Memoria de S. Pío V, p.
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| Cristo en el camino de Emaús, Abel Grimmer (h. 1600) |
Durante
unos meses en los ambientes eclesiales se ha debatido sobre el presunto «giro
religioso» que estaría experimentando la juventud actual y del cual aquellas
manifestaciones artísticas constituirían un síntoma. En un hilo
utilísimo Mn. Lucas Buch ha ido enlazando las más destacadas intervenciones producidas
desde el estreno de la película Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa y la
publicación del disco Lux de Rosalía en el último trimestre de 2025.
Con
el paso del tiempo los entusiasmos iniciales han dado paso a unas versiones
matizadas que han desembocado en la calificación de un giro «teológico». Poco a
poco, me temo que este asunto acabará disolviéndose como los azucarillos en el
agua. Se abrirá entonces la siguiente conversación sobre el papel del
cristianismo y, en especial, del catolicismo en nuestro país, mientras su
extinción siga acelerándose en los términos con que parecemos empeñados en
conservarlo.
Como
pueden imaginar mis lectores, confieso no mi escepticismo sino mi descreimiento
sobre los fundamentos reales de ningún giro. En cambio, es innegable que su
discusión responde a la repetición cíclica de las fantasías que albergan
los restos de varias generaciones que han dejado de ser jóvenes.
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El
término mismo de «giro» está tan manoseado que no resulta creíble. Es una de
esas palabras comodín cuyo éxito caracterizó la posmodernidad. A Richard Rorty
le debemos el sintagma «giro lingüístico» para caracterizar uno de los cauces
centrales de la filosofía contemporánea. Al Círculo de Viena o a Wittgenstein
ni se les habría pasado por la cabeza utilizar un remoquete que tiene más de
titular de prensa que de descripción. Otro tanto sucede con la penúltima
versión pret-à-porter que nos ocupa.
Vivimos
en unas sociedades que convierten la anécdota en categoría para reducir la
categoría a anécdota. El «giro religioso» convertiría a lo sumo sus síntomas en
un diagnóstico, de manera que de este diagnóstico pueda derivarse la exégesis
de aquellos síntomas.
Como
con tantos otros asuntos, siendo el más flagrante el caso de la IA, antes de
poder adquirir una visión de conjunto, ya han salido mil artículos y cien libros
que te explican en síntesis y te anticipan de manera divulgativa los más
sutiles y recónditos motivos y consecuencias. Los analistas son los augures y los nigromantes
de la ciencia.
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La
salvaje secularización que ha sufrido la sociedad española durante los últimos
cincuenta años no se debe en exclusiva ni al 68, ni a las tensiones del
posconcilio, ni a la democracia, ni al Régimen del 78, ni tan siquiera a sus
adaptaciones o no al mundo. Debería hacer un examen de conciencia a fondo hasta
de sus pretendidas buenas obras.
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Aunque
me declare anarcorreaccionario, o precisamente por definirme así, no puedo
evitar pertenecer a una generación que nos hemos formado en el marco
intelectual de los cacareados «maestros de la sospecha». Por ello, no me creo el
denominado «giro religioso». Mo me parece sino el enésimo truco de la Iglesia
española en todos sus niveles (jerarquía, congregaciones religiosas, pero
también movimientos y asociaciones laicales) para justificarse y, de paso, enmascarar
y deshacerse de las propias responsabilidades del naufragio moral y espiritual en
el que vivimos.
Sé
que una posición tan radical levanta de inmediato objeciones del tipo: «Ah,
¿así que no crees que los jóvenes sientan necesidad de sentido y de arraigo
espiritual?». «Hum, si tan crítico eres, ¿por qué no hablas de ti antes de juzgar
a los demás?». «Oh, ¿te molesta el bien que, pese a los errores humanos, puedan
hacer estas nuevas maneras de vivir la fe que son perfectamente ortodoxos y
están tocando el corazón de tanta gente?». Siempre las interrogativas
biempensantes satisfacen el alto concepto de sí mismos que sostiene a los profetas
burgueses.
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La
Conferencia Episcopal Española se descuelga ahora con una nota
doctrinal sobre los peligros del emotivismo. Como dice un amigo mío,
llevan cincuenta años alentándolo y ahora se asustan de las consecuencias. Llevo
mucho tiempo «predicando en el desierto» que adonde lleva, en el caso español,
es una y otra vez a las diversas variantes del alumbradismo.
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Que
entre la juventud existe una sed espiritual de verdad es indudable. Que sus
formas gusten más o menos es tan discutible como legítimo. Echan mano de lo que
está a su alcance, por inclinación, por cultura, por búsqueda, por casualidad,
por lo que sea. Pero no están volviendo a ningún sitio.
Mi
impresión, tan discutible también como legítima, apunta a que les hemos
deshecho la figura del padre (y hasta la de la madre). Y se la están teniendo
que rehacer. Pero nadie puede a solas. Del debate sobre el «giro» lo que más me
repugna es el oportunismo eclesial para sacar como siempre tajada en beneficio
de sus intereses. No advierto generosidad, sino el enésimo intento de apuntalar
los propios intereses vinculados, como si fueran simbióticos, a los de esta
búsqueda. Y en este punto todo el mundo ha aprendido muy rápido en una sociedad
como la nuestra. Las viejas recetas ya no funcionan, aunque parezca que se
retoman, como es natural, sus ingredientes.
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Volver
es volverse. Regresar es reemprender el camino de la verdad y de la vida.
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«Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34).
«Jesús les respondió y dijo: “Estad atentos a que nadie os engañe, porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: ‘Yo soy el Mesías’, y engañarán a muchos”» (Mt 24,4).
«Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Y levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron a los Once con sus compañeros» (Lc 24,33).
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Armando, es de agradecer tu valentía y lucidez por sospechar cristianamente –aún a riesgo de producir urticaria en los correligionarios– de estos supuestos éxitos mediáticos que tienen mucho de inane y venenoso. Pienso que la fe debería ser no ya algo más, sino otra cosa por completo diferente de un narcisismo autocomplaciente o de una estetización de la creencia, como viene sucediendo con este «catolicismo pop» o «cristianismo de Instagram».
ResponderEliminarComprendo la inevitabilidad del testimonio si la fe es entrañada, admito la belleza como lugar de encuentro con Dios, admiro y adoro la liturgia, bendigo su anacronismo y no desisto de creer que no nos vendría nada mal un poco de sensibilidad sacramental, pero no puedo evitar sentir que hace falta recalcar la dureza de la fe y de la fidelidad a Cristo, una fe más exigente y posiblemente más austera en su boato que sea capaz de pasar la prueba idoloclasta de la modernidad y la idolátrica de la posmodernidad, sin conformarse con cuentos chinos ni con nadar en las placenteras aguas de un Dios que se imagina siempre y por defecto de nuestro lado sólo por andar envueltos con sus signos. Tal vez ahí del lado protestante y de cierta influencia judía haya algo que rescatar.