jueves, 6 de agosto de 2020

Contemptus mundi


Fiesta de la Transfiguración de N. S. Jesucristo


Transfiguración de Cristo,
Giovanni Bellini (1487)
 
A Ángel L. Luján

 

Ojeaba ayer la enumeración de actividades que José F. Peláez propone como antídotos a esa tentación de la acedia postmoderna que es la complacencia en la mediocridad. Como el exceso de un “además”, en una línea se iluminó un fragmento de mi vida: “paseante de fin de semana bajo la lluvia azul de Regent’s Park”. No me planteaba un plan, sino una crónica. De golpe, veinte años atrás, recordé que había vivido como un monje exclaustrado, peregrino de primavera bajo los álamos anaranjandos de Hampstead. Ahora puedo dejar estas palabras irse en paz.

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Pocas convicciones poéticas sostengo ya. Irreductible, aristotélico, me aferro a que la poesía cuenta las cosas como podrían suceder. Tal vez reaccionario, sea la única manera de conseguir que hayan sucedido realmente. Hoy mismo recuerda Gregorio Luri que la perspectiva que el conservador adopta sobre el pasado “nos permite contemplar el presente desde el pasado, mostrándonos las novedades sin ocultar las permanencias”. (Anti)moderno por naturaleza, el poeta se arriesga a mostrarnos las permanencias sin ocultar las novedades. El matiz del estilo define su figura de la historia.

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Mientras, todavía asombrado, vuelvo a contemplar cómo caían las estrellas de aquel cielo sobre mi mundo entonces exiliado, siguen sosteniéndome las imágenes iluminadas por el entusiasmo y la desolación de aquel joven que ya no sé reconocer sino en el testamento de algunos sentimientos: la exaltación de haber oído a Wagner en el Covent Garden a la altura gélida y pálida de Gower Street; la admirada indiferencia ante un ejemplar del catecismo de Juan Pérez de Pineda en la sala general de la British Library; el intenso olor a mocato de curry envolviendo nuestras conversaciones en el comedor del college de las enfermedades tropicales; la solitaria penumbra de una celda minúscula iluminada por una ilusas velas, sobre una moqueta roída y bajo un techo de poco más de dos metros de altura; la visita inesperada de la novia que nunca tuve para recriminarme que jamás me querría; el aguanieve racheada cabe la muralla de Adriano del brazo de mi amigo ermitaño; la silla de enea con que atrancamos la habitación para asegurarnos del anciano marinero tatuado; la madera sorda de la capilla de Windermere en que buscábamos el eco de Wordsworth; el vagabundaje por el extrarradio de Edimburgo, en busca del fin del mundo, respirando en el centro del bosque un lago de luz; el inacabable Támesis por mis venas; la sombría música de gaitas en Inverness…

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De aquellos días londinenses, de paseos deslumbrados por Hampstead o a paso brumoso junto a Great Russell Street, regresan los ecos de dos melodías que siguen marcando el ritmo profundo de mi imaginación. Apenas sé distinguir su sonido del latido de mi deseo.

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«And calmest thoughts come round us — as of leaves / Budding — fruit ripening in stillness — autumn suns / Smiling at eve upon the quiet sheaves — / Sweet Sappho’s cheek — a sleeping infant’s breath — / The gradual sand that through an hour-glass runs — / A woodland rivulet – A Poet’s death». (John Keats, ‘After Dark Vapours Have Oppressed our Plains’)

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«Time present and time past / Are both perhaps present in time future, / And time future contained in time past. / If all time is eternally present / All time is unredeemable» (T. S. Eliot, ‘Burnt Norton’)

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Vivíamos con abrumado contento nuestros infortunios. Fuimos, en aquellos instantes, felices.

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viernes, 31 de julio de 2020

IHS


Memoria de San Ignacio de Loyola, pbro. y fdr.


