viernes, 14 de abril de 2023

La luz del Nombre


Viernes de la Octava de Pascua 



Ahora que la difusión de Poética del monasterio ha concluido, algunos amigos se interesan por mi próximo proyecto letraherido. Me cuesta confesarles que estoy entregado a un descanso sabático. Leo, sigo meditando, repaso reposando. Nunca, o casi nunca, me he propuesto escribir un libro. De repente entre aquellas notas dispersas que hubiera agavillado descubría una ligazón en espera de desarrollo. Del modo más radical, Poética del monasterio se me impuso como un título. Todo el libro estaba contenido en esas tres palabras. Debió esperar casi cinco años hasta que me atreví a acogerme a sus espacios blancos, como el hábito del Císter sobre el que se grabase el escapulario de mi escritura.

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Ando aprovechando la coincidencia de requerimientos académicos con obligaciones amicales para ir pergeñando un volumencillo antimoderno, español, a caballo entre la crítica y la semblanza. Contiene un algo de ejercicio de estilo, a carboncillo, preso de una seriedad agitada, incluso divertida. Trazan sus líneas un sfumato de mis preferencias literarias. Tal vez tuviera razón un alumno que me decía hace un par de días que advertía en mí un gusto – ¿romántico?, ¿neoclásico? - por escarbar entre las ruinas de lecturas olvidadas.  ¿Es acaso la tentación barroca que no logra resistir la virtud gótica perseguida por mi estética claravalense?

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Me impresionó mucho un comentario de Álvaro Petit bajo un sol limpio, primaveral, madrileño. ¿Por qué no escribir simplemente un libro de principio a fin, sin ensamblar materiales previos? Me ha parecido un recordatorio monástico. Lejos de distracciones, concentrándose en lo esencial, regresar adentro, apartado del tráfago cotidiano, asumir su olvido, tomando distancia del mundo para pensarlo mejor.

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En estos últimos meses voy rezando partes del Oficio mientras camino de ida al trabajo y de vuelta. Los salmos empiezan a resonar misteriosamente en recovecos en penumbra de mi alma. La recitación itinerante cierne sus detalles por el movimiento de una respiración entrecortada. Entreveo entre la justicia y la gloria de Dios, más que una procesión, una correspondencia íntima. A la madurez quizás me haya llegado el momento de reconciliarme – o no- con Platón a través del Aquinate.

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Poética del monasterio culminaba asomándose al sepulcro en la soledad del Sábado. Tal vez sea la hora de adentrarme en la oscuridad hacia la luz, con una confianza que me obligue a imprimir la esperanza de S. Bernardo: “Aspirará el día y respirará la noche”. ¿Acaso es éste el comienzo de una nueva peregrinación? El rostro de Dios no puede reducirse a una imagen – o un concepto-. Está grabado en la Palabra. De ella emana la luz de su Nombre.

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miércoles, 5 de abril de 2023

Objetor de conciencia

 

Miércoles santo

 

Segundo interrogatorio de Cristo ante Pilato
Duccio di Buoninsegna (1308-1311)

Hace veinticinco años andaba cumpliendo la prestación social sustitutoria. Siempre he respetado, sin replicar, el reproche de que la objeción de conciencia era un atajo para pasarse sentado en la mesa de una biblioteca pública nueve o doce meses en lugar de obedecer una obligación patriótica. Prefiero evitar en este caso las parodias, pues sé que, como las armas, las carga el diablo. Además, nunca he sido pacifista ni antimilitarista. Obré entonces como creí, sin dar explicaciones.

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No me suele gustar hablar de aquel periodo que coincidió con el inicio de una etapa larga y dura de mi vida. Sin embargo, hace unas semanas el interés de unos alumnos jóvenes, que no sabían tan siquiera que sus padres habrían debido de realizar algún tipo de servicio militar o civil, me obligó a rememorarlo.

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Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí». Pilato le dijo: «Entonces, ¿tú eres rey?». Jesús le dice: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz»” (Jn. 18,37). Fue tal la conmoción que experimenté al leer este pasaje que me declaré al cabo de unos meses objetor, cuando nada podía hacer suponer que un hombre “de orden”, como se suponía que era, quisiera esquivar la mili. En lo accesorio pude equivocarme; en lo sustancial jamás he dudado. Simplemente me di cuenta de que no querría servir en adelante más que en la guardia de tal “rey”.

