahí del lado protestante y de cierta influencia judía haya algo que rescatar.

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