El buen samaritano,
Rembrandt (1630)
 

Entre los primeros recuerdos de mi infancia, allá por los tres o cuatro años, aparece, vívida, la imagen corriente de un coche de plástico azul. El P. Gómez Hellín, s. j., acababa de entonar a pleno pulmón “La Virgen de las Angustias nunca deja de llorar”. Como fin de la celebración, en el claustro de los jesuitas de la calle de Maldonado -en medio del patio, San Ignacio mirando a un cielo encapotado de junio- se había organizado una rifa para los Corderitos del Sagrado Corazón. Aquel cochecito era el tercer regalo. Cuando llegó el momento, se me había desbocado el corazón. Ha sido el único premio que he obtenido en una tómbola durante toda mi vida.

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Vuelvo a recorrer el camino que, por la planicie de Alcalá, desemboca a solas una lluviosa mañana en el valle de Urola. Respiro hondo antes de alcanzar la Basílica del Gesú en pleno esplendor barroco, bimilenario. Mi educación sentimental se ha formado entre los primeros poemas de Ezra Pound y los ejercicios espirituales.

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Desnuda y esencial, mi imagen de Loyola no ha dejado de ser la del santo cojo y andariego. Acabó de grabarla a fuego la dedicatoria de amable circunstancia que escribió José Ignacio Tellechea, el último descendiente de Ribadeneyra, en mi ejemplar de su biografía ignaciana: “Todos caminamos solos y a pie. Que Íñigo te ilumine y estimule en tu camino”. Tampoco yo he podido regresar a Jerusalén.

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Llevo un tiempo parándome a contemplar mi estado claravalense. ¿No será la prolongación natural y misteriosa de aquel ignacianismo juvenil? A fin de cuentas, “si alguno ha hecho elección debida y ordenadamente de cosas que están debajo de elección mutable, y no llegando a carne ni a mundo, no hay para qué de nuevo haga elección, mas en aquella perficionarse cuanto pudiere” [e.e. 173].

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Por inclinación, pertenezco a esa frontera de la espiritualidad ignaciana borrada a partir del generalato de Mercuriano: la que escribieron entre líneas Francisco de Borja, Antonio Cordeses, Baltasar Álvarez, Andrés Capilla…

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Ando meditando el final del capítulo X del evangelio de Lucas, de la parábola del buen samaritano a la casa de Betania. Me aplico una lectura alegórica. Ignacio, solo y de paso, samaritano, recogió mi juventud apaleada entre Jerusalén y Jericó. En la posada, malherido, Bernardo habrá cuidado de mi madurez. Contemplativos y activos, sin renunciar a la mejor parte, han practicado conmigo la caridad de la obediencia, cuyo único fin es alcanzar la libertad escatológica, la liberación de los afectos de este mundo para poder abrazarlo en Dios. San Benito lo habría expresado así: “Es que les consume el anhelo de caminar hacia la vida eterna”. ¿Habré empezado a aprender el sentido anagógico de su lección?

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Reabro un libro sepultado en mi memoria. En el párrafo final resdescubro tras qué he corrido garabateando tantas páginas prescindibles y apasionadas: “Así sucede que, en la historia de la vida espiritual, mística y tradición están en una armonía llena de misterio” (H. Rahner, “Ignacio de Loyola y la tradición ascética de los Padres de la Iglesia”).

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“Entonces yo digo: «Aquí estoy —como está escrito en mi libro— para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero, llevo tu ley en mis entrañas»” (Sal 40, 8-9). ¿Acaso no será la voluntad de Dios que nuestro libro sea la lectura cumplida de su Escritura en nuestra vida?

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lunes, 27 de julio de 2020

In adjutorium meum


Memoria de San Simeón Estilita, mj.



Tras haber aplicado antesdeayer a estas notas interrumpidas una versión del mito de la parálisis creativa, doy otra vez vueltas por este terreno pantanoso y semiderruido que me he planteado, inconsciente, delimitar como una poética. Renuevo así el propósito de edificarla sobre una planta imaginaria. Con una rápida vista he observado que medir y soñar son sinónimos de su tarea.