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Tras haber terminado la tesis doctoral y haber conseguido una beca de seis meses para los Estados Unidos, me llegó la llamada para incorporarme a la PSS. A diferencia del servicio militar, no se podía elegir el reemplazo. Estaba tan decepcionado de todo que había dejado en manos de la Providencia el ser enviado adonde tocase. En lugar de irme a Massachussets, me tuve que presentar en una asociación de vecinos de un barrio muy castigado. Había sido fundada y estaba dirigida por militantes del PCE. El primer día, en fila, como si estuviésemos en formación, el secretario nos fue preguntando a los primeros objetores que habíamos recalado allí qué sabíamos hacer. Uno trabajaba de obrero cualificado; otro estaba cursando estudios de diseño. Al llegar a mí, le contesté que era filólogo. Me miró con el ceño alzado y desconfiado y me preguntó: “¿Y eso para qué sirve?”. Sin una pizca de ironía, con una convicción abatida repliqué: “Sé leer y escribir”. Perplejo, aquel hombre retrocedió un paso sin dejar de mirarme fijamente. Por un instante creí que me insultaría. Musitó: “Pues tú escribirás por nosotros”.

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Era entrar en aquel bajo al final de toda una larga cuesta y empezar a escuchar gritos, protestas, insultos, blasfemias, risotadas… Me pasaba toda la mañana cursando solicitudes al Concejal Presidente del Distrito, rellenado instancias, elaborando informes y memorias, escribiendo discursos sencillos…, siempre bajo las instrucciones de la Presidenta. El secretario le llevaba el impreso para firmar. A través de la pared se oía: “Esto es muy fino. Pero, ¿dónde pone cabrón?”. “Que te va a escuchar, que te va a escuchar”. “¿Y a mí qué cojones me importa?”. Venía el Secretario a decirme: “Está bien, pero le falta garra. ¿Me entiendes?”. Con una gente muy curtida, muy ofendida, muy humillada, aprendí el precio de una lealtad que no era nada fácil mantener, pero cuyo código seguían con integridad. A veces, cuando aquello amenazaba irse de las manos o llegar a las manos, la Presidenta mandaba pasar revista y nos lanzaba toda clase de improperios: “Os mandaba a la mili a cavar piedra, panda de cabrones. Lo mínimo que deberíais tener es conciencia de clase. Aquí todos somos trabajadores”. Se paraba entonces y se dirigía a mí: “Menos éste, que va de moderadito, y tiene los cojones de enfrentarse conmigo por sus ideas. Y eso yo lo respeto”. Tales cumplidos no me ganaban ninguna simpatía.

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Cada domingo al atardecer, pensando que al día siguiente debía volver ir allá, me entraba aquello que mi madre denominaba “pasión de ánimo”. Sin trabajo, sin futuro entonces, decaído, con los sueños intactos, sin poder pensar en ninguna vida en común con ninguna de las chicas que conocía y que parecían decirme “cuando te aclares con lo que quieres hacer de tu vida…”, como una especie de hippie malgré moi, a quien algunos amigos empezaban a preguntarse si despreciar, mi padre insistía en que no debía abandonarme sino seguir yendo cada tarde a la biblioteca del CSIC. Empecé a leer a todos los erasmistas y alumbrados, franciscanos, dominicos y jesuitas del siglo XVI que habían tratado la oración. Para rematar, acabé enamorándome fatal e insensatamente. ¡Qué años! Perpetré todos los errores previsibles. No obstante, nunca he olvidado dos lecciones de entonces: Sé leer y escribir y Él es mi rey.

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Habiendo ya pasado por Londres, cuando todo volvía a desmoronarse, siempre objetando cualquier orden dispuesto a acoger mis servicios, reclinado bajo un olmo, con una camiseta solidaria dada de sí y unos vaqueros desgastados, vi a una chica que me observaba de soslayo. Me confesaría más tarde que había sentido piedad. Contempló a un tipo al que parecían haber apaleado, a punto de darse por vencido y en el que veía brillar al mismo tiempo, con una extraña intensidad, una fuerza interior que se resistía a apagarse. Nos casamos un año después.

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martes, 7 de marzo de 2023

Zurdo

 

Memoria de Santas Perpetua y Felicidad, mrs.




Debía de estar cursando cuarto de EGB. Nuestro tutor, un hombre mayor y atormentado por la muerte absurda de su hijo durante una parada técnica en la carretera, nos sacaba a la pizarra. Le temíamos por sus sarcasmos. Si salía un zurdo, le obligaba a escribir con la derecha colmándole de reproches por estar utilizando “la mano del diablo”. Un horror grabado a fuego en mi memoria infantil, que hacía reír a tantos, está asociado a dos frases espantosas con las que se justificaba: “¡Es por tu bien! Ya me lo agradecerás”.

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En algunas ocasiones, durante mi carrera académica, me he acordado de aquel episodio. Como mi letra – redonda, pequeña, neurótica-, mi modo de redactar me ha valido reproches: que si deslavazado, que si poco organizado, que si demasiado hipotáctico, que si aspira a abarcarlo todo de golpe... En lugar de la burla sarcástica y enloquecida, una elegante condescendencia me ha proporcionado una cuantas recetas para ser diestro en el arte académico. A una profesora de la Universidad, que me quería bien, le sorprendía que, mientras mis exámenes le parecían de una claridad deslumbrante, mis trabajos fueran oscuros y difíciles de seguir. (Casi) nadie discutía mi brillantez; simplemente lamentaban, más o menos implícitamente, que estuviera mal aprovechada. ¿Cómo podría atreverme a decirles que el rigor y el respeto a las reglas de cada género, académico o ensayístico, que intentaban inculcarme, me provocaban un aburrimiento paralelo al de la perplejidad que expresaban con el modo de practicarlas a tientas con que, a pesar de todo, siempre me he esforzado?

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¿A qué diestro no le produce una extrañeza inmediata ver escribir a un zurdo? El giro de su espalda, la elipsis del brazo o la rotación de la muñeca dan la impresión de desafiar los criterios de la caligrafía, como si su trazado consistiese en ajustarse a un supuesto canon natural de armonía diestra. El zurdo escribe diferente. Siempre he visto en esa diferencia la marca de una belleza irreductible y vulnerada.

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En el examen buscaba una calificación. En la escritura, oscuramente, como si fuera una excusa, ando tras una verdad que me esquivase. ¡Qué más daba que se tratase de la recensión de un libro! Retuerzo la sintaxis, sigo saltando entre los conceptos, pondré en fricción los significados. La impericia que hayan podido señalar en ella – naíf entonces, ahora rigurosa- no me importa tanto como el fuego que me devoraba para lanzarme campo a través. Llegaré siempre tarde y magullado, soportando el simpático reproche de quien, si le dejara, me recomendaría cómo sacar provecho de esta limitación de mi talento. En silencio, en medio de su realismo metafísico tan preciso y tan sensato, sigue sonando la melodía más pura de mi aventura: una gramática escatológica.

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La publicación de Poética del monasterio me ha proporcionado algunas satisfacciones conmovedoras, como descubrirme en la formidable genealogía con la que Lutgardo García tenía la generosidad de emparentarme. Muy especiales han resultado también las lecturas de José M. Sánchez Galera o Ángel Ruiz, las entrevistas de Marisa de Toro y Julio Llorente o los comentarios de Ricardo Calleja. Sus elogios acertaban en no esconder, con delicadeza, la presencia de ese tono y ese ritmo “desacompasados”, sin que por ello dejase de atraerles su extraña coherencia. Difíciles, oscuros, ambiguos, en ellos han percibido, ¡y hasta agradecido!, el murmullo de una verdad que en su herida – en su Caída- contiene una mirada que no podía ni sabría expresarse de otro modo.

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Tras la presentación madrileña, Ana Rodríguez de Agüero me comentó que, al empezar a leerme hace años, no desistió ante su dificultad, porque intuía que allí había algo que se quería decir y que merecía ser escuchado. Creo que es la única persona que ha captado que un lugar esencial en mi libro se encuentra en los apólogos y en los aforismos del capítulo En vasijas de barro, como si fuera el pozo en la clausura. Mientras la oía, puse mi cara más inexpresiva para ocultar que, por dentro, lloraba desconsoladamente de gratitud, como aquel adolescente de Andrei Rublev, de A. Tarkowski, tras conseguir que el secreto de su campana sonase.