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José Jiménez Lozano caracterizaba las «formas mínimas» como la «esencia del ser» del arte cisterciense: “Están al borde de ser aire, y son piedra; pero piedra leve, nos parece”. “Mas sobre todo, no lo olvidemos, este arte es hermoso por lo que está ausente”. ¿Cómo alcanzar su estilo simple, ojival, tenaz empresa de despojo y desnudamiento?

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En medio de este esbozado absidiolo, vislumbro apenas un rayo que lo atraviesa en diagonal. Casi oblicuamente, la escritura de su poética en ciernes debería saber adaptar la alternancia del trabajo y el descanso al ritmo natural del día. ¿Qué otro ritmo reproduciría mejor su compás simbólico que la liturgia de cada Hora?

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En el misterio escatológico de la existencia humana, caída en un mundo a punto de ser transfigurado, debiera uno adentrarse siguiendo los espacios en blanco de sus rúbricas. Del Invitatorio a la oración conclusiva comenzaría anotando, in nomine Spiritus, los interlineados de un himno que permitiese salmodiar, trinitario, la gloriosa antífona de las figuras proscritas del Padre, el Maestro y el Monje. A ellos está encomendada la custodia de una lectura continua, entre la Ley terrena y la Gracia celeste. Como un responsorio breve, habría de entonar -¿quién sabe cómo?- el cántico de acción de gracias por su soledad y su silencio. Como preces, deberían guardar entonces los venerables jirones de su Tradición.

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Mi poética, pues, acogerá en su interior géneros diversos, en esencial obediencia a la genealogía de la que se declara descendiente. Su filiación no es humanista. Es anónima y despreciada. Zambullida en el sentido espiritual de las Escrituras, no ceja en la búsqueda palimpséstica del rostro divino que atisba en cada una de sus letras. Alonso de Madrid, Francisco de Osuna o Tomás de Villanueva son una parte de sus lecturas de mucho secreto. Ojalá pudiese aprender algo del pulso narrativo de Juan de Ávila. Tal vez deba consolarse con fijarse atenta en el inalcanzable lirismo de Jorge de Montemayor.

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Acarrearé materiales de aquí y allí, de la antropología y el psicoanálisis a la filosofía del lenguaje o la teología, de la política y la pedagogía a la poesía o la metafísica, de un modo ligero, en apariencia insatisfactorio. Bordearé los temas, como si pareciera un paseante que pasase los dedos por la tapa de libros apenas hojeados en librerías de lance. Tiraré líneas como si fueran gestos en el aire de formas casi entrevistas. ¡Que su claridad sea la cifra de una oscura noticia!

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De escribirse, será un libro irreconocible.

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sábado, 25 de julio de 2020

¿Un libro por venir?

 

Fiesta de Santiago Apóstol

Jacques Couen, Libro de Horas para uso de Rouen (h. 1400)
Libro de Horas para uso de Rouen,
Jacques Couen (h. 1400)

 

Llevo casi un par de meses de silencio, sin manchar con notas la parpadeante blancura de este blog. Tal vez su función consista en explorar la sensación de soledad que unas letras precisas experimentarían al grabarse en una página cualquiera. ¿Acaso no dejan de urgirme a empezar a bosquejar las primeras líneas de una anhelada Poética del monasterio?

Me resisto asegurándome que no he encontrado todavía el tono -y tampoco su estilo-. Cuanto más lo repito, menos dejan de recortarse las afiladas siluetas de esas figuras arquetípicas que no ceso de invocar: el padre, el maestro, el monje.

En mis colaboraciones de este curso en El Debate de hoy las he perseguido indirectamente. Como las islas de un archipiélago, he esperado que, por sí solas, cartografiasen una línea imaginaria. De seguirla, creí que me habrían conducido al continente desértico en que pudiera alzar el plano de ese monasterio in albis. He fracasado. Siguen reclamándome la humildad de abrazarlas en sí mismas.