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Enrique García-Máiquez recopilaba hace unas semanas algunas frases de Poética del monasterio en su sección de El barbero del rey de Suecia. Al tropezar con la fragilidad de los materiales con los que está construido mi monasterio, no se detuvo en ellos sino que ha sabido mirar a su través: “Pero no es defecto, sino deferencia”. En esas pocas palabras late una caridad tan alta de lector que deja en deuda a un autor que no quiere revelar las claves de su obra hasta el final. Entonces, habiéndolo edificado con su ayuda, no sabrá realmente si el edificio entero puede sostenerse. García-Máiquez ha acuñado así quizás la fórmula más exacta que representa ese pensamiento monástico, rumiante, especular, sincopado, que he querido cultivar siempre en el huerto de mi inteligencia: “Estamos de alguna manera ante una obra hecha de escolios implícitos en un texto sucesivo”. Nunc dimittis…

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jueves, 23 de febrero de 2023

Donde se hace la luz


Memoria de San Policarpo, ob. y mr.

 

Eneas, Anquises y Ascanio,
Crátera (520 a. C.)

Suelo recibir pocos libros. Los abro con alegría: por ser pocos y por el afecto que traen consigo. La llegada de Florecer, el breviario que acaban de publicar Daniel Capó y Carlos Granados, ha crepitado feliz en mi invierno. Con Capó he tejido una amistad de la voz. Hablamos habitualmente; nunca nos hemos visto. A veces, interesado por mi opinión, me recita uno de sus artículos. Al leerlos más tarde, adivino repliegues de su sentido más secreto, inapresable, bajo el recuerdo de la cadencia íntima de su entonación. En su parte del librito que tengo entre las manos, con el título de “Donde se hace la luz”, puedo imaginarlo pesando las palabras como si estuviese componiendo una partitura. Trata de la paternidad y de la filiación de la única manera en que es posible intentar acercarse a ellas: sin la arrogante pretensión de encajarlas en conceptos; con rigor vulnerable, atento a los matices que enseña a describir el propio itinerario existencial.

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El estilo de Capó crea una atmósfera. Puede parecerle al lector que le envuelve la emoción por el modo como despliega sus contenidos. No es así enteramente. Es la melodía, en cuanto álgebra de los sentimientos, a cuya escucha Capó se detiene, demorándose en sus inflexiones, la que despliega una estructura contrapuntística. No la alza provocadora o desafiante. Al contrario, roza levemente los pasajes de su memoria y de su cultura para que prenda la llama de un sentido hondo, trazado como una sfumatura.

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El ritmo de Capó, lleno de pausas, no es polifónico. Se escucha en él el eco de los lieder. Asume los suaves colores del amanecer o del crepúsculo. El murmullo del mar se hace indistinguible de la brisa que recorre los caminos boscosos que lo contienen. Capó, insular, se adentra en ellos en busca de una experiencia más clara, más escondida.

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El mar y la luz guían la exploración de las páginas de Capó, entre contrastes que no se oponen, sino que alternan para dar profundidad al horizonte. Casi podría hablarse de los ecos de un canto amebeo. Es la lección virgiliana que interpreta en clave bucólica la fuerza épica del descenso al Hades de Ulises o el exilio de Eneas. Es una lección poética que se apoya con naturalidad sobre la sabiduría bíblica. Atenas-Roma y Jerusalén, mundo clásico y la escritura hebrea van pautando el camino: la gramática del amor dirige la búsqueda de la gloria, mientras caminar en presencia del Señor supone la responsabilidad de custodiar y enriquecer la palabra recibida. Padres e hijos practican, en la obediencia del amor, un diálogo de fe y esperanza.

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Esta alternancia se da incluso en el nivel léxico. Al principio Capó reflexiona sobre dos términos, uno griego y otro hebreo. Al finalizar su recorrido los recapitula en otros dos vocablos. Al phaidimós (magnífico) homérico y al yehi del Pentateuco (que lo que sea suceda) los complementan el ahrayut que designa la responsabilidad y la enárgeia luminosa de los héroes y los santos que es el fruto de haberla asumido.

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Las antítesis se resuelven en quiasmos; las paradojas en retruécanos. La alegría del hombre que juega se manifiesta también en la pequeñez del sufrimiento. La puerta que abre simbólicamente el acceso a una realidad más alta pasa también por la tumba que marca la conciencia de nuestra finitud. La vida donde se hace la luz pasa por las sendas oscuras. Capó insiste en que sólo el testimonio rescata de su fondo la injusticia con la confianza de la belleza. Es el signo del abrazo de san Francisco al leproso o el sonido de la esquila que resuena en un poema de Anna Ajmátova.

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El mar de los aqueos o el desierto de los arameos errantes reflejan el movimiento del florecer que la paternidad está llamada a proteger y sostener. Capó resume esta misión con la sentencia de un cartujo contemporáneo: Es preciso saber creer y amar, “que es la actitud del hijo que obedece, abre la puerta y empieza su camino hacia un lugar que sólo Dios conoce”. Su memoria siembra las líneas atesoradas en la mirada de una escucha que este libro propone a sus lectores.

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miércoles, 15 de febrero de 2023

Cien años


Memoria de Santos Faustino y Jovita, mrs.

 

Paisaje con Jacob y Raquel en el Pozo,
Claude Lorraine (1666)

Del recuerdo de mi padre se van difuminando, con el tiempo, las aristas de su leve misantropía. En el trato habitual con sus semejantes jamás se permitía que asomase el menor rasgo de acritud; al contrario, como sin que pareciese esforzarse, mostraba una simpatía natural que solía desarmar a sus interlocutores. Ahora bien, si lo que denominaba “impertinencia” le importunaba, era hombre poseído por el fuego de una ira instantánea. La había heredado de su padre, a quien apenas pudo conocer, y me la ha transmitido. Que parezcamos pacíficos es una abrumadora lucha cuya única victoria se ha templado en la derrota cotidiana. Lo he aprendido tarde, a su edad de entonces, con aquel ejemplo. He intentado no olvidar jamás su lección de bonhomía, sobre todo, como él habría querido, en los peores momentos.

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Defiendo la figura del padre no porque refleje ninguna santidad especial, sino porque lo liga con el hijo un vínculo sagrado. Nadie puede conocerse a fondo si no se ve a sí mismo formado y hasta reflejado en las debilidades de su padre. Esa mezcla de abatimiento y de piedad que se puede llegar a sentir por ellas le permite a uno reconciliarse consigo mismo. Descubre entonces en sí otras faltas contra sus hijos que intuye que sólo su padre sabría disculpar. La intuición del profeta Ezequiel de que Dios no castiga a los hijos por los pecados de sus padres, ni a los padres por los de sus hijos, no deja de lado la solidaridad entre unos y otros. Solamente los libera de su recíproca angustia. He conocido personas que, al rezar el Padre nuestro, creían estar gritando, entre sollozos, a un vacío que los ignorase. En medio de esa noche poblada de aullidos, han sido capaces de encender una hoguera para sus hijos.

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Mário Quintana,
trad. de E. García-Máiquez


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Acababan de bajar el ataúd al nicho. Mi madre se quedó ligeramente rezagada apoyada en sus hermanos. Los sepultureros se me quedaron mirando fijamente, a la espera de una señal. Me asomé al hueco. La tierra estaba a punto de engullir en la nada los restos de quien había sido mi padre. Sin énfasis, casi con una sonrisa desplomada, como él hubiera deseado, sentí con una certeza física, inmediata, que un día me llegaría a mí también, irreversible, el momento de seguirle. De alguna manera, el camino hacia ese reencuentro acababa de comenzar. Infinitesimal, minúsculo, indestructible, en ese adiós, padre supe que jamás desaparecería el vínculo singular e irremplazable que por toda la eternidad nos ha unido. ¿Qué importa que no quede ni la más remota memoria de nosotros dos? Será, no obstante. Callado, le agradecí todos sus silencios, los que jamás había entendido y los que jamás podría llegar a entender. Custodiar ese secreto indescifrable alivia la espera. Alcé los ojos y asentí, antes de retroceder un par de pasos. En cuanto el sonido de la arena empezó a entrechocar con la madera, me giré y estreché, como él habría querido, los brazos de mi madre.