Releo una entrada con que emborroné una libretita Blanche que me regaló un discípulo. Me abruman mis expectativas para un libro de momento sin por venir. Bajo apariencia literaria, la investigación en que Cavalcanti me embarcó encerraba un perentorio interrogante teológico: Sin huir del mundo, ¿cómo podremos librarnos de la insondable opresión del mal?

Vuelvo a murmurar entre dientes: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo?” (Sal. 15, 1)

Tres son los dogmas a cuya profesión mis libros querrían asentir. Trilogía güelfa afirmaba a su modo que, a pesar de nuestros infiernos, la Creación aspira al contento que lleva a exclamar: Valde bonum est! En otro registro, El peregrino absoluto ha constatado la feroz historicidad del mito de la Caída. Eritis sicut dii. Esa Poética del monasterio querría meditar el misterio de la Redención tras haberse certificado la muerte de Dios. Consummatum est.

¿Seguiré en blanco?

 

martes, 9 de junio de 2020

El canon lector

 

Memoria de San Efrén, dc. y dr.


Divina Comedia de Dante,
Simone Camaldolese (1386-88)


A rebufo de un amigo que ha publicado una magnífica lista de sus mejores cien libros, tal vez sea una buena hora de hacer un recuento que representa no sólo un elenco de gustos o el índice de una sensibilidad así radiografiada. 

Mientras decido encaminarme hacia mi biblioteca interior, merodeo por este claustro reflexionando sobre la memoria de aquellos libros que condujeron, de una manera u otra, mi vocación hasta estos muros. Cavalcanti me enseñó a afrontar su exigencia. ¿Me exige mi soledad actual repasar su catálogo?

Aunque prefiramos llamarlos favoritos, solemos encontrarnos con libros irreversibles. A algunos se llega demasiado pronto; a otros, tardíamente. Quizás estos y aquellos sean los más decisivos. Somos, de la manera más íntima, lo que leemos. El Lector definitivo de nuestras desventuras y borrones ha dejado escrito a limpio en el Libro de la Vida quienes vamos siendo in hac valle lachrymarum.

Es común temer que envejezca la ilusión que conservamos de aquellas primeras lecturas deslumbradas. Como suele huirse por melancólica prudencia de los antiguos amores, nos resistimos a que esos fantasmas desvanecidos entelen como una tentación el espejo en que desearíamos por un momento secreto volver a contemplarnos. A veces me ha sucedido vagar por las páginas de un libro en busca de un pasaje tan vivo en mi recuerdo que se ha esfumado al regresar tan sólo de visita.

Una lista simbólica atraviesa estratos de tiempo condensados. Conserva algo de crónica de gestas interiores y de acta pública de leyendas, tanto como de notas de un diario y de memorias íntimas. Sugiere y escamotea. Insinúa y trampea. Púdica, traza en zigzag su argumento. Provocativa, enseña la punta avergonzada de sus inconfesables caídas. Ego te absolvo. Pulvis es et pulvis reverteris.

Como una biblioteca personal, una lista esboza la etopeya de su dueño. Con sus lagunas y con sus repeticiones, alza el plano moral de quien habita entre las estanterías de sus números sucesivos.

Anoto cien libros seculares en un orden alfabético. De la lectura de cada uno de ellos, para bien o para mal, no he salido indemne. No representan necesariamente mis inclinaciones actuales o pasadas. Algunos me avergüenzan; de ninguno sabría prescindir. Olvidados para siempre unos cuantos, cerrados la mayoría, muy pocos releídos, sus efectos, aun los lejanos y los indirectos, siguen obrando sobre mi alma.