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De todas las incomprensiones hacia mi padre, con lágrimas suelo arrepentirme de no haber dado crédito a la confianza que sentía por mí. Aun cuando todo se desplomaba a mi alrededor – o así lo padecíamos-, él se mantenía imperturbable, “inasequible al desaliento”, como solía bromear. No ansiaba para mí ni el éxito ni el triunfo. Los errores de su vida le habían enseñado a ser escéptico. Consistía más bien en una confianza ilimitada en ese exceso de vida que, para bien y para mal, ha circulado por nuestras venas, escondida y atormentada en ocasiones, furiosa otras veces, imparable como una catarata de lava que amenaza con arrastrarnos a nosotros mismos. Debía de escuchar – y de reconocer- en mí el rumor de aquel torrente, como cuando se ponía el fonendoscopio para auscultar la tensión de sus pacientes. Quizás esa fuese la misión de mi padre: mostrarme que ese desierto que parecía abrirse ante mí era la más fértil heredad. En medio de las dificultades cotidianas, se volvería a decirme con su sonrisa ladeada: “Chato, porque no haces caso, pero estás hecho un Patriarca”.

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Mi padre habría cumplido hoy cien años.

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sábado, 28 de enero de 2023

Vísperas madrileñas

 

Memoria de Sto. Tomás de Aquino O. P., rel. y dr.

 


Cada vez que llego a Madrid, a primera hora de la mañana, me encamino por la cuesta de la calle Alfonso XII para atravesar el Parque del Buen Retiro. Entre sus caminos de tierra, sus pequeñas encrucijadas, sus senderos de grava, alcanzo el Palacio de Cristal. Tras pasar por la sinuosa gruta, me detengo un momento al otro lado de su pequeño estanque e intento recordar el color del cielo y los matices de las hojas de la penúltima estación. Luego procuro descubrir tras su ausencia las huellas de aquel patinete de latón con tres ruedas, en que, apresurado, me lanzaba a la carrera con cuatro, cinco, seis años en torno al quiosco de la música. Congelada el agua, inertes las ramas, rezo hoy el responso de la infancia.  

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En esta ocasión he venido a presentar Poética del monasterio en Espacio Encuentro. Desde su publicación he creído que un acto así en Madrid se debía celebrar en la sede de la editorial. Era su lugar natural. En él me parecía que se había de representar una consumación. Para organizar el formato confié en el consejo y la compañía del amigo Ricardo Calleja. La amabilísima disponibilidad de Ana Rodríguez de Agüero y Marisa de Toro me ha ganado el tesoro de nuevas amistades. El editor Manuel Oriol y su equipo se encargan de toda la logística. Al llegar siento la expectación en sordina como de un estreno en una escena alternativa. ¿Vendrá alguien? El lleno es completo.

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Poco antes conversaba con Julio Llorente, a quien me atreví a citar en el atrio de la iglesia de San Manuel y San Benito, bajo el cobijo de su inquietante cúpula neobizantina. Tal vez haya entendido que es una declaración de intenciones que continua en una charla amena, en su sentido literalmente latino. Como si fuera un eco irónico del 68, manifestado con franqueza por Ricardo después durante la mesa redonda, surge también la duda de qué posición política adopto. No me cansaré de remarcar que el concepto clave es el de «deuda». El presente debe tributarla al pasado en favor del futuro. Podrá así llegar a ser su posibilidad más propia. ¿Conservador, tradicionalista, reaccionario? ¿Es posible simultanear las tres? Mi admirado y distante Michel de Certeau, francés y jesuita, habría sentenciado, sin ceder un ápice: “A la escucha”.

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Tres momentos del diálogo en la presentación habrán quedado grabados, como antífonas, en mi memoria. Me conmueven primero las palabras de Ana haciendo suya la experiencia anagógica y literal de mi monasterio. Entre el claustro y el lar se rinde un culto en espíritu y verdad que ningún poder de este mundo podrá destruir del todo y que ninguna autoridad logrará apropiarse definitivamente. Cuando después Marisa constata que nos hemos sentado juntas personas de tres generaciones posconciliares, con una verdad que casi tiembla por honda, sosteniéndose en el apunte de Ana, Ricardo reconoce que su generación, la que creció con Juan Pablo II, había creído alcanzar al fin la posibilidad de "demostrar a la sociedad moderna que se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo", pero que hoy parece que hubiera sido un espejismo. Con una emoción intensa por imperceptible pregunta girándose hacia mí: “¿y ahora qué?, ¿el salto de la fe?”. No sé la respuesta, digo. Orar y trabajar, como si el mañana dependiera de este instante, calladamente. Suspiro, y reflexiono entonces en voz alta sobre la herida que tras estos cincuenta años llevamos marcada cuanto hemos vivido la Iglesia. Implícitamente, pienso que nuestro gran drama no es ni la lacra abrumadora e intolerable de los abusos sexuales, ni mucho menos la pérdida acelerada de los restos del naufragio de la Cristiandad. Son ellos sólo los síntomas de un espanto metafísico: en Occidente en dos generaciones ha colapsado la fe porque en el fondo ni a la misma Iglesia le acabó de importar demasiado. Dudo de si no le bastaba con mantener el espejismo idólatra de que se bastaba a sí misma y a sus objetivos, como sigue pasando ahora, con otro lenguaje, ante las caras de estupor de no pocos. Muchos seguiremos frotándonos los ojos con el dorso de las manos, porque, aunque su rostro desfigurado no lo mereciese, nunca dejaremos de amarla en espíritu y verdad.

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Al principio del acto Ricardo felicita a Ediciones Encuentro por haber incluido en su catálogo un libro que, en apariencia, no encajaría con su línea habitual. Manuel asiente al fondo, descansado. Suele decir quien da que ha recibido más de cuanto haya podido entregar. Por ello, es una obligación saber también recibir. Y yo me doy cuenta de lo afortunada que es Poética del monasterio, que además me ha reunido aquí tantos amigos suyos. Me gustaría creer que, por el libro, ninguno quedará sin su recompensa (Mc 9,41)…

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A la salida, mientras tomamos algo, Miguel Ángel Quintana Paz me pregunta más o menos qué opino del argumento de algún pensador de que los monasterios han servido de modelo para la base del reglamentismo de la izquierda radical. Al prohibir prohibir, pretende (des)regular hasta el detalle más ínfimo de nuestra vida, como si fuera el coletazo de un nuevo milenarismo. ¡Pobre monacato! Como digo en mi libro, la Modernidad en cualquiera de sus manifestaciones sigue sin soportar su ejemplo: el monacato no era piedad; hubo que desamortizar sus propiedades y suprimir sus Órdenes por inútiles; y ahora son los culpables de una escolástica enloquecida. Los populismos no nacen en contacto con el desierto, sino bien integrados en los departamentos universitarios de filosofía y de políticas, con la vista puesta en Gramsci y allí, al fondo, casi invisible, Maurras. La violencia simbólica, tan literal, como instrumento revolucionario. De hecho, sus líderes ni oran ni trabajan: intrigan. Pero todo esto me lo voy formulando de vuelta. Me limito entonces a defender la libertad monástica con el ejemplo también de sus contradicciones, pero no creo que logre persuadir y tampoco es la ocasión. Puede que sea oscuro y lírico en mis argumentos. Me alivia, y me duele, recordarme que mis síes y mis noes han solido resonar en mi vida con silencios atronadores. Han molestado más que si los hubiese expresado con franqueza. Tal vez haya puesto así en práctica otro consejo evangélico: la astucia de la sencillez.

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Llego a casa de mi madre. Contento, me acuesto, pero con ese punto de excitación con el que el contacto con el mundo ensombrece el espíritu. Todos llevamos un desierto adentro. Dios a veces llama al adentro de ese adentro, donde la conciencia tirita de frío o se seca de calor. Getsemaní y el sepulcro. Me duermo recitándome “Él, por su parte, solía retirarse a lugares solitarios y se entregaba a la oración” (Lc 5,16) …

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jueves, 26 de enero de 2023

La hora del lobo

 

Memoria de S. Alberico O. Cist., mj.

 

Viñeta de la portada de
La hora del lobo
José Mateos (2022)

Aprendí de mi Cavalcanti a leer la poesía de José Mateos. Mejor dicho, a disponerme a su contemplación. Espero desde entonces cada una de sus entregas como si fueran el mirlo imprevisto de un atardecer casi amanecido. Su poesía, depurándose más y más, en busca de una esencialidad última, tanto más pura cuanto más humana, es de una sencillez exigentísima. Como las nubes que observa pasando, detenerse con ella en ese instante en apariencia difuminado, apenas aprehendido, requiere una atención alerta para escuchar su canto con los ojos, para rozar su melodía con la memoria.