1 A la sombra de las muchachas en flor Marcel Proust
2 Amadís de Gaula Garci Rodrigo de Montalvo
3 Ámbito Vicente Aleixandre
4 Antígona Sófocles
5 Apologia pro vita sua San John Henry Newman
6 Átomos y galaxias Miguel D'Ors
7 Audi, filia San Juan de Ávila
8 Autobiografía San Ignacio de Loyola
9 Bucólicas Virgilio
10 Cancionero Guido Cavalcanti
11 Cantos de Maldoror Conde de Lautréamont
12 Cárcel de amor Diego de San Pedro
13 Hiperión Friedrich Hölderlin
14 Comedias bárbaras Ramón M. del Valle Inclán
15 Conversación en la Catedral Mario Vargas Llosa
16 Corrección Thomas Bernhard
17 Crimen y castigo Fiodor Dostoievski
18 Cuatro cuartetos T. S. Eliot
19 Diarios Léon Bloy
20 Diarios Thomas Merton
21 Dios y mi alma Hermano Rafael Arnáiz
22 Doctor Zhivago Boris Pasternak
23 Don de la ebriedad Claudio Rodríguez
24 Don Quijote de la Mancha Miguel de Cervantes
25 Ejercicios espirituales San Ignacio de Loyola
26 El asno de oro Apuleyo
27 El escándalo Pedro Antonio de Alarcón
28 El metro de platino iridiado Álvaro Pombo
29 El ocaso de los ídolos Friedrich Nietzsche
30 El oficio de vivir Cesare Pavese
31 El pábilo vacilante Enrique García-Máiquez
32 El candor del Padre Brown G. K. Chesterton
33 El profesor inútil Benjamín Jarnés
34 El Señor de Bembibre Enrique Gil Carrasco
35 El sí de las niñas Leandro Fernández de Moratín
36 En la colonia penitenciaria Franz Kafka
37 Espacio Juan Ramón Jiménez
38 Exégesis de los lugares comunes Léon Bloy
39 La voluntad Azorín
40 Fedro Platón
41 Fortunata y Jacinta Benito Pérez Galdós
42 Gaudete Ted Hughes
43 Guía espiritual de Castilla José Jiménez Lozano
44 Hamlet William Shakespeare
45 Himnos a la noche Novalis
46 Historia de mi alma Santa Teresa de Lissieux
47 Industrias y andanzas de Alfanhuí Rafael Sánchez Ferlosio
48 Insolación Emilia Pardo Bazán
49 José y sus hermanos Thomas Mann
50 Juan Belmonte Manuel Chaves Nogales
51 La agonía de Cristo Santo Tomás Moro
52 La educación sentimental Gustave Flaubert
53 La muerte de Arturo Sir Thomas Mallory
54 La muerte de Virgilio Hermann Broch
55 La música del mundo Andrés Ibáñez
56 La Regenta Leopoldo Alas
57 La repetición Sören Kierkegaard
58 Las Euménides Esquilo
59 L'espai desert Pere Gimferrer
60 Leyendas G. A. Bécquer
61 Libro de la Vida Santa Teresa de Jesús
62 Libro de navíos y borrascas Daniel Moyano
63 Libro del Caballero Zifar
64 Libro del desasosiego Fernando Pessoa
65 Lo somni Bernat Metge
66 Los hermanos Karamázov Fiodor Dostoievski
67 Meditaciones sobre la Iglesia Henri de Lubac
68 Memorias de ultratumba René de Chateaubriand
69 Nada Carmen Laforet
70 Odisea Homero
71 Pensamientos Pascal
72 Persiles y Segismunda Miguel de Cervantes
73 Personae Ezra Pound
74 Poema del Mío Cid
75 Poemas saturnianos Paul Verlaine
76 Cántico espiritual San Juan de la Cruz
77 Poemas divinos John Donne
78 Odas Fray Luis de León
79 La gesta dels estels Joan Salvat-Papasseit
80 Pompa y circunstancia Ignacio Peyró
81 Primer amor Iván Turguéniev
82 Relatos del peregrino ruso
83 Retorno a Brideshead Evelyn Waugh
84 Retrato del artista adolescente James Joyce
85 Rimas sacras Lope de Vega
86 Sangre sabia Flannery O'Connor
87 Segundo abecedario José Jiménez Lozano
88 Sentido y sensibilidad Jane Austen
89 Sermones al Cantar de los Cantares S. Bernardo de Claraval
90 Siete libros de Diana Jorge de Montemayor
91 Soledades Luis de Góngora
92 Sonetos a Orfeo Rainer Maria Rilke
93 Tirant lo Blanch Joanot Martorell
94 Tragicomedia de Don Duardos Gil Vicente
95 Tristes Ovidio
96 Una historia de amor y oscuridad Amos Oz
97 Venecias Paul Morand
98 Versos del caminante León Felipe
99 Vida nueva Dante
100 Vida y destino Vasili Grossman


domingo, 17 de mayo de 2020

El culto confinado



Memoria de San Pascual Bailón, rl.


Fractio panis,
Pintor italiano (S. II)
Catacumbas de Priscila


De mi juventud recuerdo cómo los más selectos católicos progresistas se disputaban la posibilidad de tomar la mano a enfermos terminales de sida los domingos por la tarde, como si fueran los nuevos Padre Damián, mientras clamaban contra la ignorancia aburguesada de quienes, ocupados en sus rezos, no querían llegar tarde al templo.

Treinta años después, con esa seriedad inflada que nunca ha dejado de acompañarles, en atención a los más vulnerables, según susurran con boquita de piñón, disponen que hay que utilizar bastoncillos de algodón que permitan respetar las distancias a la hora de ungir a los enfermos, no vaya a ser que se puedan contagiar.

Antes bramaban invocando que Jesús reclamaba misericordia y no sacrificios y que su Evangelio nos debía poner al lado de los marginados. Hoy amonestan que el auténtico culto es el interior, en verdad y en espíritu.

Tan rebeldes como siempre, supuestamente escandalizados por el legalismo farisaico, no se conforman con detallar todas las medidas de seguridad que se deben seguir. La vigencia de la dispensa dominical es cuestión de aforo. Incluso no dudan en regular cuál debe ser la manifestación del dolor de quienes, habiendo perdido a sus seres queridos, acuden al culto en busca de consuelo:

La presencia de familiares y fieles deberán cumplir las normas de ocupación del espacio. Asimismo, tendrán que evitar los gestos de afecto que implican contacto físico”. 

No se cansaban de blandir la “denuncia profética”. No han cambiado. Siguen siendo los mismos burócratas disfrazados de aventureros, siempre a las órdenes de la autoridad civil competente, sea la que sea, siempre obedientes a su conveniencia, con buena conciencia, con indesmayable espíritu de colaboración por las buenas o por las otras. “A Dios lo que es de Dios; y al César lo que es del César”. ¿Qué piensan que necesitaría Dios de ellos, sino que el César los mantenga a cambio de que nos vigilen y de que nos disciplinen empáticamente por nuestro bien?

Releo El Instante de Kierkegaard:

--- y entonces jugamos el juego de que todos somos cristianos, de que todos amamos a Dios, pues las personas hoy día, por «Dios es amor» y por «amar a Dios», no entienden otra cosa que el caramelo pegajoso y empalagoso con el que comercian los testigos de la verdad de lo que es mentira”.

Con su marcionismo de saldo, con su utopismo de pachulí, con su despiadado despotismo de siempre, el egoísmo clerical se precipita hacia una sectarización sin fieles y sin poder. Habrá que dar a gracias a Dios por una situación tan abrumadora.

Se organiza la celebración del culto como si se dispusiera la apertura de los establecimientos del sector de la hostelería y de la restauración. Ir a Misa como ir de bares. Con una diferencia: el dueño del bar no reclama sumisión obsequiosa.