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En La hora del lobo regresan los temas, los motivos, los metros y los ritmos que definen el personalísimo perfil lírico de la obra de José Mateos. Breve como tantos de sus poemarios, su intensidad emocional, tan clara como honda, continua hiriendo el gozo vulnerado de la vida. El misterio del dolor, presagio de la hora sombría de esa muerte que el aullido del lobo anuncia, se vuelve a hacer presente en este volumen que es también un diario íntimo, formado de trazos en el papel de su aire. Apenas unas pinceladas y el lector intuye que, entre marzo y junio, el poeta exhala la respiración de un otoño traspasado por la enfermedad. Unos pocos detalles, una trama puntuada de silencios, tejen la densidad de su sentimiento.

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Nada sería más erróneo que pensar que la poesía de Mateos es ajena a los primores de la técnica. Mateos experimenta, indaga, busca, pero no practica jamás en un laboratorio. Toma contacto físico e inmediato con las palabras, con la cifra simbólica y vital de su sabiduría. Gaston Bachelard dijo: “El hombre es una creación del deseo, no una creación de la necesidad”. Bajo el peso del sufrimiento y del temor, el hombre afirma su humanidad en la alegría, no en la pena pese como nos pesa. Por la luz y desde el agua, el olor de la tierra que asciende al cielo alienta en él, en la cadencia de su verso, en sus hipérbatos, en sus rimas que deshacen como el jugo de la granada. Lo más elemental contiene la seriedad más difícil, la que juega sin ceder a la tristeza.

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La poesía de Mateos tan breve, decía, tan minimalista, que parece deslizarse entre los dientes de sus lectores, crece, florece, se abre. No les basta una lectura. Han de volver de nuevo al principio, recorrer sus bancales, pararse a mirar un brote. Puede que entonces empiecen a oír la palabra que les dirige. Dentro/fuera, ese doble movimiento que estructura La hora del lobo bajo el eco de citas cervantinas constituye el ritmo de una respiración que reconoce que en la cárcel del cuerpo donde toda incomodidad tiene su asiento su aspiración canta de tal manera que encanta. El poeta no es simplemente un yo que habla; es un yo que te habla: que necesita a su lector – aunque sea la muerte misma- para poder iniciar aquel canto que les trascenderá.

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En La hora del lobo se advierte a lo hondo el eco de las lecciones de sus modelos y de sus maestros. Resuenan, por ejemplo, el eco adentrado de José Jiménez Lozano, como en esas formas clásicas tan libremente tratadas en Epitafio cristiano o Anacreonte en La Carrandana, o el sfumato paisajístico de Ramón Gaya como acaso en El bodegón. Como siempre en su poesía, los metros de la poesía popular sostienen la dicción de no pocos poemas. La tendencia al verso libre, no obstante, está encauzada por una regularidad de los pies métricos que no renuncian a resonancias casi imperceptibles de la lírica medieval, como gotas de agua que ocasionalmente repiquetean en la piedra del brocal. Muy especialmente me ha llamado la atención su rigurosa correspondencia con el homenaje a la poesía china en Cartas a Li Po. En tres secciones la concisión de la imagen, la experimentación con los endecasílabos, los heptasílabos y los pentasílabos, las disposiciones alteradas de las estrofas brevísimas, el motivo universal de la barca que inicia el viaje definitivo y los motivos lunares idiosincráticos de Li Po, desdibujan y acentúan la emoción de un simbolismo en que el firmamento del cielo y de las aguas se funden en el instante deslumbrante y táctil de la palabra propia.

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En Canción de Pascua, justo en el centro de su poemario, Mateos retoma un tema central de su obra y que en este libro adopta nuevos matices de timbre: aun aceptada la muerte, incapaz de arrebatar el fulgor de la vida, ¿qué cabe esperar?, ¿es posible de por sí asumir que la maravilla de la vida se agote?, ¿no encierra en ella y por ella un presagio incierto de plenitud y no de destrucción? Porque para Mateos la esperanza no encierra una absurda creencia que nos libere de la angustia. Porque es esperanza, lo suyo es la angustia de una incertidumbre que no amenaza sino que obliga a asomarse a un vértigo insondable: “Noche cerrada. Niebla. / Así andamos, cautivos / de un amor sin respuesta, / de un silencio tan vivo / que nos tienta y nos llama / nadie sabe a qué abismos.” En ese abismo, que es lo único que queda al final, late la alegría del alma “como un puente colgante que se ha roto”. Entretanto…

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