Si quieren mantener en conciencia su fe, no pocos católicos se están sintiendo obligados a practicarla con radicalidad protestante, a fin de mantener la comunión que sus pastores les han exigido entre fórmulas vagas y vacías de cercanía. Ni las sonrisas, ni las amenazas, ni los decretos futuros podrán llegar a revertir esa situación cuando ya no interese.

Releo a Kierkegaard:

Pues burlarse de Dios no es equívoco, pero hacerlo en nombre de rendirle culto es equívoco; querer abolir el cristianismo no es equívoco, pero abolir el cristianismo diciendo difundirlo, es equívoco; dar dinero para trabajar en contra del cristianismo no es equívoco, pero recibir dinero para trabajar en su contra diciendo trabajar por él, es equívoco”.

domingo, 26 de abril de 2020

Ayuno sacerdotal


Memoria de San Rafael Arnáiz, mj.






En el Misal Romano se recoge que “según una antiquísima tradición de la Iglesia, en este día [de Jueves Santo] están prohibidas todas las misas sin pueblo”. En la pasada Semana Santa mostré mi perplejidad a un reconocido liturgista. Quiso confortarme asegurando que los decretos ad hoc de la Santa Sede garantizaban a todos los sacerdotes celebrar, aunque estuvieran solos, esa tarde. Callé respetuosamente y le pedí que nos tuviese presentes en espíritu. Un católico romano sabe que el funcionamiento jurídico de la Iglesia se rige con toda naturalidad por el uso discrecional de la dispensa.

En medio de la polémica actual sobre la conveniencia o no de restaurar en muchos lugares el culto público, con todas las medidas de seguridad oportunas, lamento con melancolía que muchos de nuestros pastores, como de costumbre, hayan perdido la oportunidad de estar predicando con el ejemplo.

No he podido evitar meditar sobre aquellos sacerdotes que, en un plano sobrenatural, hubieran decidido que, en esas condiciones, no podían celebrar la misa de la Cena del Señor. Que la Tradición de la Iglesia no depende de un documento curial, por más legítimo que sea. Que, habiéndose pasado días explicando a los fieles por qué no les era posible acceder a los sacramentos, asumían el peso de una prueba dolorosísima, ojalá única en su vida sacerdotal, que les hacía solidarios de quienes les habían sido encomendados.

¿Se habría podido celebrar la Cena del Señor entonces? Evidentemente, sí. Todas aquellas misas en que asistiese “pueblo”, aunque fuera un solo fiel (un lego, una madre, una hermana…), sin subterfugios y sin excepciones, con su valor infinito, habría podido tener lugar. En un monasterio o en la habitacioncilla de un piso común la Iglesia entera habría celebrado el misterio de la fe. En el ayuno sacramental más estricto, los sacerdotes solos habrían podido seguir por internet la celebración de su obispo o del Papa y experimentar, no sólo imaginarse, el anhelo de sus fieles. Podrían haber leído también los salmos y los profetas y haber meditado el exilio de Israel, sin templo ni liturgia. En suma, habrían compartido a fondo la tristeza de Jesús en Getsemaní.

Si ahora esos sacerdotes tomasen la palabra, su testimonio resplandecería de tal modo que deberíamos bajar la cabeza avergonzados. Pero habrán adquirido tal humildad que dejarán que vuelvan a hablar quienes siguen pontificando sobre el valor infinito de la Misa, la comunión espiritual, el ayuno sacramental y la obediencia a nuestros pastores. No se les perdonaría su testimonio. “Hermano, te estás equivocando; estás rompiendo la comunión”, dirían no pocos.

De esta crisis temo que, en medio de la indiferencia, a nuestros pastores, estupefactos, les seguirá tan sólo un cortejo de silencio cuando no de miseria. Mejor o peor dispuestos, los Apóstoles acompañaron a Nuestro Señor en el Cenáculo. De descender su cuerpo de la Cruz y enterrarlo, sólo se acordaron dos discípulos secretos y unas mujeres.